01 de julio de 2022

Emir de Catar y presidente de Irán

El emir de Qatar, Tamim Bin Hamad Al Thani, junto con el presidente de Irán, Ebrahim RaisiAFP

Su Alteza Tamim Bin Hamad Al Thani, emir de Qatar: el árbitro del Golfo Pérsico

El emir catarí se alza como una figura clave en el intrincado laberinto de las relaciones entre Estados Oriente Medio

El actual emir de Qatar, Tamim Bin Hamad, hizo historia involuntariamente el mismo día de su proclamación, 26 de junio de 2013, al ser el primero de su dinastía en asumir el trono de sin que mediase previamente un golpe de Estado: la víspera, en un discurso televisivo, su padre, el emir Hamad Bin Jalifa, había anunciado su intención de abdicar.
Un comportamiento muy distinto al que tuvo en 1995 cuando derrocó, sin derramamiento de sangre, eso sí, a su propio padre.
Hamad empezó a preparar al segundogénito de sus varones a partir de 2003, año en que el mayor, por razones no del todo aclaradas, renunció a sus derechos sucesorios.
Tamim, que ya había recibido formación académica y castrense en los mejores centros del Reino Unido (Harrow, Academia Militar de Sandhurst), y servido en el Ejército de su país, recogió el guante de su hermano y dotó rápidamente de contenido propio a su posición de heredero.
Principalmente a través del deporte, impulsando la creación del holding Qatar Sports Investment, propietario, entre otros, del Paris Saint-Germain, y participando en la tan polémica como exitosa candidatura al Mundial de fútbol que comenzará el próximo 21 de noviembre.
Otra proeza fue la organización de los Juegos Asiáticos de 2006, en los que, por primera vez, participó la totalidad de los países convocados. Un acierto diplomático que tuvo su importancia años más tarde a ojos de la FIFA.
Pero una cosa es potenciar la imagen externa de su país a través del soft power deportivo y otra muy distinta ejercer la responsabilidad suprema, el trono.
En 2017 una amplia coalición de países árabes hizo pagar a Qatar su apoyo a los Hermanos Musulmanes con un embargo y agobiantes presiones de todo tipo, como el cierre del canal de televisión Al Yazira, punta de lanza de la influencia catarí a nivel planetario.
El genio del emir Tamim ha consistido en dar la vuelta al escenario: a día de hoy Qatar, pese a sus limitaciones demográficas y geográficas, es el país de referencia en el Golfo Pérsico, habiendo sorteado las trampas tendidas por sus acérrimos rivales, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos. Y habiendo jugado un papel fundamental en Afganistán tras la retirada estadounidense de Afganistán el pasado verano.
Como recuerda la web especializada www.orientxxi.info, después de agosto de 2021, «el emirato se convirtió en una necesidad para cualquier diálogo con los talibanes. Facilitó el transporte aéreo para la evacuación de muchos estadounidenses y afganos en peligro y, junto con Turquía, aceptó gestionar el aeropuerto de Kabul en nombre del nuevo gobierno. Las relaciones entre Occidente y los talibanes dependen ahora en parte de Doha».
El único, y leve, revés diplomático sufrido por Doha en los últimos tiempos ha sido la elección de un general emiratí a la cabeza de Interpol.
En el resto, el Qatar del emir Tamim atraviesa por su mejor momento, con un Occidente que está dispuesto a obviar la cercanía del emirato de los Al Thani con Irán o la naturaleza dictatorial de su régimen.
No solo por el petróleo. Tamim, a punto de cumplir 42 años y padre de 13 hijos nacidos de tres mujeres distintas, está poco a poco convirtiéndose en el Metternich posmoderno de Oriente Próximo.
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