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Juan Rodríguez Garat
Análisis militarJuan Rodríguez GaratAlmirante (R)

Estambul: un simulacro de negociación

Es probable que, para Putin, la diferencia esté en su propia determinación. Él sí está dispuesto a que «su» guerra dure para siempre

Actualizada 09:39

Delegaciones de Rusia y Ucrania en Estambul, Turquía

Delegaciones de Rusia y Ucrania en Estambul, TurquíaAFP

Como casi todos habíamos anticipado –digo «casi» porque una de mis cuñadas perderá la apuesta que en su día hizo conmigo a cuenta de la posibilidad de un alto el fuego antes del otoño– las conversaciones celebradas en Estambul entre un puñado de representantes de segundo nivel de Rusia y Ucrania no nos han llevado a ningún sitio. Convocadas por Vladimir Putin para disimular en lo posible su negativa, que parece ya definitiva, a aceptar la tregua de un mes que el presidente Donald Trump puso sobre la mesa –esas cosas, pensará el dictador, no se le hacen a un amigo– no merecen otro calificativo que el de simulacro de negociación.

Algo sí se ha ganado con la farsa de Estambul, aunque solo sea en el terreno de la lucha contra la desinformación. Tomando la palabra al propio Putin, que aseguró que las negociaciones se reanudarían en el mismo punto en que se dejaron hace tres años, quienes no prefieran cerrar los ojos a la realidad habrán visto desmentidos todos los bulos del rusoplanismo sobre aquellas jornadas.

¿Recuerda el lector que una pléyade de voces prorrusas, bien coordinadas desde Moscú, defendió entonces que el acuerdo entre Rusia y Ucrania, a punto de firmarse, descarriló por las presiones de Occidente sobre Zelenski? Pues, como esta vez hay testigos, queda aclarado lo que sucedió hace tres años, preludio –palabra de Putin, insisto– de lo que ocurrió ahora.

Lejos de negociar nada, Putin solo ha llevado amenazas a una mesa de teórica negociación en la que, sin otro argumento que el revólver sobre la mesa, ha vuelto a exigir a Ucrania que no solo le ceda el territorio ya ocupado –qué habrá sido de las «realidades sobre el terreno» con las que el dictador justificaba no hace mucho sus conquistas– sino buena parte del que Rusia ha perdido en 2022 y, por si eso fuera poco, amplias zonas de Ucrania donde sus tropas nunca han podido poner el pie.

Una guerra eterna

Lo curioso de todo esto no es la dinámica de «la bosa o la vida», algo que esperábamos todos menos quizá el presidente Trump, sino la amenaza concreta que Vladimir Medinsky, el representante del Kremlin en Estambul, ha puesto sobre la mesa para tratar de conseguir que Ucrania se rinda. Ya no es el miedo a ese Ejército ruso, teóricamente poderoso, que hace tres años parecía difícil de contener. Como, a pesar de las que cada día recibe de Corea del Norte, al revólver de Putin ya no le quedan suficientes balas, ahora Medinsky amenaza a Zelenski con la única munición que, por definición, no puede agotarse: el tiempo. Si las crónicas no mienten, estas fueron sus palabras: «Rusia está lista para luchar un año más, dos, tres… los que haga falta».

No es por hacer leña del árbol caído –aunque mi mujer, que me conoce bien, dice que sí– pero las amenazas de Medinsky suponen otro duro golpe para el rusoplanismo. Una parte de ese heterogéneo colectivo, dócil a voceros prorrusos que creen que ganan puntos cuando van más lejos que el propio Kremlin en sus sesgados análisis –hace mucho que Putin no promete una victoria rápida– todavía soñaba con que el final de la guerra estaba a punto de llegar. Quizá justo detrás de la esquina de Pokrovsk, que ya casi parece que, si no en primavera, a lo mejor podría caer en verano. Más allá de la ironía, tengo que añadir que, al contrario que la apuesta con mi cuñada –que me temo que ganaré cuando preferiría haberla perdido–no lamento en absoluto la decepción del puñado de fieles rusoplanistas que nunca falta a su cita conmigo en El Debate.

Una historia sesgada

Medinsky, que ha sido ministro de Cultura, debe de presumir de saber historia. Por eso, a la hora de formular su amenaza –tome nota el lector: «Rusia está preparada para pelear eternamente, ¿cuánto tiempo luchará Ucrania?»– se adornó con una referencia histórica, la guerra contra el Imperio Sueco que duró 21 años, entre 1700 y 1721, y terminó con la victoria de Rusia y sus aliados.

Por alguna razón, la guerra de Afganistán, que solo duró diez y terminó con la derrota de la URSS, no le debe de haber parecido relevante al culto exministro. Sin embargo, ambas tienen algo en común, y no son buenas noticias para Moscú: el fracaso militar de un imperio expansionista como el que Putin quiere para Rusia.

A todos nos gusta tener razón. A mí también. Que Medinsky recuerde ahora una contienda que duró 21 años hace cortos los diez que, sin más base que los precedentes de Vietnam y Afganistán, he defendido en algunos medios que podría durar esta guerra. De hecho, el exministro empieza a acercarse a la cifra de ochenta años que, aprovechando que no voy a vivir tanto tiempo, suelo poner de plazo para defender ante quien quiera escucharme que el Racing de Ferrol llegará a ser campeón de Europa. Y es que dilatar los plazos es una táctica muy vieja cuando se discute –y no lo digo por el Racing, a quien auguro lo mejor– sin tener razón.

La guerra de los… ¿cuántos años?

Creo que fue el pasado enero cuando publiqué un artículo con el mismo título de este epígrafe. No repetiré, pues, las argumentaciones de entonces –están en El Debate, a disposición del raro lector que pudiera querer releerlas– pero no dé nadie por supuesto que, en una guerra de conquista como la de Ucrania, el tiempo favorece al agresor. Puede que alguna se me haya borrado de la memoria pero, desde que terminó la Segunda Guerra Mundial, no recuerdo una sola ocasión, ni siquiera en el escenario bien distinto del Oriente Próximo, que avale las amenazas de Medinsky.

¿Cuál podría ser la baza que, en la mente de Putin –el exministro es solo un títere del dictador– incline la balanza en su favor? La invencibilidad del pueblo ruso, argumento que el antiguo funcionario de la KGB suele emplear en público, solo se puede defender –como ocurre con todos los argumentos supremacistas– si uno olvida los episodios históricos en los que fue derrotado. ¿El dictador lo sabe? Es malvado pero no estúpido. Seguro que sí.

Es probable que, para Putin, la diferencia esté en su propia determinación. Él sí está dispuesto a que «su» guerra dure para siempre. Al menos, para «su» siempre. Como me ocurre a mí con el Racing de Ferrol, lo que ocurra cuando él falte no le preocupa más que lo imprescindible. Y, si es así, todos los demás tenemos razones para no dejarnos llevar por el pesimismo. En esta guerra de Putin contra Ucrania, el dictador no es eterno. El pueblo ucraniano, sí.

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