El presidente de Estados Unidos, Donald Trump
Llamadas a deshoras y concesiones: cómo Trump aplacó la rebelión republicana y salvó su ley fiscal
Pasaba la medianoche de este jueves cuando el megaproyecto de ley presupuestaria del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, la 'One, Big, Beautiful Bill' se encontraba pendiendo de un hilo. Con 220 de los 432 congresistas siendo republicanos, la mayoría del partido en la Cámara de Representantes es frágil. Cuando varios de los diputados amenazaron con tumbar el proyecto, preocupados por el esperado aumento de deuda pública, el mandatario se temía lo peor. Cualquier amago de modificar la ley para contentar a esos rebeldes habría provocado que la misma tuviese que volver para otra sesión de votación al Senado, lo que alargaría ad infinitum un proceso que ya se encontraba al borde de la fecha límite —el 4 de julio— autoimpuesta por Trump.
Mientras en la Cámara de Representantes demócratas y republicanos debatían sobre la ley, especialmente con el portavoz demócrata, Hakeem Jeffries, marcando un récord con un discurso de más de ocho horas y media, el presidente y su círculo más cercano trabajaban a contrarreloj para sacar el proyecto adelante y lograr la victoria que Trump quería presentar simbólicamente en el Día de la Independencia.
La amenaza de enviar el texto de vuelta al Senado —donde enfrentaría una renegociación impredecible— obligó a Trump a actuar. El «negociador en jefe» desplegó su arsenal con reuniones maratonianas en la Casa Blanca, llamadas a deshoras y una estrategia de «trato personalizado» para cada legislador rebelde.
Entre miércoles y jueves, Trump y su círculo más cercano —especialmente Russ Vought, su director de presupuesto— ofrecieron una serie de garantías informales en cada reunión con los republicanos. Entre ellas, la promesa de estudiar nuevos aranceles sobre piezas utilizadas en turbinas eólicas y la posibilidad de frenar aprobaciones para ciertos proyectos de energía limpia. Todo, sin necesidad de alterar el texto legislativo y arriesgar una renegociación.
Estas promesas estaban basadas en el uso unilateral de la autoridad ejecutiva para moldear la implementación de la ley. Vought también aseguró que la Casa Blanca exploraría vías para limitar el gasto mediante recusaciones selectivas, es decir, no ejecutar ciertos fondos aprobados por el Congreso. La legalidad de esa maniobra ya ha sido puesta en duda por expertos y podría terminar en los tribunales.
Mike Johnson, líder de la mayoría republicana en la Cámara de Representantes saluda a Donald Trump
A cambio de esas garantías vagas, Trump logró lo que parecía imposible: que legisladores como Chip Roy (Texas) y Thomas Massie (Kentucky), férreos críticos del gasto excesivo y del intervencionismo presidencial, dejaran de obstruir el avance del proyecto. Massie, incluso, aceptó suavizar su postura después de una llamada personal del presidente. El mismo congresista había sido objeto de amenazas públicas por parte del presidente días antes, cuando votó en contra en el Senado, incluidas advertencias de respaldar a un oponente en las primarias. Cuando se le preguntó si había hecho acuerdos para conseguir votos a favor, Trump dijo a los periodistas el jueves por la noche: «Sí, creo que con algunos sí, pero creo que habrían votado a favor de todas formas». Un alto funcionario de la Administración dijo que hubo «conversaciones constructivas» con los legisladores, pero no dio detalles.
Finalmente, el empuje de último minuto de Trump comenzó a las cinco de la mañana hora local, e incluyó una reunión de dos horas con legisladores en la Casa Blanca, seguida de una serie de llamadas telefónicas hasta altas horas de la noche. «Teníamos al presidente, al vicepresidente, a abogados y agencias respondiendo preguntas», dijo el presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, mientras tomaba una bebida energética para combatir el cansancio de una noche en vela. Paralelamente, el presidente alternaba amenazas y palabras de aliento en Truth Social: «¿Qué están esperando los republicanos? ¿Qué están tratando de probar?», aseguraba.
Finalmente, durante la tarde del jueves y una vez Jeffries terminó su interminable discurso, la Cámara de Representantes aprobó el proyecto. Solo dos republicanos votaron en contra. En el Senado, días antes, habían sido tres. Cuatro habrían bastado para que la ley descarrilase.
De esta manera, el presidente sumó otra victoria clave en su mandato, cumplidos poco más de seis meses del mismo. Si días antes el Supremo limitó el poder de los jueces a la hora de bloquear decisiones gubernamentales, y con su papel en el conflicto entre Israel e Irán todavía reciente, el mandatario se sigue anotando todas las victorias políticas que puede, consciente de que su mandato no será eterno. El año que viene son las elecciones legislativas en Estados Unidos, y ahí los demócratas podrían recuperar el control de una o de las dos Cámaras, dificultando mucho el tipo de mandato que hasta la fecha está ejerciendo el republicano.
El Partido Demócrata, en un enorme vacío de poder desde la incontestable derrota en las elecciones, parece que está ejerciendo una estrategia de dejar que Trump pierda votos en lugar de ganarlos ellos. En ese sentido, esta ley fiscal traerá recortes temporales para ingresos por horas extra, jubilaciones y propinas, medidas populares con la base electoral de Trump, pero también contiene ajustes a programas sensibles como Medicaid y asistencia nutricional, lo que afectará directamente a muchos de los votantes del republicano, especialmente aquellos situados en el corazón del vasto territorio estadounidense.
Por ahora, sin embargo, Trump capitaliza el momento. Su mensaje es claro, y es que el Congreso respondió porque él lo exigió. La lección, para quienes osen desafiarlo en el futuro, también quedó anotada. «Creo que ahora tengo más poder», sentenció Trump, al reflexionar sobre la diferencia entre su primer mandato y este. Con su ley fiscal firmada y su partido disciplinado, parece difícil discutirlo.