La última bala del rusoplanismo… y la más peligrosa para España
Desde que las tropas rusas cruzaron la frontera de Ucrania, el mundo ha evolucionado a peor y el derecho a la integridad territorial se ha visto sustituido como fuente de legitimidad por las huellas de las botas de los soldados
El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, junto al presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez
El tiempo lo confirmará, pero tengo la impresión de que el rusoplanismo, como movimiento capaz de movilizar a la opinión pública occidental —y, en particular, a la española— está de capa caída. Y el mérito, que siempre existe cuando se desmontan bulos ampliamente difundidos, hay que reconocérselo casi en exclusiva al dictador del Kremlin… aunque haya recibido alguna ayudita del presidente norteamericano.
Veamos: el dictador ruso es quien se ha encargado de aclarar al mundo que la suya sí es la guerra de conquista que muchos denunciábamos desde el primer día. Es verdad que sus reiteradas amenazas de escalada global no han resultado totalmente infundadas; sin embargo, en lugar de soldados de la OTAN disfrazados de lagarteranas y desplegados en Ucrania para enfrentarse al Ejército ruso, lo que hemos podido ver son tropas de Corea del Norte —en una alianza que, aunque no lo reconozcan, pone colorados a la mayoría de los rusoplanistas— combatiendo del lado del dictador. Los crímenes de guerra que el Kremlin fomenta, tolera y quizás ordena, pero que siempre había negado aprovechando que en Mariúpol o Bucha habían quedado semiocultos tras sus propias líneas, se cometen ahora a la vista del mundo en las calles de todas las ciudades de Ucrania.
En el frente político, los resultados de la guerra son todavía más descorazonadores para el rusoplanismo. Lejos de alejar a la OTAN de las fronteras de la Federación, la invasión ha convencido a la ciudadanía de Suecia y Finlandia de que necesitan entrar en la Alianza para sentirse seguras. En lugar de dar voz a Rusia en un mundo multipolar, la guerra de Putin ha cortado las alas del Kremlin, que se ha mostrado incapaz de sostener al régimen sirio o apoyar a su aliado Irán cuando ha sido atacado por Israel y los EE.UU. Es Xi Jinping el único que tiene motivos para felicitarse viendo cómo Moscú se ve obligado a agarrarse al clavo ardiendo que él interesadamente le ofrece.
Después del último simulacro de negociaciones en Estambul, la guerra continúa. Ucrania resiste a pesar de las dudas de la Casa Blanca que, una semana sí y otra no, le niega a Zelenski el apoyo político y retrasa o limita el material norteamericano. Hace ya mucho tiempo que la «operación especial» soñada por Putin se convirtió en una guerra de verdad que, cada vez más, descansa en nutridos grupos de drones que vuelan en las dos direcciones. No deja de ser curioso que la última excusa del Kremlin para justificar el bombardeo de las ciudades ucranianas sea la lucha contra «el complejo militar-industrial ucraniano», algo que ni siquiera reconocía que existiera en los primeros meses de la guerra.
Trump, por su parte, ha conseguido dejar en ridículo a quienes sostenían que Europa sacrificaba en Ucrania sus intereses al servicio de los de Washington. Después de haber dejado claro que la realidad es exactamente la contraria, el magnate parece por fin alinearse con la víctima en lugar del agresor aunque, fiel a sí mismo y a sus promesas electorales, haya insistido en que no será el altruismo lo que le inspire.
El viraje de la Casa Blanca, incluso si es Europa la que paga la factura, no puede menos que enfrentar a dos colectivos —rusoplanistas y trumpérrimos— que comparten la misma forma equivocada de entender la humanidad como un gallinero a la espera de un gallo. Si se consuma este divorcio —algo que seguramente va a ocurrir porque solo puede haber un gallo en el gallinero global— no serán pocos los que tengan que escoger entre papá y… papá.
No estamos tan lejos
A pesar del declive del rusoplanismo, aún quedan en nuestro país batallas mediáticas por librar. La última bala que les queda a los voceros del Kremlin para apartar a España de sus aliados en la cuestión del apoyo a Ucrania, existencial para nuestro continente, es la distancia. Todavía hay muchos españoles —empezando, por desgracia, por el propio Gobierno— que, sin cuestionar quién es la víctima y quién es el verdugo, sienten que la guerra no nos concierne demasiado porque… nosotros estamos muy lejos del frente.
Empleada por el Gobierno para justificar una política tibia frente a Putin, cada día más alejada de la que sigue la propia Unión Europea, la excusa de la distancia suena sorprendente. Más lejos está Tel Aviv y nuestro presidente no tiene inconveniente en ponerse en primera fila de la lucha —afortunadamente solo diplomática— contra Israel, avergonzando a Europa al alinearse con países tan sospechosos como Cuba y Nicaragua, geográficamente todavía más lejanos de Gaza que nosotros y en las antípodas políticas del Occidente democrático al que pertenecemos.
Pero volvamos a Ucrania. ¿De verdad está tan lejos de nuestro país? Imagine el lector que el planeta es un tren del que, como es obvio, no podemos bajarnos. En el primer vagón, un criminal —el presidente ruso lo es, y no solo de guerra— asalta a los pasajeros que tiene más cerca. Nosotros, para qué negarlo, viajamos cerca del furgón de cola. Quizá debería conmovernos el sufrimiento ajeno, pero supongamos que estamos curados de espanto y nos dejamos llevar por el egoísmo. Hay muchos vagones entre el nuestro y el del criminal y es probable que, al menos de momento, la violencia no llegue hasta donde nos encontramos.
Como nos enseñó Homer Simpson, dejar que sean los demás quienes resuelvan los problemas del mundo tiene sus ventajas. El sueño del aislamiento no lo hemos inventado los españoles de hoy. La historia nos recuerda que ese había sido el razonamiento de Franklin D. Roosevelt hasta que el ataque a Pearl Harbor —una infamia en un mundo que todavía se regía por códigos éticos— le hizo despertar de su sueño aislacionista… pero nosotros no somos una potencia global y quizá logremos pasar desapercibidos hasta que otros pueblos, con su sangre y su sudor, pongan en su sitio a los malvados.
Con todo, no puedo quitarme de la cabeza la idea de que, si el Gobierno de España apartara la vista de lo que de verdad siente como una amenaza cercana —las bancadas de sus socios en el Congreso— no tendría dificultad alguna para entender lo que Roosevelt no supo ver: que el tren en el que viaja la humanidad no circula sobre raíles geográficos más o menos apartados, sino por vías históricas que todos compartidos.
No hace muchos siglos, éramos los españoles los que conducíamos el tren de la humanidad hacía un futuro inspirado en el humanismo cristiano —nunca está de más la lectura de Arnold J. Toynbee— que terminó dando como frutos la Declaración Universal de Derechos Humanos, la Carta de las Naciones Unidas o los Convenios de Ginebra. ¿Vamos a conformarnos ahora con un asiento en el furgón de cola mientras el dictador del Kremlin trata de cambiar tanto la dirección de la vía como el sentido de la marcha?
Duele reconocerlo pero, desde que las tropas rusas cruzaron la frontera de Ucrania, el mundo ha evolucionado a peor. Como ese aleteo de mariposa del que se dice que puede provocar un huracán al otro lado del planeta, la guerra de Putin ha destruido muchos de los principios que, aunque no siempre fueran respetados, facilitaban la convivencia entre las naciones. La guerra proscrita se ha convertido —basta recordar los recientes ataques norteamericanos a Irán— en la guerra aplaudida. Lo que era una infamia hace algunas décadas —atacar a un país dos días después de darle un plazo de dos semanas para llegar a un acuerdo… y presumir de ello— ahora es celebrado como si fuera una muestra suprema de astucia. El derecho a la integridad territorial se ha visto sustituido como fuente de legitimidad por las huellas de las botas de los soldados y, puestos a ello, ¿por qué van a ser solo las de los rusos?
¿Cómo no iba a afectarnos a nosotros todo esto? ¿Es que España no puede ser víctima de ataques «preventivos», la palabra de moda? ¿Es que los soldados marroquíes no tienen también botas? Permita el lector que le recomiende el documental recién estrenado sobre la crisis de Perejil. Después de verlo, trate de reflexionar sobre lo que pasaría hoy si se repitiera un episodio parecido. Sí, es verdad que nosotros estamos en el furgón de cola… pero si las ambiciones de Putin hacen que descarrile el tren en el que viajamos todos, de poco consuelo nos va a servir.