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Lo que Trump podría aprender de Virgilio

Trump ha conseguido inspirar miedo en lideres pusilánimes, pero se equivoca cuando emplea las mismas tácticas de presión para enfrentarse a líderes autoritarios

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump

El presidente de Estados Unidos, Donald TrumpGetty Images via AFP

«Zapatero a tus zapatos», aconseja la sabiduría popular desde la época de Plinio el Viejo, mucho antes de que el expresidente Zapatero viniera a añadir con su errática conducta una dosis de credibilidad a la advertencia. El refrán —y aún más el ejemplo de nuestro denostado político— me impiden opinar sobre el acuerdo de aranceles al que han llegado la Unión Europea y el presidente Trump. ¿Es humillante para Europa? ¿Es mejor que la guerra comercial? ¡Qué se yo! Quizá sea solo lo que nos merecemos.

En cambio, sí me atreveré a dar una opinión sobre los esfuerzos del presidente Trump para forzar el final de la guerra de Ucrania y, en concreto, sobre el adelanto del ultimátum que el magnate dio a Putin el pasado 14 de julio para exigirle que ponga fin a los combates bajo la amenaza de imponer duras sanciones económicas a los países que comercian con Rusia.

Los cincuenta días iniciales —de los que ya habían transcurrido dos semanas— se han visto reducidos a «diez o doce» a contar desde el pasado lunes. ¿Qué pensar del enésimo cambio de opinión del voluble republicano? Por una vez y sin que sirva de precedente, escucho con cierto respeto lo que, en un tono bastante más contenido de lo habitual, ha dicho Dmitri Peskov, el payaso listo del Kremlin: «Tomamos nota de las declaraciones realizadas por el presidente Trump. La operación militar especial continúa».

Yo, desde luego, no saldría a tomar unas cervezas con Donald Trump —no hay mérito alguno en tal renuncia, dirá el lector avisado, porque mucho menos lo haría él conmigo— pero eso no significa que crea que no merece respeto cuando actúa en su terreno. Según he leído de plumas dignas de confianza, su política arancelaria puede haber sido errática, desconcertante y hasta alocada… pero ha conseguido inspirar miedo en líderes pusilánimes que, como es el caso de quienes dirigen la Unión Europea, temen el riesgo de lo que pueden perder en una guerra comercial con los EE.UU. más de lo que valoran la posibilidad de ganarla.

Cuando se equivoca Donald Trump es cuando emplea las mismas tácticas de presión para enfrentarse a líderes de corte diferente. Líderes curtidos, autoritarios, de los que han llegado al poder sacrificando a quien ha hecho falta —y no precisamente en sentido figurado— y se mantienen en él porque son más duros que quienes los rodean. Líderes que pueden ser malvados, pero que no son cobardes y que, como muchos de los héroes que recordamos con admiración —siendo marino, siempre pongo en primer lugar a don Álvaro de Bazán— creen en lo que Virgilio escribió tanto para los buenos como para los malos: «la fortuna sonríe a los audaces».

No se le escapa a Trump que, por desgracia, ya no quedan en nuestro campo líderes que sigan los consejos de Virgilio. Tampoco los de Plinio el Viejo. Con la misma desesperanza que mostró Jorge Manrique en las coplas a la muerte de su padre —aunque, desde luego, sin su capacidad de conmover a los lectores— yo también me pregunto qué fue de los líderes europeos del pasado: Churchill —un gigante frente a rivales como Hitler o StalinDe Gaulle, la dama de hierro… incluso Angela Merkel. No todos fueron santos de mi devoción pero, ahora que se han ido, lo cierto es que Europa los echa de menos.

Donde Ursula von der Leyen, la actual presidenta de la Comisión Europea, ve un riesgo inaceptable, Vladimir Putin ve una oportunidad. Cada vez que ella se pregunta «qué pasaría si…», el dictador ruso prefiere preguntarse «¿por qué no?». Mientras Europa rehúye la guerra comercial con los EE.UU. porque la teme, Putin espera que sea Trump el que evite el enfrentamiento con Rusia porque sabe que el presidente norteamericano también lo teme. Y, por desgracia, no es solo Putin quien actúa así. Mientras Bruselas cede, Jamenei y Netanyahu, Xi Jinping y Kim Jong-un, Hamás y los hutíes del Yemen esperan que sea Trump quien rebaje el tono y se aparte de su trayectoria. Y, por desgracia, las más de las veces lo consiguen.

Yo no sé cuánto me van a costar personalmente los aranceles de Trump. Pero lo daría por bien empleado si el magnate, que al parecer todavía sueña con el Nobel de la Paz, aprendiera a tratar a los fuertes con tanta capacidad de persuasión como a los débiles. Claro que, si así fuera, dejaría de ser un abusón y se convertiría en un líder al que no ya el autor de este artículo sino el mismo Virgilio no tendría ningún problema en aplaudir.

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