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Campo libreIván Duque

Valentía Democrática

Hace pocos días el Instituto Nobel Noruego otorgó el Premio Nobel de Paz a María Corina Machado, lo cual ha llenado de alegría a los defensores de la democracia y de la libertad en todo el mundo

El Premio Nobel de Paz nunca ha dejado de ser un premio tan honorífico y apetecido como controversial. Desde 1901 y siguiendo la voluntad de Alfred Nobel se ha determinado que el galardón debe reconocer a la persona que «haya trabajado más y mejor para en favor del entendimiento entre las naciones, la abolición o reducción de ejércitos y la promoción de acuerdos de Paz», y por lo tanto se trata de una distinción con múltiples interpretaciones que se prestan para debates sobre si los méritos de los galardonados realmente cumplen con el propósito fundacional.

A lo largo de su historia el Premio Nobel de Paz ha sido entregado a 98 personas y veinte organizaciones y debe destacarse que el Comité Internacional de la Cruz Roja y la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados lo han recibido en varias ocasiones por su trabajo de impacto global. A pesar del prestigio del Premio y de sus miles de aspirantes e intrigantes también ha sido motivo de debate histórico que figuras como Ghandi o Václav Havel nunca lo recibieron y, por el contrario, figuras como Gorbachov, Henry Kissinger, Yasir Arafat, Abiy Ahmed Alí, Barack Obama o Juan Manuel Santos lo recibieron en medio de múltiples controversias sobre los méritos o resultados concretos de sus acciones. Aunque valga reconocerle a Obama que él mismo al ser notificado de su reconocimiento, expresó que «no siento que merezca estar en compañía de tantas figuras transformadoras que han sido honradas con este premio», algo que poco o casi nunca ha ocurrido en la historia del Nobel.

Hace pocos días el Instituto Nobel Noruego otorgó el Premio Nobel de Paz a María Corina Machado, lo cual ha llenado de alegría a los defensores de la democracia y de la libertad en todo el mundo, debido a su lucha incansable como líder de la resistencia democrática venezolana frente al régimen narco dictatorial de Nicolás Maduro. Se trata de un premio justiciero a la heroína valerosa y carente de miedo, pero también a un conjunto de héroes y de luchadores incansables que no se han doblegado ante el oprobio, la intimidación y la violencia. También se trata de un espaldarazo a un pueblo flagelado, que haciendo honor a su himno como «bravo pueblo de Venezuela» se resiste a desfallecer y sepultar su democracia a pesar de más de dos décadas de destrucción paulatina del orden institucional para afincar un narco-régimen que ha esquilmado el patrimonio nacional con apetito canino.

El reconocimiento a María Corina es más que merecido porque su lucha evidencia la entrega de una madre, una activista, una líder política por la democracia, como un oxígeno necesario de la paz en una región que ha suscrito una Carta Democrática Interamericana como norma supra constitucional. Reconoce su valentía en un entorno desigual y casi suicida al tener que hacerle frente a un régimen de terror que otros presidentes de la región que se autodefinen como «progresistas» y «promotores de la paz» tratan con sumisión y docilidad cómplice y guardan sepulcral silencio frente a sus abusos ostensibles.

El galardón que se le ha entregado a María Corina es también un espaldarazo a una causa viva y que tiene hoy más que nunca un púlpito global para generar la solidaridad indispensable de la comunidad internacional que permita la presión y el aislamiento efectivo del régimen de Maduro para que llegue a su fin y renazca la libertad en la tierra del Libertador.

Escuchar la humildad de María Corina al ser informada del Premio, expresando sin mesianismo o egocentrismo que se trata de un triunfo colectivo y que es un medio de apoyo a un país y no una medalla brillante que adornará una biblioteca narcisista, como ha ocurrido con otros ganadores, solamente deja claro que su lucha y verdadero premio es la libertad y el Nobel, una herramienta para alcanzarla.

Lograr el fin del régimen es un deber moral que no debe dejarse pasar por el bien de la seguridad hemisférica

Es muy importante entonces que la comunidad internacional no deje que este momento único y trascendental se convierta en un premio de consolación a una causa que enfrenta un adversario cruel y que en parte se ha mantenido en el poder por la indolencia, la complicidad o la indiferencia de muchos. Maduro nunca ha estado tan débil, tan arrinconado, tan torpe, tan lleno de paranoia y desesperación como lo está hoy, gracias a la presión de la resistencia democrática y de un pueblo que lo avasalló en las urnas y que a pesar del fraude se encuentra legitimado por la evidencia incontrovertible recabada por miles de testigos inspirados por María Corina, al igual que por la actuación correcta y necesaria de los Estados Unidos al declarar a Maduro y a su círculo como cabezas del grupo terrorista Cartel de los Soles. Lograr el fin del régimen es un deber moral que no debe dejarse pasar por el bien de la seguridad hemisférica.

El júbilo generado por el Nobel de Paz de este año es enorme y sin precedentes. Las críticas de los dictadores latinoamericanos y sus cómplices ideológicos solo demuestran que el Instituto Nobel tomó la decisión correcta. Luchar por la democracia es luchar por la paz, defender los principios de la libertad, la independencia de poderes y el imperio de la ley es luchar por la paz.

He tenido el honor de conocer a María Corina de cerca y también a su familia; de ver cómo sus hijos, que podrían reclamarle legítimamente que no se exponga a costa de dejarlos huérfanos, están de su lado, respaldan su causa y ven en ella un motor que los inspira y que multiplica bellamente sus atributos. Me emociona que su voz tendrá más eco y sus ideas más adeptos hasta alcanzar la derrota del mal en Venezuela, esa tierra amada con nombre de mujer que hoy en María Corina tiene la encarnación de ser el «bravo pueblo que el yugo lanzó, la ley respetando la virtud y el honor».

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