En el final del tratado New START. La oportunidad que vamos a perder
Mucho me temo que, en los próximos años, será el poder nuclear norteamericano el que nos haga entrar por el aro
Un sistema de misiles balísticos intercontinentales RS-24 Yars cruza la Plaza Roja durante el desfile militar del Día de la Victoria en Moscú
Es probable que los historiadores que, andando el tiempo, analicen la turbulenta época que estamos viviendo consideren el final del Tratado New START como una tragedia. Una tragedia que, como todas, no está exenta de notas burlescas.
No hace tanto tiempo que Vladimir Putin se hacía querer, creyendo que las negociaciones para la renovación eran una baza a su disposición para obtener concesiones adicionales en Ucrania. Otro error estratégico más del viejo espía, que ahora se lamenta públicamente porque el desinterés de Donald Trump le aboca a una nueva carrera de armamentos que no puede permitirse pagar. No tardará muchos años en tener que aceptar la paridad con China en el segundo escalón del podio de una competición —la del número de ojivas nucleares a su disposición— que hasta ahora se complacía en liderar.
¿Qué razones llevan al presidente de los EE.UU. a desdeñar las propuestas rusas? Podemos apostar a que, en lo personal —que siempre cuenta, y más en el caso de Donald Trump— él también quiere ganar esa carrera. Como todas las demás. Quiere el Nobel de la Paz y, si lo hubiera, también el de la guerra.
Sin embargo, la ambición personal rara vez es suficiente. Hasta el endiosado republicano necesita una causa objetiva que defender. Siquiera como pretexto, tiene que apoyarse en la geoestrategia para encontrar las razones que justifiquen su política. Sus predecesores siempre han defendido que las armas nucleares eran una pieza vital en el esquema de la disuasión. Trump, por supuesto, hace lo mismo, pero para él esa es solo la mitad de la respuesta. El responsable del Control de Armas en su administración, el subsecretario Thomas DiNanno, nos ha desvelado el pasado viernes, en el marco de una conferencia sobre el desarme celebrada en Viena, cuál es la otra mitad.
A la hora de justificar el rechazo a la renovación del acuerdo con Rusia, DiNanno ha dado dos razones complementarias. La primera de ellas, el rápido progreso del programa nuclear chino, es desde luego razonable, aunque no está de más recordar que Xi Jinping debe de tener ahora menos de una quinta parte del arsenal norteamericano. La segunda es más característica de Trump y de su época. En palabras del subsecretario, «ha terminado una era de contención unilateral de los EE. UU.» A partir de ahora, Washington «mantendrá una capacidad nuclear robusta, creíble y modernizada que», más allá de la retórica habitual de la disuasión, le permitirá «negociar desde una posición de fuerza».
Mucho me temo que, en los próximos años, será el poder nuclear norteamericano —ya sea ofrecido como paraguas para la defensa de Europa o restallando como el látigo del domador de circo— el que nos haga entrar por el aro. Sin embargo, no tiene por qué ser así. Ese Tratado New START que firmaron los EE. UU. y Rusia y que ahora no se va a renovar no es una concesión graciosa de las superpotencias, sino una obligación contraída en el Tratado de No Proliferación (TNP), cuyo Artículo 6 obliga a las potencias nucleares a «celebrar negociaciones de buena fe sobre medidas eficaces relativas a la cesación de la carrera de armamentos nucleares en fecha cercana» —esto se escribió en 1968— «y al desarme nuclear».
Si Europa no quiere bailar al ritmo que le impongan los EE. UU. —o, si un día el magnate decide dejar de protegernos, Rusia o China— tiene ahora una buena oportunidad. Y ni siquiera hace falta saltarse ninguna de las cláusulas del TNP. El Artículo 10.1 dice: «Cada Parte tendrá derecho, en ejercicio de su soberanía nacional, a retirarse del Tratado si decide que acontecimientos extraordinarios, relacionados con la materia que es objeto de este Tratado, han comprometido los intereses supremos de su país». ¿No es un acontecimiento extraordinario que las potencias nucleares confiesen que renuncian a cumplir sus compromisos de desarme? ¿No es aún más extraordinario que la más poderosa de ellas reconozca que lo hace para negociar desde una posición de fuerza? ¿No compromete eso los intereses supremos de las naciones de la UE? Siquiera como baza de negociación, ¿no serviría la amenaza de que algunos grandes países europeos abandonen el TNP si no se cumplen todas sus cláusulas para centrar el debate en beneficio de todos?
Blanco, pues, y en botella. Aun así, es probable que los líderes europeos prefieran agachar la cabeza, no vaya a ser que Donald Trump les castigue con insultos o aranceles. Algún día llegará el momento de que los pueblos de Europa decidan elegir a otros. Solo espero que no sea demasiado tarde.