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¿Otra guerra en Irán? Las cartas boca arriba

La guerra vuelve a ser la continuación de la política por otros medios y, si quiere influir en la República Islámica, la diplomacia norteamericana necesita una herramienta de presión que, en el mundo real –lo siento por Albares, que dice creer que no es así– es la fuerza militar

Una fotografía muestra ejemplares de diarios iraníes, en un quiosco de TeheránAFP

Como era de esperar, la primera ronda de conversaciones entre las delegaciones de Irán y los EE.UU. no ha servido para nada. Por contradictoria que sea –Alí Jamenei asegura que no quiere armas nucleares pero no está dispuesto a renunciar al enriquecimiento de uranio hasta niveles que solo tienen uso militar– la postura de Teherán no se ha movido un metro… en los últimos 20 años. Es la de Washington la que ha cambiado con cada presidencia para alternar palo y zanahoria sin resultado alguno.

El líder supremo, como su colega Vladimir Putin, insiste en que quiere un acuerdo justo y asegura que está abierto a nuevas rondas de negociaciones; pero, igual que el ruso, solo lo hace para ganar tiempo. En su caso, tiempo hasta que se vaya Donald Trump –un mero advenedizo en un club de líderes vitalicios– y ¡ya veremos qué pasa con el siguiente! Lo cierto es que ni el actual régimen de Rusia ni el de la República Islámica, cómplices de fechorías más que aliados en el sentido que en Occidente damos a ese término, podrían sobrevivir a un acuerdo en los términos que necesita el actual presidente de los EE. UU. para cantar victoria.

Y ahora, ¿qué va a pasar? Se anuncian a la vez nuevas reuniones y sanciones más duras. Más aranceles para quienes comercien con Irán… pero que está por ver si se aplican a China. Todo el mundo sabe que la mayor parte del petróleo iraní lo adquiere Xi Jinping. Sin embargo, él lo niega. Camufla sus cuentas asegurando que compra en Malasia mucho más de lo que este país produce y en Indonesia –importador neto de petróleo– más de lo que allí se puede encontrar.

No hay peor ciego que el que no quiere ver, pero tampoco es excesivo lo que está en juego. No recuerdo ningún régimen autoritario que haya renunciado voluntariamente al poder porque sus ciudadanos sufrieran privaciones, y es ilusorio esperar que el de Irán, segundo detrás del de Corea del Norte en la ominosa carrera por ser el más brutal del planeta, sea el primero que lo haga.

El garrote de Trump

«Habla bajo, pero lleva un garrote grande». Eso aconsejaba el presidente Theodore Roosevelt en los albores del siglo XX. Ha llovido mucho desde entonces. La humanidad vivió dos guerras mundiales, se durmió en la ilusión de la paz y ha vuelto a despertarse bruscamente hace unos pocos años, sobresaltada por el ruido de los cañones de Putin en Ucrania. La guerra vuelve a ser la continuación de la política por otros medios y, si quiere influir en Irán, la diplomacia norteamericana necesita una herramienta de presión que, en el mundo real –lo siento por Albares, que dice creer que no es así– es la fuerza militar.

La guerra vuelve a ser la continuación de la política por otros medios

No será Trump quien siga el consejo de hablar bajo, pero su garrote es el más grande del planeta. ¿Será suficiente para obligar a Jamenei a aceptar condiciones? Por el momento, no. El líder supremo de la revolución islámica no parece tenerle miedo. Sin embargo, no es culpa del garrote. Ni siquiera es culpa de Trump, sino de los pies de barro de la sociedad norteamericana que, cansada de las intervenciones en Corea, Vietnam, Irak o Afganistán, no quiere más guerras interminables en el exterior. Y eso lo sabemos usted, yo y, por supuesto, también el ayatolá Jamenei.

Siguiendo directrices del presidente de los EE. UU., el general Dan Caine –un jefe del Estado Mayor Conjunto atípico pero elegido personalmente por el magnate– ya habrá estudiado algunas opciones para obligar a Jamenei a capitular. No presumo de saber cuáles son, pero sí sé que el proceso de análisis seguido por el general y su equipo consta de los mismos pasos que los militares de todo el mundo hemos aprendido en nuestras escuelas de Estado Mayor. En mi caso, para más inri, lo hice en la británica, que compartía parte de su programa con la de la marina de los EE. UU.

Como un mero ejercicio de análisis –que no una bola de cristal– permita el lector que, a vuelapluma, trate de replicar desde fuera alguno de esos pasos. Un esfuerzo académico que no nos desvelará lo que Trump tiene en la cabeza, pero quizá sí pueda identificar algunas cosas que, con certeza, no estarán en el menú.

Factores políticos

Un plan militar empieza siempre por el análisis de la misión. Qué hay que hacer y para qué. Es un proceso reglado y complejo, que parte de la visión del general responsable de la operación y que comienza por el estudio de los factores que, a grandes rasgos, condicionan las decisiones operativas. En el nivel estratégico, en el que se mueve el general Caine, la lista de elementos a analizar es larga y suele comenzar por los factores políticos. ¿Qué inquietudes tienen los aliados de los EE. UU. en la zona? ¿Qué pueden hacer los aliados de Irán para apoyar al régimen chií?

Si nos atenemos a las declaraciones públicas de los líderes de Oriente Medio, sabemos que a nadie, ni siquiera a Israel, le atrae la idea de una nueva guerra en la región. Es verdad que, en privado, Netanyahu y los líderes de los países del Golfo podrían haberle prometido otra cosa al presidente Trump, y eso es algo que sabrán el general Caine y sus asesores políticos… pero nosotros no tenemos esa ventaja. Sin embargo, la prudencia tiene todo el sentido. Si nos olvidamos de las promesas del magnate a los manifestantes –ese «la ayuda está en camino» que suena a compromiso político–, la situación estratégica en la zona es la mejor en varias décadas: la República Islámica parece hoy neutralizada por su crisis interna; su programa nuclear ha sufrido un duro golpe y sus proxies, derrotados por Israel, no están en condiciones de molestar tanto como lo haría una guerra civil en el propio Irán.

Me encantaría pensar que, en el estudio de los factores políticos, hay una línea dedicada a la Unión Europea. Sin embargo, los profesores de la asignatura de planeamiento–confieso haber sido uno de ellos, quizá de los más aburridos– siempre han insistido en que los factores que no dan como resultado conclusiones relevantes deben ser eliminados en beneficio de la claridad. Seguramente lo habrá hecho así el equipo del general Caine, con lo que las habituales protestas del Gobierno de España rechazando el uso de la fuerza y en defensa de la legalidad internacional habrán caído en saco roto.

Factores militares

El segundo grupo de factores que es preciso analizar es el militar. ¿Qué capacidades tiene Irán? ¿Qué unidades necesita desplegar Washington para alcanzar sus objetivos? La Operación «Martillo de Medianoche» se realizó casi íntegramente desde los EE.UU. Sin embargo, ahora parece necesario reforzar las fuerzas en la zona con un doble propósito: incrementar la presión sobre Jamenei y facilitar la defensa de las unidades norteamericanas y de las bases de sus aliados ante la posible respuesta iraní.

Nada como un portaviones para realizar ambas cosas… siempre que no falte la voluntad de usarlo. Pero a nadie se le oculta –Morón y Rota han sido testigos de algunos de los movimientos logísticos– que se están desplazando a la zona numerosos aviones de combate y de apoyo y, más importante todavía, modernos sistemas de defensa contra misiles balísticos. En retrospectiva, quizá no debió Trump consentir que la Operación «Martillo de Medianoche» terminara con un ataque de Irán a la base de Al Udeid en Qatar. Por inocuo que fuera, dejó un sabor de boca dulce en la República Islámica que Jamenei no se merece.

Factores económicos

En tercer lugar –y el orden de exposición viene dado por el acrónimo PMESII (factores políticos, militares, económicos, sociales, de información y de infraestructura) que se emplea en la Alianza Atlántica para explicar las nociones básicas sobre el planeamiento– está el factor económico. En el caso de Irán, cabe centrarlo en el petróleo.

Como ocurrió en Venezuela, habrá expertos en el Pentágono analizando la vulnerabilidad del régimen chií al bloqueo de su más importante fuente de financiación. Idéntica atención se prestará a los efectos en la economía norteamericana –imagino que el resto del mundo les traerá sin cuidado– del posible cierre del estrecho de Ormuz, al que recurriría Teherán como represalia.

Como ocurrió en Venezuela, habrá expertos en el Pentágono analizando la vulnerabilidad del régimen chií al bloqueo de su más importante fuente de financiación

Europa debería preocuparse de estos cálculos, que seguramente Trump tendrá muy en cuenta a la hora de decidir. El bloqueo de Ormuz era impensable hasta hace muy poco. Sin embargo, ahora que empieza a disponer del petróleo venezolano además del suyo, igual al magnate le apetece provocar un shock en los mercados que, además de incrementar sus beneficios, reforzaría la dependencia que los europeos tenemos de la energía que viene de los EE. UU. Me temo que el magnate no nos va a perdonar fácilmente que le hayamos negado Groenlandia.

Factores sociales

El régimen islámico está en crisis. ¿Es eso una ventaja estratégica o un inconveniente? En Venezuela, Washington ha apostado por el orden sobre los valores democráticos. Si olvidamos la ética –hoy día reemplazada por la moralidad de Trump– es una apuesta lógica. Sin orden no hay control. ¿Hará el magnate lo mismo en Irán? Si logra provocar la caída de Jamenei sin tener un recambio a mano, se habrá metido en una aventura como las de Irak, Libia o Afganistán. Difícil será que a Trump se le perdone haber metido la mano en ese avispero.

Estos cuatro factores que nosotros hemos sopesado tan someramente son solo el principio del proceso del análisis del entorno en el que se va a realizar la misión encomendada al general Caine. Por no alargarnos –me consta que este no es un tema particularmente atractivo, por conocido en los entornos militares y por espeso en los no familiarizados con nuestro sistema de planeamiento– no hemos dicho una sola palabra de logística, infraestructura, información o meteorología, aspectos críticos cuya importancia también aparece destacada en todos los manuales.

No todas las cartas están boca arriba

Como el lector comprenderá, ni siquiera en los EE. UU. tendrán respuesta para todas las preguntas que se haga el equipo de Caine. La niebla de la guerra lo envuelve casi todo y los militares de todos los países están acostumbrados a trabajar así. Sin embargo, hay algunos elementos sin los cuales no se puede seguir adelante en el planeamiento. De ahí la necesidad de formular hipótesis que identifican las condiciones en las que se basa el plan.

Es probable que el principal problema del plan de Putin para Ucrania estuviera en la formulación de hipótesis equivocadas sobre la voluntad de combatir del Ejército de Zelenski. En el caso de Irán, las cartas ocultas que el general Caine tiene necesidad de suponer para completar el plan, las que lo harían descarrilar si finalmente se revelaran equivocadas, podrían empezar por asumir la neutralidad de China y Rusia –parece una apuesta bastante probable– y terminar por el descarte de la posibilidad de que, entre tanto ¡que viene el lobo!, Jamenei haya conseguido ocultar que ya tiene armas de destrucción masiva a su disposición.

Completado el análisis del entorno y formuladas las hipótesis del planeamiento, llega el momento de definir dos aspectos críticos del plan, los centros de gravedad propios y del enemigo y la situación final deseada. Pero eso, si le parece al lector, lo dejaremos para otro día… suponiendo que El Debate tenga interés en publicarlo. Entre tanto, no está de más recordar una frase de Winston Churchill que brilla con luz propia en el manual de planeamiento que todavía se emplea en el Reino Unido: «Recordad siempre que, no importa lo seguros que estéis de que podéis vencer fácilmente, no habría ninguna guerra si otros no creyeran que tienen una oportunidad».