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¿Otra guerra en Irán? Los prolegómenos

Como en las ocasiones anteriores, Alí Jamenei le da largas a Trump. Quizá se lo haya recomendado el propio Vladimir Putin, el mejor aliado de Teherán pero hoy impotente para dar algo más que consejo

Un ciclista pasa junto a un cartel antiestadounidense en un edificio de la plaza Valiasr de Teherán

Un ciclista pasa junto a un cartel antiestadounidense en un edificio de la plaza Valiasr de TeheránAFP

Lamento llevar una vez más la contraria a Donald Trump pero, solo ocho meses después de la Operación Martillo de Medianoche que destruyó «para siempre» el programa nuclear iraní –recordará el lector la acritud con que el magnate descalificó a quienes cuestionaron ese carácter definitivo de que él alardeó en rueda de prensa– volvemos a estar en el mismo sitio. Otra vez el presidente exige a Teherán el abandono del programa nuclear u ordenará repetir los ataques. Y, si hay que creerle, esta vez sí que será definitiva. «Última, última», como dicen mis nietos.

Tengo para mí que quien quiera que sea el que escribe el guion de la historia del mundo actual se está volviendo perezoso. Como en el cine, vamos de secuela en secuela. Aun no se ha terminado la guerra de Gaza, tercera ya de su ominoso nombre, y ya tememos que empiece la segunda de Irán. ¿Qué tiene eso de malo? –se preguntará el presidente de los EE.UU.– ¡Más guerras que parar! Quizá sea esta la oportunidad de que le den por fin el premio Nobel de la Paz. El de verdad, quiero decir, no el que le entregó María Corina Machado para tratar de recomprar la libertad de Venezuela.

El problema nuclear

Si, en los detalles, la captura de Maduro se pareció bastante poco a la de Noriega –bien por el guionista en esa ocasión– la secuela de la guerra de Irán que estamos empezando a vivir comienza como el episodio original. El presidente de los EE.UU., una gran potencia nuclear aliada de Israel –que, de forma oculta, también dispone de ese tipo de armas– amenaza con un ataque militar a Irán si la República Islámica no renuncia a ellas. Y, ya que estamos, que renuncie también a sus misiles balísticos, que ya hay bastantes con los que tienen o piensan tener los demás estados del planeta. Bueno, no todos. España no.

Como en las ocasiones anteriores, Alí Jamenei le da largas a Trump. Quizá se lo haya recomendado el propio Vladimir Putin, el mejor aliado de Teherán pero hoy impotente para dar algo más que consejo. Mientras escribo estas líneas, todavía se discute en qué país –Turquía u Omán– podría tener una reunión previa de la reunión previa en la que se decidirá qué temas se van a discutir. ¿Es solo el programa nuclear que Teherán niega –un pecado que imagino venial en la conciencia de Jamenei– o también los misiles balísticos y las conexiones con sus proxies? Mucho me temo que, si van a entrar en ese aburrido juego, los diplomáticos norteamericanos –varios de ellos, por desgracia, meros aficionados– pueden ahorrarse el viaje.

No vamos a caer en la tentación fácil de recordar ahora las palabras de Trump acerca de su particular moralidad. Lo que estamos viendo es lo que hay. Las armas nucleares permiten que, convenientemente olvidadas las reglas que trataban de limitar el uso de la fuerza en las relaciones internacionales, unas naciones abusen impunemente de las otras. Nadie va a renunciar a esa ventaja voluntariamente y quien no se resigne a que las cosas sean así hará bien en ahorrarse disgustos dejando de leer las noticias de la sección de Internacional… al menos en los medios serios. En los de la izquierda radical quizá encuentre teorías que le permitirán seguir soñando.

Un incidente menor

Dejando a un lado la ética –ni Jamenei ni Maduro se merecen nuestra compasión– los prolegómenos de esta secuela de la guerra de los Doce Días sugieren que se parecerá poco a lo que hemos visto en Venezuela. Las armas en juego son las mismas pero, en lugar de bailar en público, Jamenei se esconde en privado. No es esa, sin embargo, la mayor diferencia. En Irán se habla mucho menos, pero seguramente se reza más. Hay más fanatismo, más agresividad. En la mar, como en el aire, pasan más cosas y pasan más rápido.

La Navy –aunque varios siglos después de la Armada, ellos también se han ganado el derecho a que su nombre ni se traduzca ni se acompañe de adjetivos– acaba de derribar un dron iraní que se acercaba al portaaviones Abraham Lincoln en aguas internacionales. Al lector no familiarizado quizá le sorprenda saber que el dron de la República Islámica tenía tanto derecho a estar allí como el buque norteamericano. A lo largo de mi carrera, he sido sobrevolado en ocasiones por aviones rusos, a los que también sobrevolaban nuestros aviones cuando tocaba hacerlo.

Entre marinas civilizadas, eso solo justifica unas palabras retóricas de condena. Sin embargo, ahora estamos hablando de Irán, cuya Guardia Revolucionaria Islámica acaba de ser incluida por la UE en la lista de organizaciones terroristas. Creo sinceramente que la decisión de la Navy, por mucho que no sea legal en tiempo de paz, ha sido la correcta.

Aquel era un mundo diferente, tanto como lo es Donald Trump de Ronald Reagan

Todavía recuerdo una situación parecida –al menos desde la perspectiva de la legalidad internacional– cuando, en enero de 1989, dos F-14 norteamericanos derribaron en el Golfo de Sirte dos Mig-23 de Gadafi que se acercaban al portaaviones John F. Kennedy. Aquel era un mundo diferente, tanto como lo es Donald Trump de Ronald Reagan, uno de los mejores presidentes de la historia de los EE.UU. Entonces no bastaba decir «lo hago porque puedo».

Yo era en aquel momento un teniente de navío destinado en el Estado Mayor de la Flota y soy testigo de que el almirante norteamericano que dio la orden de abrir fuego vino personalmente a Rota a explicar a su colega español, el almirante Martín-Granizo, las razones de su decisión. Lo misma deferencia tuvo con todos los cuarteles generales marítimos de sus aliados mediterráneos. Sin embargo, a la palestra internacional –como al mus– hay que venir llorados. Ese mundo en el que se valoraba la confianza entre los miembros de la Alianza Atlántica no es el mismo en el que vive el presidente Trump.

El hostigamiento al Stena Imperative

En un incidente separado, tres embarcaciones de la Guardia Revolucionaria Islámica trataron de abordar a un buque tanque norteamericano, el Stena Imperative, en aguas internacionales del estrecho de Ormuz. El capitán, un hombre con coraje, se negó a parar sus máquinas y un destructor de los EE.UU. acudió al rescate a tiempo de sacarle del apuro. A él y al mundo, porque es difícil predecir lo que podría haber pasado si se hubiese consumado el abordaje.

Una vez más, como tantas otras, la Navy supo estar en su sitio. Donde no puedo aplaudir la actuación de los marinos norteamericanos es en el campo de batalla de la información. Ahora que los buques de los EE.UU. abordan petroleros en aguas internacionales como si tuvieran derecho hacerlo, yo hubiera preferido que, en la nota de prensa que publicaron sobre los hechos, se centraran en su firme determinación de defenderse más que en exigir a Teherán que cumpla las reglas que ellos se saltan rutinariamente en el Caribe.

Ambas razones, la de la fuerza y la de la ley, son habituales en este tipo de notas, pero la segunda me recuerda demasiado a Vladimir Putin. Mientras lanza centenares de drones y decenas de misiles sobre las ciudades ucranianas, el dictador del Kremlin no tiene reparos en condenar –bien que solo de palabra– la intervención quirúrgica de los EE.UU. en Venezuela y, ya de paso, las presiones sobre Irán.

Supongo que a nadie le importarán mis sentimientos –mi mujer suele decir que no los tengo– pero, después de haber trabajado con ellos tanto tiempo, reconozco que no me gusta ver a los marinos norteamericanos en el mismo lado de la calle que los rusos. Quizá sea solo la nostalgia, pero no puedo evitar preguntarme… ¿Qué pensaría Reagan de todo esto? No sé. Quiero creer que lo mismo que yo.

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