Cuerpos tendidos en el suelo en el Centro de Diagnóstico y Laboratorio Forense de la Provincia de Teherán, en Kahrizak
Voces desde Irán: «La masacre fue horrible, utilizaron armas pesadas para matar gente»
Los iraníes salen poco a poco de la oscuridad a la que les ha sometido el régimen y los testimonios que comparten sobre los últimos días de protestas, especialmente desde el pasado 8 de enero, son escalofriantes. Ava –nombre ficticio por razones de seguridad–, una joven iraní residente en España, cuenta a El Debate que por fin y, tras casi una semana sin tener noticias de su familia en Irán, ha logrado contactar con ellos. La joven confiesa que ahora respira algo más aliviada tras saber que todos están bien, aunque confiesa que no han podido hablar demasiado por teléfono porque «lo están controlando todo», en referencia a que temen que las autoridades iraníes estén espiando y escuchando todas las conversaciones para evitar que la información salga al exterior.
Según varios testimonios recogidos por este periódico, así como la poca información que sortea el bloqueo digital, las protestas han ido perdiendo fuerza a lo largo de esta semana como consecuencia de la brutal represión ejercida por los cuerpos de seguridad del Estado contra su propio pueblo. Todos coinciden en que el punto álgido de este levantamiento se registró durante la tarde noche del pasado jueves, cuando la República Islámica se sumergió en la oscuridad, y se prolongó hasta el sábado. En tan solo tres días, el número de víctimas mortales en el marco de las manifestaciones se multiplicaron y pasaron de no llegar al centenar a superar los 2.600, incluso, la ONG Iran Human Rights, radicada en Noruega, eleva la cifra a más de 3.400 fallecidos.
Las autoridades iraníes se niegan a ofrecer datos oficiales y tan solo han informado de la muerte de 150 agentes de seguridad a manos de «terroristas». Sin embargo, la semana pasada, un alto funcionario iraní reconoció a la agencia de noticias Reuters que hay más de 2.000 víctimas mortales. Un dato que ha generado alarma entre las organizaciones de derechos humanos que, extraoficialmente, hablan ya de más de 12.000 muertos. «Mi mujer y mi hijo me dijeron que ha sido una masacre horrible. Usaron armas pesadas, como las famosas ametralladoras rusas DShK, para matar gente», relata Mehdi, un iraní residente en el extranjero, que logró contactar con su familia en Teherán este miércoles por primera vez.
Al igual que Ava asegura que la situación sigue siendo «mala». El régimen ha blindado el país, desplegando a las fuerzas de seguridad y al Ejército, como si se tratara de una guerra. «Hay un ambiente de miedo», explica la joven iraní. Mediss Tavakoli, una activista iraní exiliada en España, compartió hace apenas dos días unos mensajes de audio en su cuenta de Instagram, donde se oía el testimonio de un hombre que contaba que habían sido testigos de una «carnicería». «Con el apagón, vinieron los asesinatos», denuncia este iraní que también habla de cadáveres acumulándose en los hospitales. Este martes, el ministro de Justicia de la República Islámica, Amin Hossein Rahimi, anunció que «cualquiera que haya estado presente en las calles desde el 8 de enero en adelante es considerado definitivamente un criminal».
Vehículos incendiados durante una protesta en la plaza Saadat Abad de Teherán, el pasado 9 de enero
Cualquiera que saliera de su casa ya era sospechoso de ser un «terrorista», aún así las familias se han visto obligadas a desplazarse hasta las morgues para tratar de identificar o encontrar a sus seres queridos. Pero, lo más doloroso es que, tras tener que buscar entre cientos y cientos de cuerpos sin vida para descubrir que su hijos, padres o primos estaban muertos, las autoridades les obligaban a pagar por retirar el cadáver según el número de balas que haya costado matarle, llegando en ocasiones a exigir 6.000 dólares, en un país donde el salario medio mensual es de unos 200 dólares. Algunos informes apuntan que el régimen iraní habría permitido la entrada de mercenarios de grupos paramilitares libaneses, iraquíes y afganos, como Hezbolá, Hashd-al Shaabi y Liwa Fatemiyoun para ayudarles a contener el levantamiento y matar a los manifestantes.
Las autoridades de la República Islámica niegan estas informaciones y denuncian que se trata de una conspiración, orquestada por agencias de Inteligencia extranjera –Estados Unidos e Israel, principalmente–, con el objetivo de generar caos y violencia y forzar así un cambio de régimen. El régimen iraní asegura que este levantamiento es tan solo una prolongación más de la Guerra de los Doce Días contra Israel que se libró el pasado mes de junio. Fuentes oficiales iraníes apuntan que primero son los «disturbios» y que ahora tan solo es cuestión de tiempo para que se produzca una «agresión militar». Pero, a medida que Irán va saliendo de la oscuridad y se van conociendo los testimonios, los miles de muertos de estos días en el país persa a manos de las autoridades dejan de ser un simple número para pasar a tener nombre y apellidos.