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La IA y el gran divorcio atlántico: América crea, Europa regula

En sociedades envejecidas, endeudadas y cada vez menos productivas como la europea, esta tecnología no es un capricho. Es una necesidad de supervivencia institucional

ChatGPT es una herramienta que nos puede facilitar el estudio

Herramientas de Inteligencia ArtificialGetty Images

En la vida, por desgracia, lo urgente casi siempre se come a lo importante. Por eso acabamos atrapados en la guerra de aquí, la elección de allá, la boutade del político de turno o la última histeria en redes sociales. Y, sin embargo, mientras bebemos la espuma del día, bajo nuestros pies se ha producido un movimiento sísmico que va a cambiar la forma en que trabajamos, aprendemos, compramos, tratamos con la administración y, en buena medida, pensamos. Ese movimiento tiene dos letras: IA.

No hablo del chatbot simpático que resume un documento, corrige un correo o evita unos cuantos clics en Google. Eso fue solo el aperitivo. Hablo de una nueva capa tecnológica que empieza a ejecutar tareas, coordinar procesos y multiplicar la capacidad de personas e instituciones. La primera ola fue una mejora del buscador. La segunda ya es otra cosa: agentes que no solo responden, sino que actúan y, además se perfeccionan ellos mismos. Y la gran pregunta no es si esta transformación llegará. La gran pregunta es quién la construirá, quién la dominará y quién se resignará a alquilarla.

De los 'bots' que contestan a los agentes que hacen

Ésa es la primera idea que conviene fijar. La IA ya no es solo una herramienta para buscar mejor. Es una tecnología para decidir mejor, ejecutar más deprisa y devolver agencia al individuo y eficiencia a las instituciones.

Durante los últimos meses, todos veíamos a la IA como una Wikipedia con esteroides: le preguntas, te contesta; le pides un resumen, te lo da. Muy útil, sí, pero todavía limitada. La verdadera revolución empieza ahora. Estos sistemas no solo conversan. Planifican pasos, escogen que herramientas utilizar, conectan sistemas, analizan documentos, revisan contratos, organizan tareas y completan secuencias de trabajo con una supervisión humana cada vez menor. Ya no estamos ante una máquina que te explica cómo hacer algo, sino ante una máquina que empieza a hacer parte de ese algo contigo o por ti. Y, además, se enseña a sí misma.

Una tecnología profundamente democrática

La lectura apocalíptica de la IA que se limita a horrorizarse por las pérdidas de empleos se queda corta. Claro que destruirá tareas. Claro que reordenará profesiones. Claro que dejará obsoletas muchas funciones administrativas y rutinarias. Pero eso no la convierte en una herramienta anti-humana. En muchísimos casos ocurre exactamente lo contrario: amplía la capacidad de la gente corriente.

Un abogado solo puede trabajar como si tuviera detrás un equipo entero. Un autónomo puede automatizar tareas que antes le robaban medio día. Un empresario puede analizar montañas de información en segundos y ejecutar estrategias mucho más deprisa. Un estudiante tendrá un tutor privado permanente. Un médico o un profesor pueden descargar burocracia y ganar tiempo para lo verdaderamente humano.

La IA no va solo de reemplazar; va de multiplicar. No reduce necesariamente nuestra agencia: en muchísimos casos la amplía. Democratiza capacidades que antes estaban reservadas a grandes organizaciones o burocracias.

La historia no premia a quienes se escandalizan ante la herramienta nueva, sino a quienes aprenden a usarla antes o mejor que sus competidores.

La verdadera oportunidad: destruir la burocracia

Donde la IA puede producir una revolución verdaderamente civilizatoria es en el sector público. Porque si hay un lugar donde esta tecnología puede cambiar la vida del ciudadano es en la burocracia. Esa maquinaria lenta, cara, redundante y a menudo arrogante que convierte demasiadas veces el servicio público en una carrera de obstáculos. La IA puede obligar al Estado a ser más rápido, más barato y menos insufrible.

La promesa no es un Estado robotizado, sino un Estado menos torpe, más pequeño y, sobre todo, menos corrupto

No porque convierta mágicamente a los burócratas en genios, sino porque elimina toneladas de trabajo repetitivo: expedientes, formularios, consultas rutinarias, clasificación documental, atención de primer nivel, detección de errores y cribado de información. La promesa no es un Estado robotizado, sino un Estado menos torpe, más pequeño y, sobre todo, menos corrupto.

La ironía es obvia: la tecnología que más asusta a los guardianes del «modelo social europeo» podría ser precisamente la que más ayudará a salvarlo de su propia obesidad administrativa. En sociedades envejecidas, endeudadas y cada vez menos productivas como la europea, la IA no es un capricho. Es una necesidad de supervivencia institucional. Una justicia que tramite antes, una sanidad que clasifique mejor y una ventanilla pública que deje de comportarse como si te estuviera haciendo un favor: eso sería una revolución.

América compite; Europa tramita

Y, sin embargo, a un lado y otro del Atlántico se está reaccionando de forma radicalmente distinta.

Estados Unidos, con todos sus defectos, ha entendido que la IA es una carrera por la supremacía económica, tecnológica y geopolítica. Por eso piensa en chips, centros de datos, energía, talento, modelos, aplicaciones e infraestructura. Incluso cuando regula, regula con una idea de fondo: que la innovación ocurra en casa y que el liderazgo del futuro siga hablando americano.

Europa, en cambio, sigue atrapada en su instinto burocrático. Clasifica, etiqueta, supervisa, restringe y legisla. Siempre legisla. Europa parece incapaz de ver una innovación sin imaginar de inmediato la agencia, el comité, la directiva, el procedimiento sancionador y la «armonización» correspondiente. Primero sospecha. Luego advierte. Después regula. Y solo al final, cuando descubre que se ha quedado otra vez por detrás, convoca una cumbre, presenta un plan y publica una nota de prensa explicando la importancia de no perder el tren. Para muestra, un botón. Vean la evolución de los sistemas de conducción automática a ambos lados del atlántico.

Washington regula para que la innovación ocurra. Bruselas primero regula lo que teme que pueda ocurrir antes incluso de de que exista

Es el mismo patrón de siempre: América asume riesgos y corrige sobre la marcha; Europa intenta blindarse contra todo riesgo y acaba importando la innovación ajena con una mezcla de resignación, moralismo y dependencia. Washington regula para que la innovación ocurra. Bruselas primero regula lo que teme que pueda ocurrir antes incluso de de que exista.

El riesgo europeo: pasar de creador a inquilino

El dilema, por tanto, no es si vamos a usar inteligencia artificial o no. Claro que vamos a usarla. La cuestión es otra: ¿la construiremos nosotros o la consumiremos hecha por otros? ¿Seremos arquitectos o simples arrendatarios del futuro?

Incluso esta semana, en la que se cacarean los 1.000 millones que acaba de levantar Yann Lecun (exjefe de IA de Meta) en París, el mayor en toda la historia de Europa, la cifra es ridícula comparado con los 180 mil millones que han levantado xAI, OpenAI y Anthropic en lo que va de año, cifra que no incluye el capex comprometido por Google, Microsoft o Nvidia. Europa corre el riesgo de especializarse en educar talento que luego emigra, incubar ideas que luego escalan en América y redactar normas para tecnologías que no ha creado. Mucha conciencia. Muy poca potencia.

Un continente que deja de crear no deja de usar. Lo que deja es de mandar. Seguirá teniendo magníficas aplicaciones. Seguirá consumiendo modelos excelentes. Sus empresas licenciarán herramientas brillantes y sus ciudadanos hablarán con asistentes cada vez más útiles. Pero la capacidad de decidir cómo se diseñan, qué valores incorporan, quién captura la rentabilidad y bajo qué intereses geopolíticos se despliegan estará fuera. Será cliente, no arquitecto. Usuario, no protagonista.

El sesgo invisible: si el modelo piensa en inglés, pensará como anglosajón

Hay, además, un problema del que se habla muchísimo menos y que para Europa debería ser obsesivo: el sesgo cultural de los modelos. Una porción abrumadora –en muchos casos por encima del 90 %– del contenido textual con el que se entrenan los grandes modelos está en inglés. No se trata sólo de un sesgo lingüístico. Se trata de un sesgo cultural.

Si alimentas a los modelos sobre todo con textos en inglés y, en gran medida, con inglés americano, no obtendrás una inteligencia artificial universal. Obtendrás una inteligencia artificial que tenderá a mirar al mundo con gafas anglosajonas. Sus referencias implícitas, sus marcos mentales, sus ejemplos, sus prioridades y hasta sus ángulos morales tenderán a reflejar ese universo cultural. No porque exista una conspiración, sino porque existe una asimetría brutal en los datos.

Digitalizar Europa para que Europa no desaparezca de la mente de las máquinas

Europa debería estar en una carrera contra el tiempo para digitalizar, ordenar y poner a disposición de los modelos todo el contenido intelectual, científico, cultural y filosófico que creó este continente y que sigue en archivos, bibliotecas, hemerotecas y fondos apenas accesibles. No por nostalgia, sino por pura soberanía cultural. Si los modelos no son expuestos a ese caudal civilizatorio, su conocimiento será, por definición, anglófilo.

Y sería una ironía trágica que el continente que parió buena parte de la filosofía, del derecho, de la ciencia moderna y de la literatura universal terminara desapareciendo de la mente estadística de las máquinas por pura pereza administrativa. Europa tiene activos valiosos, como «Europeana» y sus decenas de millones de objetos digitalizados, pero no basta. Según sus propias estimaciones, solo se ha digitalizado el 20 % del fondo analógico e incluso es se limita a la fotografía.

Si los modelos no son expuestos a ese caudal civilizatorio, su conocimiento será, por definición, anglófilo

Europa no puede limitarse a subvencionar museos digitales bonitos para turistas con sensibilidad. Tiene que entender que digitalizar su acervo es también una forma de soberanía en la era de la IA. Si no ponemos a disposición de los modelos nuestro legado, otros decidirán qué parte de nuestra civilización entra en la memoria de las máquinas y cuál se pierde en el sótano analógico. Los modelos estarán sesgados por pura pereza administrativa, por mezquindad presupuestaria o por el viejo vicio europeo de llegar moralmente impecable a todas las revoluciones… salvo a tiempo.

Todavía estamos a tiempo

La buena noticia es que Europa aún está a tiempo. Tiene talento. Tiene universidades. Tiene industria. Tiene una tradición científica y humanística extraordinaria. Le falta el coraje político y la confianza en sus propios creadores. Le falta salir de ese letargo regulatorio que confunde prudencia con parálisis.

La inteligencia artificial no debe ser para Europa un nuevo catecismo del miedo. Debe ser una invitación a recuperar ambición, agencia y prosperidad. A formar más ingenieros, sí, pero también a enseñar a juristas, médicos, empresarios, profesores y funcionarios a convivir con herramientas que van a transformar sus profesiones. A asumir que alfabetizarse en IA será tan básico como lo fue aprender a usar internet o Excel. A asumir que la tecnología no es un lujo para frikis, sino una cuestión central de productividad, soberanía y libertad.

A Europa le falta salir de ese letargo regulatorio que confunde prudencia con parálisis

Los agentes de IA todavía no han sustituido profesiones enteras, pero ya están reordenando tareas enteras. Y ahí está nuestra ventana. Todavía podemos usar esta revolución para liberar tiempo, talento y capacidad creadora. Todavía podemos decidir entre ser una civilización que inventa o una que se limita a comprar. Todavía podemos elegir si Europa quiere ser socia en la construcción del futuro o simple usuaria obediente de un futuro diseñado por otros.

Pero para eso hay que despertar ya. Porque las civilizaciones que desconfían de sus creadores acaban, tarde o temprano, viviendo de las invenciones ajenas.

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