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Ignacio Foncillas
CrónicaIgnacio FoncillasMiami

Irán: ganar el cielo no basta

La campaña aérea de Estados Unidos e Israel ha castigado al régimen con una velocidad inesperada. Pero una cosa es destrozar lanzadores y otra derribar una teocracia. Y el reloj político de Trump corre en su contra más deprisa que sus bombarderos

The sun is seen through a plume of black smoke following a strike on the Iranian capital Tehran, on March 3, 2026. Iran stepped up its attacks on economic targets and US missions across the Middle East on Tuesday as the US president warned it was "too late" for the Islamic republic to seek talks to escape the war.  The United States and Israel launched strikes against Iran on February 28, with the killing of Iran's supreme leader and the Islamic republic retaliated with barrages of missiles at Gulf states and Israel. (Photo by ATTA KENARE / AFP)

El cielo de Teherán bajo las bombas en una puesta de solAFP

En menos de una semana, la guerra contra Irán ha dejado una conclusión provisional ineludible: militarmente, la coalición va muy por delante del calendario que imaginaban sus detractores. Políticamente, no tanto. Y estratégicamente, la partida sigue abierta.

Ganar los cielos, como se ha logrado, no equivale a ganar el país. Destruir radares, hundir barcos y vaciar silos impresiona en televisión y altera el equilibrio militar regional. Pero los regímenes ideológicos como el iraní no se derrumban solo porque pierdan bombas. Solo caen cuando pierden la capacidad de reprimir y, sobre todo, de infundir miedo entre la población.

La guerra aérea va muy por delante

La realidad militar, hasta hoy, es demoledora para Teherán. Publica El Debate, el 5 de marzo, que el mando central estadounidense afirmaba haber hundido ya más de 30 buques iraníes, mientras los ataques balísticos del régimen habrían caído un 90 % respecto al primer día de guerra. En paralelo, Israel sostiene haber golpeado centenares de lanzadores sobre tierra y haber tomado el control de buena parte del espacio aéreo iraní.

Irán sigue disparando, sí, pero cada vez dispara menos, desde menos sitios y con menos coordinación. La campaña aérea aliada ha ido mucho más rápido de lo esperado en tres frentes al mismo tiempo: mar, aire y mandos de control. El golpe inicial decapitó buena parte de la cúpula político-militar; el golpe sostenido está degradando la capacidad de respuesta; y el golpe psicológico empieza a corroer el mito de invulnerabilidad del régimen.

No tenemos confirmación independiente de todas y cada una de las cifras que difunden Washington y Jerusalén. En la guerra, la propaganda también opera. Pero incluso quedándonos con el extremo prudente de las informaciones verificadas, el cuadro general no admite mucho maquillaje: la marina iraní ha quedado maltrecha (45 barcos hundidos o neutralizados), los sistemas de defensa aérea han dejado de existir (más del 75 % han sido destruidos) y el parque de misiles y drones se está consumiendo a una velocidad difícilmente sostenible.

Por eso el dato más importante no es solo cuántos misiles ha lanzado Irán, sino cuántos menos puede lanzar mañana. Cuando un régimen presume de resistencia, pero necesita pedir disculpas a sus vecinos por ataques «no autorizados» o «mal coordinados», como ya ha empezado a hacer su presidente, lo que aflora no es fortaleza: es desorden y una prueba adicional de una grave falta de abastecimiento. Los lanzamientos de misiles balísticos han caído un 90 % desde el primer día de hostilidades, según briefings actualizados de CENTCOM (Mando Central de los Estados Unidos). Los ataques con drones han disminuido un 80 % en intensidad.

El error iraní: pegar al Golfo y despertar a media región

En el plano político, Teherán ha cometido un error de bulto. Su lógica era transparente: si golpeaba infraestructuras civiles e industriales de los países del Golfo, esos gobiernos, inicialmente neutrales o calculadamente ambiguos, presionarían a Washington para forzar un alto el fuego. Ha ocurrido lo contrario.

La neutralidad del Golfo se ha venido abajo y el alineamiento con Estados Unidos se ha endurecido. Tras los ataques iraníes contra puertos, ciudades, aeropuertos y activos energéticos en Qatar, Emiratos, Kuwait y otros puntos del GCC, las monarquías del Golfo han dejado de ver esta guerra como una reyerta a evitar. Ahora la ven como una amenaza directa a su modelo económico, a su estabilidad interna y a su propia supervivencia.

Eso cambia muchas cosas. Primero, acerca todavía más a varias capitales árabes al paraguas estratégico americano. Segundo, hace más plausible una ampliación real de los Acuerdos de Abraham hacia Arabia Saudí y Omán, mientras consolida a Bahréin –que ya estaba dentro– en el bloque antiiraní sin complejos. Y tercero, convierte la temeridad iraní en una operación de reclutamiento involuntario a favor de Washington.

Teherán también ha tenido la brillante idea de tocar el flanco europeo. El ataque con dron contra la base británica de Akrotiri, en Chipre, ha dado a los líderes europeos la coartada perfecta para hacer lo que siempre hacen mejor: envolverse en la bandera de la legalidad para desplegar medios militares con gesto compungido. Italia, España, Francia y Países Bajos enviarán activos navales para proteger Chipre y asegurar la navegación.

Sin embargo, estas poses no van a funcionar. Washington ha tomado nota detallada de la vacilación inicial de algunos aliados europeos. Habrá consecuencias diplomáticas y estratégicas inevitables. Para España, nuestra ambivalencia seguro que tendrá costes a largo plazo. El gobierno de Madrid bloqueó el uso de las bases estadounidenses en Rota y Morón para lanzar ataques contra Irán.

En algún despacho del Pentágono empiezan a preguntarse si Rota y Morón son activos fiables o simplemente bases en territorio políticamente hostil. Esas bases podrían ser trasladadas fácilmente a Marruecos, un socio preferencial de Trump desde su primera presidencia en 2017. Las consecuencias económicas y militares serían devastadoras para nuestro país.

Cambio de régimen: la fantasía empieza donde termina el mapa

Ahora conviene separar el deseo de la realidad. Washington, lógicamente, nunca descarta una progresión militar en tierra. Pero una cosa es dejar todas las cartas sobre la mesa y otra muy distinta tener intención real de jugarlas. Trump no tiene hoy ni el apoyo político interno ni el capital estratégico para lanzarse a una invasión terrestre de Irán.

De hecho, cuanto más se filtra sobre el análisis interno americano, más claro queda que la Casa Blanca entiende el límite. Según un informe del National Intelligence Council, incluso una ofensiva militar a gran escala tendría pocas probabilidades de provocar por sí sola el colapso del régimen. Dicho de otro modo: Matar a los jefes no garantiza derribar el sistema.

Eso no excluye operaciones indirectas. Estados Unidos puede, como parece que está haciendo, alimentar a aliados locales, incentivar a kurdos, baluches u otros actores periféricos, y aprovechar grietas territoriales o étnicas para estresar al régimen desde dentro. La CIA está buscando una Delcy con turbante que facilite una transición negociada del segundo escalón, eso claro, si los israelitas no la han sacado ya del tablero. Pero Irán no es Venezuela. Su Estado es más denso y su aparato coercitivo más ideologizado y violento.

Inutilizar la columna vertebral de la represión

Si el objetivo real fuera tumbar al régimen, la lógica militar tendría que cambiar de fase. No bastaría con la decapitación inicial ni con eliminar los colmillos de sus defensas. Haría falta una campaña sistemática para inutilizar la columna vertebral de la represión: Guardia Revolucionaria, Basij, inteligencia interior, policía secreta, centros de mando provincial, cárceles políticas y todos los nodos de vigilancia. En resumen, destruir no solo la capacidad de atacar fuera, sino la capacidad de aterrorizar dentro.

Ahí es donde la famosa frase de Hannah Arendt cobra sentido: «Las revoluciones siempre parecen imposibles antes de que ocurran e inevitables después». Exacto. Pero para que ese momento llegue no basta con castigar al verdugo desde el aire. Hay que conseguir que quienes sostienen la porra empiecen a dudar de que el régimen pueda seguir protegiéndolos mañana. Si la esperanza de que eso ocurra es ilusa, solo el tiempo lo dirá.

Trump corre contra el calendario

El tiempo, a partir de aquí, juega contra Trump. Una campaña de cuatro a seis semanas, rápida, limpia y con sensación inequívoca de victoria, podría incluso fortalecer a los republicanos de cara a las elecciones de medio mandato de noviembre. A los americanos les gusta ganar. Les gusta ganar guerras, elecciones, litigios y hasta a las canicas.

Pero el margen es estrecho. Reuters informó ya el 2 de marzo de que dentro de la propia Casa Blanca existía preocupación por el coste político de una guerra larga. A pesar de que las encuestas iniciales del Pew Research indican una aprobación por poco de eliminar el potencial nuclear de Irán, el 7 de marzo la misma agencia advertía de un efecto lento de desgaste, ligado a cuatro variables: duración del conflicto, número de bajas americanas, alcance de las represalias e impacto en el precio de la gasolina. Esa es la verdadera ecuación electoral.

Por ahora, el núcleo duro MAGA parece que aguanta. Con la excepción de Tucker Carlson, caso perdido para la causa de Trump. Pero el electorado general es otra historia. Una encuesta de NPR/PBS/Marist publicada esta semana situaba en el 56 % la oposición a la acción militar estadounidense contra Irán, contradiciendo a Pew research. Eso significa que Trump dispone de crédito, pero no de un cheque en blanco. Si esto se alarga, el aislacionismo de la derecha online y el reflejo pavloviano anti-Trump de la izquierda demócrata pueden converger en una pinza muy incómoda.

Y no solo está en juego la Cámara. Si el conflicto deriva en un goteo de bajas, en petróleo caro y en una sensación de guerra sin final claro, incluso el Senado, donde los republicanos tienen una pequeña mayoría de tres escaños, puede cambiar de manos. Los dos últimos años de la presidencia se convertirían entonces en lo que Trump tanto teme: una larga pasión con impeachments y parálisis.

El tablero grande: la pinza sobre Pekín

Sería un error analizar Irán como una guerra aislada. La partida real se juega en un tablero mucho más amplio. Y ahí Trump, con toda su tosquedad verbal y su incapacidad de articular frases completas, está siguiendo una lógica bastante más coherente de lo que reconocen sus enemigos.

Desde 2025, Washington ha ido empujando a China fuera de enclaves estratégicos del hemisferio. El caso más visible ha sido Panamá: los contratos de CK Hutchison sobre los puertos en los dos extremos del canal fueron anulados por la justicia panameña en enero y el control operativo acabó intervenido por el Estado, en una secuencia que Beijing ha vivido como una derrota geopolítica de primer orden. No es un detalle menor. Es una señal.

A eso se suma la presión sobre dos proveedores energéticos políticamente valiosos para Pekín: Irán y Venezuela. Según datos de Kpler, China importó en 2025 una media de 1,38 millones de barriles diarios de crudo iraní, equivalentes al 13,4 % de sus importaciones marítimas de petróleo. Del lado venezolano, las compras medias fueron de unos 394.000 barriles diarios, alrededor del 4 %. Sumados, ambos flujos representaron aproximadamente el 17,4 % del crudo importado por mar por China.

Y la cifra aún se queda corta para entender la magnitud del problema chino. Además, alrededor de la mitad del petróleo que compra China procede de Oriente Medio. Es decir: aunque Pekín no pierda todo el petróleo iraní, el simple caos en Ormuz le puede generar, en el muy corto plazo, un problema de escasez energética. Si encima Washington consigue asfixiar a Teherán y seguir cerrando el grifo venezolano, la supuesta superpotencia asiática verá que su gran vulnerabilidad sigue siendo la energía que no controla. Eso puede convertir a Pekín en un involuntario aliado de Washington, forzando a los Mullas a capitular.

Para ser un loco inútil, Trump no lo está haciendo del todo mal. Otra cosa es que sepa rematar la jugada. Su problema no es, como le acusan sus enemigos, la ausencia de estrategia. Su problema es la eterna tentación de confundir un buen titular con una victoria consolidada.

Hoy, la balanza militar se inclina con claridad contra Irán. El régimen ha sido golpeado más rápido y más hondo de lo que muchos esperaban. Ha internacionalizado la guerra de la peor manera posible, empujando al Golfo hacia Washington y dando a Europa una excusa perfecta para volver a militarizar su periferia. Pero la pregunta decisiva sigue siendo la misma: ¿quiere Trump castigar a Irán, o quiere cambiar Oriente Medio?

Porque son dos objetivos distintos. El primero puede lograrse con misiles, submarinos y superioridad aérea. El segundo exige paciencia, diseño político y una voluntad sostenida de reorganizar el equilibrio regional. Y ahí es donde empieza la parte difícil.

Ganar el cielo, al fin y al cabo, es solo el principio.

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