González López sucede a Padrino al frente del Ejército venezolano: carroñas de paso
Fue González López el que comando el brutal secuestro contra mi aquella madrugada del 1 de agosto de 2017. De esa arbitrariedad quedo el eco de «se llevan a Ledezma»
Gustavo González López, nuevo ministro de Defensa de Venezuela
En los regímenes corroídos por dentro, las decisiones no se toman para gobernar, sino para drenar. No se trata de administrar el poder, sino de limpiar sus propias cloacas. Y cuando las cañerías rebosan de podredumbre, no llaman a estadistas: llaman a fontaneros. Eso es lo que estamos viendo.
La destitución del general Vladimir Padrino López —el ministro perpetuo, el hombre que durante más de una década sostuvo el andamiaje militar del régimen— no es un gesto de renovación, sino una operación de desmantelamiento con saneamiento interno. No cae un símbolo por convicción institucional, sino por necesidad de supervivencia. Y quien ejecuta esa tarea es Delcy Rodríguez, aplicada y disciplinada, cumpliendo al pie de la letra la encomienda más amarga: limpiar las tuberías de un sistema desbordado de corrupción, traiciones y cuentas pendientes.
Pero nadie se engañe: esa limpieza no busca justicia, sino encubrimiento. Para una tarea tan sucia, se necesitan manos acostumbradas a la suciedad. Por eso el relevo no sorprende. Gustavo González López no llega desde fuera del sistema: emerge de sus entrañas. Exdirector del SEBIN, jefe de inteligencia, operador en las sombras, su nombre ha estado vinculado durante años a estructuras represivas y señalado por violaciones de derechos humanos.
¿Asombro? ¿Indignación? Conviene responder con otra pregunta: ¿quién, fuera de ese circuito, aceptaría un cargo así? ¿Qué militar, libre de sospechas, ajeno a esas mafias, daría un paso voluntario hacia esa cloaca? ¡Tenía que ser otro fontanero! Uno de los que conoce los túneles, los atajos, las fugas. Uno de los que sabe dónde están enterrados los secretos. Uno de los que participó —o al menos fue testigo— de las operaciones más oscuras: la consolidación de estructuras paralelas, el armado de colectivos, las alianzas con actores irregulares, las negociaciones opacas con potencias extranjeras. No es relevo. Es continuidad.
Porque este no es un sistema de lealtades, sino de complicidades. Allí no hay fidelidad entre ellos, sino miedo compartido. Nadie es leal a nadie: todos están tratando de salvarse. De ganar tiempo. De proteger su pellejo y, sobre todo, sus fortunas construidas en la penumbra. Por eso no tiene sentido preguntarse si González López o Diosdado Cabello son hombres de confianza de Delcy Rodríguez. No lo son. Son piezas de una estructura que se sostiene por equilibrio de amenazas, no por cohesión. Hoy te sirven. Mañana te entregan. Así funciona ese engranaje.
Tanto así que, llegado el momento, no habrá vínculos familiares que resistan. Si la presión lo exige, un hermano entregará a la hermana, o viceversa. Sin titubeos. Sin drama. Porque lo único que realmente importa en ese círculo es la supervivencia.
Y saben que el cerco se estrecha. Saben que desde fuera no están jugando. Que las advertencias no son retórica. Que así como ayer compartían llamadas y protocolos con Nicolás Maduro, y días después realizaron la espectacular extracción, hoy pueden ser objeto de operaciones que los arranquen de su zona de confort. La historia reciente ya les ha dado señales suficientes como para no subestimar lo que enfrentan.
En ese contexto, la designación de González López tiene otra lectura: no es un premio, es una penitencia. Es el precio que pagan quienes conocen demasiado. Quienes han transitado ese laberinto criminal no pueden simplemente apartarse. Están obligados a seguir dentro, a ensuciarse más, a asumir tareas cada vez más comprometedoras. Porque salir no es una opción: saben demasiado, han visto demasiado, han participado demasiado. Son rehenes de su propia historia.
Y en medio de todo esto, queda la memoria. Porque González López sabe cómo operan estas extracciones. Sabe cómo se ejecutan esos procedimientos que comienzan en la madrugada, con violencia calculada y sin margen para la defensa. Lo sabe bien, porque fue él quien dirigió operativos de ese tipo. Fue González López el que comando el brutal secuestro contra mi aquella madrugada del 1 de agosto de 2017. De esa arbitrariedad quedo el eco de «se llevan a Ledezma». Después, el 3 de enero de este año, no se le vio ni se le escucho decir nada cuando se estaban trasbordando a su «comandante en jefe».
Lo que antes hizo con arrogancia, hoy lo observa con temor. Esa es la ironía del poder cuando se descompone: quienes fueron verdugos terminan viviendo con el agobio de convertirse en víctimas. «Carroñas de paso», sí. Porque eso es lo que queda cuando un sistema pierde toda legitimidad: actores que no construyen, que no gobiernan, que no representan… sino que sobrevuelan los restos, disputándose lo que queda de un poder en descomposición. Pero incluso las carroñas tienen un límite. Y cuando ya no queda nada que devorar, solo queda enfrentarse entre ellas.