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Antonio Ledezma
AnálisisAntonio LedezmaEl Debate en América

María Corina Machado: ¿la prescindible?

La alborada de la libertad venezolana no será obra de maniobras tácticas ni de tratativas oscuras. Será el resultado de la dignidad de un pueblo que decidió no rendirse

La líder de la oposición venezolana, María Corina Machado, gesticula mientras habla con miembros de la comunidad venezolana durante un encuentro en Chile, en la Plaza Almagro de Santiago

La líder de la oposición venezolana, María Corina Machado, durante un encuentro en Chile,AFP

Recuerdo una máxima que aprendí muy joven, cuando apenas comenzaba mis pasos en la política venezolana: los liderazgos auténticos no se decretan ni se eliminan desde un escritorio; los consagra la historia cuando un pueblo decide reconocerlos como expresión de su propia dignidad. Lo digo porque, en medio de esta larga noche de oprobio que pesa sobre Venezuela, han comenzado a escucharse voces –unas ingenuas, otras calculadamente malintencionadas– que pretenden instalar la idea de que María Corina Machado es prescindible.

Esta tesis es errada. Quienes hoy la deslizan parecen no haber entendido nada de lo que ha ocurrido en Venezuela durante estos años de resistencia. Son los mismos que, en su momento, redujeron a María Corina a una simple aspirante candidatural que corría en un pelotón, como si su presencia en la vida pública obedeciera únicamente a una ambición electoral.

No supieron ver lo que millones de venezolanos percibieron: una lideresa que decidió encarnar sin titubeos la causa de la libertad frente a un régimen que convirtió al Estado en instrumento de expolio, persecución y mentira. Su liderazgo se forjó al pie del cañón, no en laboratorios políticos de marketing y encuestas. Se forjó denunciando lo que muchos temían decir. Se forjó enfrentando la maquinaria represiva del narcorégimen.

Se forjó acompañando a un pueblo que aprendió a resistir. Pretender declararla prescindible es tan absurdo como pensar que el amanecer puede cancelarse porque alguien decida cerrar las ventanas. Su liderazgo está anclado en el mandato indomable de una ciudadanía que decidió levantarse frente al muro de la ignominia, no en una aspiración personal.

Ese mandato quedó plasmado con una claridad histórica en aquella jornada que fue lección de civismo que fueron las elecciones primarias organizadas por la sociedad civil. Sin recursos del Estado. Sin árbitros complacientes. Sin propaganda oficial. Fue la gente –la gente de a pie, los estudiantes, los docentes, los trabajadores, los desterrados, las madres y los abuelos– la que organizó el proceso, levantó las mesas, contó los votos y defendió el resultado. Venezuela habló entonces con voz propia en defensa de su dignidad.

Resulta desconcertante la súbita aparición de «estrategas» sugiriendo que María Corina es prescindible, como si el liderazgo que encarna pudiera disolverse en una mesa de negociaciones o diluirse en alguna tratativa opaca. Pero el desconcierto no termina allí. También pareciera haber quienes creen que el liderazgo sereno de Edmundo González Urrutia puede descartarse con la misma ligereza. Como si su legitimidad haya vencido. Como si el mandato que representa hubiera prescrito, como un cartón de comida perecedera olvidado en el anaquel de la política. ¡Qué va!

La voluntad soberana de un pueblo no caduca. Ese mandato no lo otorgan los fabricantes de opinión ni los gestores de pericias de coyuntura. Ese mandato lo otorga la ciudadanía. Y conviene recordarlo. Fue la gente la que organizó las primarias. Fue la gente la que levantó los comanditos. Fue la gente la que recogió y resguardó las actas. Fue la gente la que defendió el resultado del 28 de julio. Esa es la verdad institucional que el régimen pretende ocultar bajo su aparato propagandístico. Pero las verdades documentadas tienen una fuerza que ninguna maquinaria de mentira puede borrar. Las actas están allí. Son testimonio de una nación que decidió recuperar su soberanía.

Por eso resulta casi ofensivo que algunos pretendan distraer al país con el espejismo de unas supuestas elecciones sin que antes se resuelva lo medular. Porque no se trata de convocar elecciones para simular normalidad democrática. Lo cardinal es restituir las condiciones que hacen posible elecciones auténticas. A saber, contar con un Consejo Nacional Electoral independiente. Un registro electoral transparente. El levantamiento de las inhabilitaciones arbitrarias. El derecho al voto de millones de venezolanos desterrados por el exilio. La legalización plena de todos los partidos políticos. Sin esas condiciones, cualquier proceso electoral sería apenas otro capítulo del esperpento institucional que el régimen pretende presentar como democracia.

Allá los que se entretienen con esas maniobras. El país real sigue esperando justicia. Un país que ha visto partir a millones de sus hijos con la maletica de cartón del emigrante. Un país donde los trabajadores, incluidos maestros, médicos, enfermeras, sobreviven con salarios paupérrimos. Un país donde la riqueza petrolera –ese mechurrio encendido en el Caribe– ha sido convertida en botín por una corporación criminal que saquea mientras predica propaganda. Pero aun en medio de ese paisaje dantesco, Venezuela no se ha rendido. Los venezolanos hemos demostrado ser un pueblo resiliente. Un pueblo que no se resigna.

Un pueblo que aprendió, a fuerza de dolor, que la libertad no es una concesión del poder sino una conquista de la dignidad. Por eso quienes creen que pueden declarar prescindibles a los liderazgos que encarnan esa esperanza cometen un error monumental. Porque en esta hora decisiva de nuestra historia pesa un mandato ciudadano. Cuando eso ocurre, los cálculos de laboratorio dejan de explicar la realidad.

Quienes creen que pueden declarar prescindibles a los liderazgos que encarnan esa esperanza cometen un error monumental

La historia cambia de rumbo. Ya lo advertía Cervantes con esa sabiduría que atraviesa los siglos: «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre».

Conviene decirlo con serenidad y firmeza: ni María Corina Machado es prescindible ni el mandato democrático que hoy encarna Edmundo González es descartable ni la ciudadanía venezolana está dispuesta a resignarse a nuevas farsas. «¿Tanto nadar para morir en la orilla?», sería una tragedia histórica que Venezuela no merece.

Hoy ese liderazgo legítimo –forjado en la confianza popular y ratificado por el sacrificio de millones de venezolanos– tiene una tarea superior: consolidar la unidad auténtica del país en torno al objetivo que debe ser prioritario para todos, la liberación de Venezuela. En esa dirección estratégica se inscribe la conducta política de María Corina Machado. Con inteligencia, determinación y también con el pragmatismo que exige la hora histórica, ella ha sabido jugar sus cartas sin extraviar jamás el norte moral de su lucha. Ha demostrado que es posible ejercer la política sin caer en el fango de las componendas que degradan la causa democrática.

Tampoco flaquear ante el pernicioso sectarismo que suele comportarse como una pandemia silenciosa dentro de las fuerzas que enfrentan regímenes autoritarios. El sectarismo puede propagarse con la rapidez de un virus que, en lugar de fortalecer el organismo democrático, lo debilita desde dentro. Sus síntomas son conocidos: desconfianza entre aliados naturales, competencia estéril por pequeñas parcelas de influencia y una tendencia enfermiza a confundir la defensa de principios con la negación del otro.

Cuando ese mal se instala, la política deja de ser un diseño colectivo y se convierte en un archipiélago de islas acordonadas, incapaces de articular una aptitud común frente a un adversario que sí actúa como bloque. Cuando la libertad está en juego, el sectarismo funciona como un veneno que corroe la unidad que necesitan las sociedades sometidas a poderes autoritarios. Superarlo exige entender que la unidad se construye con amplitud de miras, inteligencia estratégica y la convicción de que ninguna diferencia secundaria puede colocarse por encima del objetivo común: recuperar la plena libertad y su correlativa democracia.

En esa línea ha procedido María Corina. Esa coherencia, sostenida en su honestidad y en una conducta transparente, ha sido clave para preservar la confianza ciudadana. Y es precisamente esa confianza la que hoy permite acoplar un liderazgo capaz de convocar, sumar voluntades y mantener viva la esperanza nacional. La alborada de la libertad venezolana no será obra de maniobras tácticas ni de tratativas oscuras. Será el resultado de la dignidad de un pueblo que decidió no rendirse. Cuando esa dignidad se convierte en conciencia nacional, ninguna tiranía puede impedir el amanecer de la libertad.

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