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Cuba: así se vive en el paraíso de la izquierda

Ayer entregaron en las unidades policiales de la provincia de Guantánamo equipos antimotines. Pudieran ser los mismos que España le vendió a la dictadura

La gente camina por una calle del barrio La Guinera en La HabanaYamil Lage / AFP

Se amanece en Cuba con los vientos gélidos del último frente frío. El cubano no puede darse el lujo de guarecerse, obligatoriamente tiene que salir a la calle con una jaba de nylon transparente en la mano, a forrajear lo que aparezca. Puede que no tenga mucha suerte y regrese con la jaba vacía. Camina como zombi mirando hacia todas partes con evidente desesperación. ¿Qué le dirá a sus hijos pequeños y a sus ancianos padres? Y como si no fuera suficiente, además del desabastecimiento alimentario y de medicinas, se le une la falta de agua y los constantes apagones. Todos los males en la mala suerte de los ciudadanos de un país.

Un padre de uno de los detenidos por las recientes protestas, me describe desde Morón, al centro del país, que los jóvenes están pasando frío y hambre en las celdas y que a cada rato los guardias los miran amenazantes, como si el frío mismo les pidiera volver a golpearlos para entrar en calor.

La verdad en este momento es la peor arma que puede usarse contra la dictadura

Hoy se presentan en la unidad policial de la zona en Alamar, en La Habana, la joven creadora de contenido Anna Sofía Benítez Silvente con su madre y el abogado que las representará, por algún nuevo invento de acusación contra su progenitora, todo para asustarla y que obligue a callar a su hija. La verdad en este momento es la peor arma que puede usarse contra la dictadura. También la policía política ha estado amenazando a los padres de los cuatro jóvenes creadores de contenido de «Fuera de la Caja».

El mandatario cubano Miguel Díaz-Canel asegura que «cualquier agresor externo chocará con una resistencia inexpugnable», y en las redes se difunde como el aviso que usó Maduro de «venga por mí, cobarde». Lo único que no entendí fue lo de «externo», para qué especificar si a la oposición interna la mantienen perseguida, acorralada o en prisión.

Un vendedor organiza su puesto de venta bajo la mirada de Fidel Castro impreso en un posterYamil Lage / AFP

Ayer entregaron en las unidades policiales de la provincia de Guantánamo equipos antimotines. Pudieran ser los mismos que España le vendió a la dictadura. La represión es cada vez más abusiva, el miedo los hace cometer más injusticias. Roberto Quiñones salió en el mismo Guantánamo con un pulóver blanco con el letrero de «Libertad», y fue golpeado y detenido por considerarlo una provocación.

Los cacerolazos ya son como la mejor música de la noche

Los defensores del régimen salen en la mañana a perseguir a los «enemigos de la Revolución», pero se esconden en las noches en el momento de las protestas. Los cacerolazos ya son como la mejor música de la noche. Ha comenzado a crearse un código morse entre los barrios para avisarse cuando ven llegar los camiones antimotines. Los represores caminan por las puertas y donde escuchan el porrazo de algún caldero o aquellos que son señalados por chivatos, les patean las puertas, con amenazas de tumbarla sino salen a entregarse. Una vez que lo hacen, los golpean salvajemente para que sirva de escarmiento. La orden de sembrar el terror está dada.

Con ser joven ya es suficiente «delito» para que te detengan, me asegura Orlando Valdés Freire, residente en el municipio de Morón (las familias han empezado a ocultarlos como en la época de los nazis): si no participaste en las protestas eso no es relevante, pues te usan para delatar a quienes lo hicieron una vez que te enseñan los vídeos que capturan en las redes.

«Me taparon la boca y la nariz para que no pudiera respirar», relató una vez que lo liberaron (así no dejan marcas en el cuerpo y no dejar evidencia de que ha sido torturado). Explicó igualmente que es casi obligado saber de algún vecino, compañero de estudio o amigo, esa es la única manera de demostrar que no estuviste ni que eres cómplice de la manifestación, y te obligan a reconocer en los vídeos a esos jóvenes con el rostro cubierto que incendiaban la sede del Partido Comunista.

«Dije que estaba enfermo», le aseguró Orlando, «pero no me creyeron papá, y sabes que es cierto, tenía fiebre, y quizá eso fue lo que me salvó de no unirme a los manifestantes esa noche, pero ahora no sé qué fue mejor, si ir o no ir. Nada les importa, una vez que me liberaron, ya traían a un compañero de estudio por solo decir que se parecía a uno que vi en los vídeos, aunque no estaba seguro del todo, perdóname papá, pero pensé que si no lo hacía no se iban a detener. Es obligado decir el nombre de algún conocido, cualquiera, no importa».

Así amanece cada día en Cuba, el país donde el sueño de la izquierda se hace realidad.