El pueblo soberano y sus validos
Lo que a mí me duele de todo esto es el contraste entre la atención que los españoles ponemos en lo que el Gobierno va a hacer para compensar la subida del precio de la gasolina y la dejadez del pueblo soberano en todo lo que tiene relación con la Defensa Nacional
El ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, la ministra de Defensa, Margarita Robles, y el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante la Pascua Militar
De todas las guerras se puede aprender, aunque las lecciones puedan ser, al menos para mí, tan dolorosas como la que hoy me trae ante los lectores.
Consecuencia inmediata del previsible cierre del estrecho de Ormuz —a la fuerza ahorcan, dice el refrán, y la teocracia iraní no va a dejar de patalear por mucho que el castigo pueda parecernos justo a la vista de sus crímenes— han subido los precios de la gasolina. El pueblo soberano exige —y hace bien— medidas que palíen los efectos de esa subida sobre nuestros bolsillos. Como respuesta a la presión popular, el Gobierno, de grado o por fuerza, ha presentado en el Congreso un paquete que, según leo en el BOE, «supondrá la movilización de 5.000 millones de euros».
No me toca a mí opinar sobre las medidas concretas, pero sí aplaudir que, al menos en este caso, el protagonismo lo tenga el Congreso. Las primeras Cortes que recuerda la historia, las del Reino de León en 1188, ya nacieron con la vocación de controlar las cuentas del monarca. Ocho siglos después, los parlamentos de todo el mundo mantienen esa importante responsabilidad, la de asegurar que los gobiernos se gasten nuestro dinero en aquello que nuestros representantes decidan aprobar.
Si la cifra de 5.000 millones publicada en el BOE me llamó la atención, es porque no llega a la mitad de los 10.471 millones del llamado «Plan Industrial y Tecnológico para la Seguridad y la Defensa», que, sorprendentemente, no ha merecido ningún debate en el Congreso. ¿Se acuerda el lector de ese documento? Es el que, bajo el epígrafe de «Fabricación avanzada en movilidad terrestre sostenible», escondía la «Adquisición de un sistema Obús Autopropulsado (ATP) de ruedas y sustitución del Obús ATP de cadenas M-109 A5 del Ejército de Tierra».
Vaya por delante que yo aplaudo calurosamente la adquisición de ese obús autopropulsado que tanto necesita el Ejército de Tierra. Lo de disimular el ominoso propósito de los obuses —es verdad que, en ocasiones, disparan— bajo la máscara de la «movilidad sostenible» no merece más que una sonrisa. Se trata de un ardid como otro cualquiera, desde luego destinado a nadar y guardar la ropa… pero que se puede perdonar si consigue que nuestro Gobierno se atreva a meterse en el agua y a dar algunas de las brazadas que las Fuerzas Armadas necesitan para defender España.
¿Es que solo nos importan nuestros bolsillos?
Lo que a mí me duele de todo esto es el contraste entre la atención que los españoles ponemos en lo que el Gobierno va a hacer para compensar la subida del precio de la gasolina y la dejadez del pueblo soberano en todo lo que tiene relación con la Defensa Nacional. ¿Es que solo nos importan nuestros bolsillos? Ni siquiera esa explicación me parece plausible. A poco que lo pensemos, es obvio que los 10.000 millones largos del Plan Tecnológico antes citado no van a salir de otros bolsillos que los nuestros.
En nuestro abandono de un asunto que tanto nos afecta, el pueblo soberano sigue el ejemplo de alguno de los peores monarcas de nuestro pasado. De Felipe III escribe Antonio Domínguez Ortiz en su impagable «España. Tres milenios de historia», el siguiente párrafo: «Indolente y falto de personalidad, no es sorprendente que delegara en alguien el trabajo y las responsabilidades. Lo que sorprendió a todos los que le rodeaban no es que tomara un favorito, sino que la dejación de autoridad llegara a unos límites impensables.» La historia da fe de los desmanes del valido de Felipe III, el infame duque de Lerma, que hacía y deshacía en su propio beneficio mientras en la Corte —que es donde entonces descansaba la soberanía que hoy corresponde al pueblo— «se cazaba y se jugaba a los naipes hasta altas horas de la noche».
Si nos centramos en la defensa nacional, ¿no es el pueblo español del siglo XXI una viva imagen de lo descrito por el historiador? ¿No delegamos en los válidos, a quienes avalamos con nuestro voto, a pesar de su evidente dejadez, decisiones que afectan a nuestro bolsillo, a nuestra seguridad, a nuestra presencia en el mundo y al futuro de nuestros hijos? Y, si es así, ¿no vamos a hacer nada para cambiar este estado de cosas? ¿No vamos ni siquiera a molestarnos en expresar una opinión propia sobre los asuntos de nuestra defensa que los partidos políticos puedan valorar a la hora de presentar sus propuestas electorales? Ya imagino que no, pero no crea el lector que pierdo la esperanza.