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Andrés Montero
AnálisisAndrés Montero

Bachelet a la ONU, una obsesión «progre» sin sentido

Intentar llegar al máximo cargo de Naciones Unidas sin el apoyo de su propio país, es una falta de respeto al pueblo chileno, que hace poco dejó claro en las urnas que se cansó del progresismo y de la izquierda decadente

Bachelet en la ONU: «A veces sientes que el mundo no se está convirtiendo en un mejor lugar»

Michel Bachelet en una intervención pública en Naciones Unidas

Aunque el recién asumido Presidente de Chile, José Antonio Kast, no apoya a la expresidenta Michelle Bachelet en su candidatura a la secretaria general de la ONU, igual ella intenta seguir adelante. El interés de la ex encargada de ONU Mujeres y también ex alta comisionada de derechos humanos, se ha transformado en una una obsesión.

Apoyada por varios ex ministros de exteriores de Chile, liderados por Heraldo Muñoz, están llevando adelante una arremetida comunicacional y diplomática para captar apoyos de distintos países. Según han informado sus cercanos, Bachelet contaría con el voto de España. Este, se sumaría al ya público apoyo de México y Brasil. La izquierda está unida para insistir con Bachelet, una marxista que vivió en la Alemania de Honecker, a quien ella acogió en Chile junto a su esposa Margot.

La ahora candidata, fue también cercana y admiradora del tirano Fidel Castro y del dictador Chávez de Venezuela. Bachelet fue la principal responsable de abrir las puertas de Chile a la inmigración ilegal, lo que transformó a Chile en un país de alto riesgo en su seguridad interna. Quienes la acompañan en su candidatura, en su mayoría son personas que buscan acomodarse y en caso de que ella triunfe, obtener cargos y beneficios en etapas terminales de sus carreras.

Un ejemplo es el ex ministro de exteriores de Chile, Ignacio Walker, un eterno candidato a cargos públicos pero sin votos y miembro de la Democracia Cristiana chilena, un partido en extinción. Otros ex ministros que viven del pasado, defendiendo al marxista Salvador Allende, quien destruyó la economía chilena y llevó al país a una grave crisis política y social, también apoyan su campaña.

Bachelet transitó en su vida, desde la escasez de la RDA, al lujo de Ginebra y Nueva York, cuyos cargos en la ONU la hicieron parte y cómplice de un organismo ineficaz, repleto de funcionarios mercenarios. A pesar de que ya hay conciencia universal de la pésima situación económica del máximo organismo internacional, hay quienes aún defienden su efectividad.

La ONU, con más de 100.000 empleados, incluyendo filiales, ha sido incapaz de detener conflictos o de promover el desarrollo económico. Sus líderes son grandes conferencistas, grandes viajeros y grandes generadores de diagnósticos. Son miles y miles los que justifican su rol y se les presenta en los foros como grandes personalidades.

La ONU es un gigante show multilateral. Bachelet, quien además de marxista fue una pésima presidenta de Chile, se ampara en Lula de Brasil y Sheinbaum de México, esta última fuertemente influenciada por Alicia Bárcena, una burócrata vitalicia quien dirigiera la CEPAL por 13 años. Anclada primero en Santiago de Chile, Bárcena fue posteriormente ministra de exteriores bajo el gobierno del locuaz AMLO (Andres Manuel López Obrador), quien obstaculizó las relaciones mexicano-españolas.

Los defensores argumentan que la futura secretaria general de la ONU debe estar en manos de una mujer y de América Latina, como si no importara la trayectoria y la consecuencia de la elegida.

La ONU necesita un gran reformador, sin dependencia de grupos de interés y que sea capaz de transformar totalmente un organismo anquilosado y poco transparente. Su tamaño y número de empleados debería reducirse a la mitad y los beneficios de sus funcionarios adecuarse a un presupuesto más acorde con sus objetivos y financiamiento.

Bachelet definitivamente no es una gestora eficaz, sino más bien, una defensora de la economía del bienestar y de un viejo socialismo decadente. Bachelet debería retirarse y escribir sus memorias, contando a las nuevas generaciones como Honecker y sus secuaces asesinaban a quienes quería cruzar el muro de Berlín.

También podría escribir sobre el fracaso de la revolución cubana, o del fracaso escandinavo de la economía del bienestar. Y podría contar de su vida clandestina en su juventud, que apoyaba grupos terroristas.

La ONU es un botín que se está quedando sin fondos y que algunos, como Bachelet, prometen reflotar con viejos eslóganes y bajo la bandera del «progresismo», concepto que nadie entiende y nadie conoce de sus éxitos.

Finalmente, intentar llegar al máximo cargo de la ONU, sin el apoyo de su propio país, es una falta de respeto al pueblo chileno, que hace poco dejó claro en las urnas que se cansó del progresismo y de la izquierda decadente. Ojalá que quien asuma en la ONU llegue a hacer un trabajo responsable y no a camuflarse en la parafernalia actual del organismo internacional.

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