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Ignacio Foncillas
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¿El fin de la OTAN?

Europa cierra la puerta a América y se sorprende de que Trump piense en marcharse

En LA HAYA, este jeuves, - Foto de familia de los líderes asistentes a la cumbre de la OTAN que se celebra este miércoles en La Haya, Países Bajos.

Foto de familia de los líderes asistentes a la cumbre de la OTAN en La Haya, Países Bajos.EFE

Durante setenta y cinco años, Estados Unidos pone el paraguas nuclear, paga la mayor parte de la factura militar, despliega decenas de miles de soldados en suelo europeo, rescata al continente cada vez que la cosa se pone fea... y, cuando inicia una guerra con un régimen teocrático que lleva casi medio siglo gritando «Muerte a América» y «Muerte a Israel», varias capitales europeas deciden hacerse las ofendidas, mirar al techo y negar el paso a los aviones del socio que las protege.

España cerró su espacio aéreo a vuelos militares estadounidenses vinculados a la campaña contra Irán y ya había negado el uso de Rota y Morón para operaciones relacionadas con el conflicto. Italia bloqueó el uso de Sigonella. Francia negó el sobrevuelo a un vuelo israelí que transportaba armamento estadounidense.

Y, de golpe, en Washington se ha empezado a formular en voz alta una pregunta que hasta hace poco solo resonaba en los márgenes del trumpismo: si Europa quiere el escudo americano pero se esconde cuando truena, ¿por qué demonios debería seguir existiendo la OTAN tal y como la hemos conocido?

La izquierda europea, como siempre, ha reaccionado con una mezcla de superioridad moral y amnesia histórica. Superioridad moral, porque en Bruselas y Madrid se ha vuelto a vender la idea de que el verdadero problema no es el régimen iraní, sino el mal gusto, la brusquedad y la unilateralidad de Washington. Y amnesia histórica, porque el continente parece haber olvidado dos cosas elementales: primera, que Irán es un estado revolucionario que ha armado, financiado y dirigido durante años a proxies que han atacado a Israel, a intereses americanos y a las rutas marítimas de las que depende media economía mundial; y segunda, que Europa lleva décadas disfrutando de una seguridad subvencionada por un contribuyente americano cada vez más harto de pagar la fiesta y encima aguantar el sermón.

Irán es un problema real

Conviene decir algo que en demasiadas capitales se oculta deliberadamente: el problema de Irán no empieza ni termina con Trump. El régimen chiíta no solo ha hecho del antiamericanismo y del antisemitismo de Estado una seña de identidad; también ha convertido la desestabilización regional en la base de su política exterior. Hezbolá en Líbano, Hamás en Gaza, los hutíes en Yemen y las milicias chiítas en Irak y Siria no crecieron por generación espontánea. Son hijos de Teherán.

A eso se suma la cuestión nuclear. Durante demasiado tiempo Europa quiso creer que todo podía resolverse con comunicados, reuniones en Viena y otra ronda más de diplomacia. Mientras tanto, el régimen seguía enriqueciendo uranio a niveles que ya no tienen explicación civil creíble y desarrollando misiles cada vez con más alcance. La idea de dejar que un poder revolucionario, teocrático y abiertamente hostil alcance el umbral nuclear es una forma especialmente cara de estupidez estratégica.

La idea de dejar que un poder revolucionario, teocrático y abiertamente hostil alcance el umbral nuclear es una forma especialmente cara de estupidez estratégica

Y luego está Ormuz. Por ahí circula aproximadamente una quinta parte del petróleo que consume el planeta. Cuando Teherán amenaza con bloquearlo o empieza a hacerlo de facto con minas, drones, hostigamiento y peajes mafiosos, toma como rehén al mundo entero. Ya lo intentó en la guerra de los petroleros a finales de los ochenta, cuando Estados Unidos tuvo que intervenir para proteger la navegación. Estamos ante un patrón de conducta repetido.

Por eso, desde la perspectiva americana, la reacción europea suena obscena. Europa disfruta del libre flujo de energía, del orden marítimo que patrulla la US Navy y del efecto disuasorio de la potencia militar norteamericana. Pero cuando llega la hora de respaldar, aunque solo sea logísticamente, la defensa de ese mismo orden, nuestros guardianes de la legalidad universal descubren de repente que la OTAN es una alianza «defensiva», que el mandato no está claro o que el procedimiento no les convence. Yo a eso le llamo ser un gorrón.

La factura americana: dinero, bases y soldados

Según las estimaciones publicadas por la propia OTAN para 2025, Estados Unidos gastará alrededor de 980.000 millones de dólares en defensa. Toda la OTAN europea, más Canadá, sumará unos 608.000 millones. Es decir: Washington sigue poniendo mucho más que el resto de sus aliados europeos y canadienses juntos. Hasta aquí los datos. Ahora viene la pregunta incómoda: ¿quién sostiene realmente el esqueleto de la Alianza?

Antes de la invasión rusa de Ucrania, Estados Unidos mantenía en Europa alrededor de 80.000 soldados entre presencia permanente y rotacional. Tras el ataque de Putin, Washington elevó esa cifra por encima de 100.000. Europa, mientras tanto, lleva años prometiendo «autonomía estratégica» con la misma convicción con la que mis hijos prometen ordenar su cuarto.

Y sin embargo, a pesar de esa dependencia, en buena parte del discurso europeo sigue instalada la ficción de que Estados Unidos es poco menos que un socio molesto, vulgar y agresivo, mientras Europa representaría la civilización, la prudencia y la templanza. Curioso refinamiento el de un continente que lleva setenta años descansando bajo un paraguas nuclear ajeno mientras destina el dividendo de la paz a engordar estados del bienestar que no se sostendrían ni diez minutos si Washington decidiera de verdad replegarse.

Ucrania: la memoria selectiva del continente

También conviene refrescar otra memoria que Europa olvida. Si hoy Putin no está sentado a las puertas de Varsovia o presionando militarmente la frontera polaca, no es porque Bruselas descubriera de repente las virtudes de Clausewitz. Es porque Estados Unidos reaccionó con una rapidez y una determinación que Europa, sencillamente, no tuvo. Dos días después de la invasión, Washington ya había autorizado un paquete de ayuda militar adicional de 350 millones de dólares. Para abril de 2022, el flujo de armas y asistencia militar estadounidense ya alcanzaba 1.700 millones y, como reconocía entonces la propia Casa Blanca, llegaban armas «cada día».

¿Quiere eso decir que Europa no ha ayudado a Ucrania? No. Ha ayudado, y en 2025 aumentó notablemente su contribución. Pero en el momento crítico, en los días en que Kiev podía caer y la guerra podía convertirse en una victoria relámpago del Kremlin, quien puso primero el dinero, la inteligencia, la logística, el equipo y la voluntad política fue Washington. Sin ese reflejo inmediato, no es descabellado pensar que hoy estaríamos debatiendo no sobre Ormuz, sino sobre cómo defender el flanco oriental de la OTAN.

Por eso resulta tan irritante escuchar a ciertos comentaristas europeos hablar de Estados Unidos como si fuera una mezcla de pirómano, patán y socio prescindible. Cuando Putin quiso tragarse Ucrania, el continente descubrió que su grandioso orden normativo sin la muleta militar americana vale muy poco.

Salir de la OTAN no es tan fácil. Vaciarla, sí.

Ahora bien, conviene no vender humo en sentido contrario. Que Trump amenace con salir de la OTAN no significa que hacerlo sea jurídicamente sencillo. El Tratado del Atlántico Norte, en su artículo 13, permite a cualquier miembro abandonar la Alianza un año después de notificar su denuncia a Estados Unidos. Sobre el papel, parece fácil. En la práctica americana ya no lo es tanto.

La ironía es divertida: una ley impulsada en 2023 por Tim Kaine y Marco Rubio - sí, el mismo Rubio que hoy forma parte de una administración mucho más dura con Europa - prohíbe que un presidente retire unilateralmente a Estados Unidos de la OTAN sin el visto bueno de dos tercios del Senado o una ley del Congreso. Además, bloquea el uso de fondos federales para ejecutar esa retirada sin esa autorización. Dicho de otro modo: el portazo formal está jurídicamente bastante blindado.

Pero que salir sea difícil no significa que vaciar la Alianza no sea perfectamente posible. Un presidente americano hostil a la OTAN podría no denunciar formalmente el tratado y, aun así, reducir presencia militar, reubicar capacidades, condicionar el artículo 5 en la práctica, bloqueando decisiones operativas, convirtiendo la solidaridad atlántica en un menú a la carta y dejando claro que la garantía americana ya no es automática sino transaccional. Y eso, para Europa, sería incluso peor que una salida limpia. Porque la dejaría atrapada en una OTAN jurídicamente viva pero estratégicamente hueca.

No hace falta dinamitar el edificio. Basta con ir quitándole las vigas maestras mientras los inquilinos siguen fingiendo que no pasa nada. Ese es, precisamente, el escenario que debería quitar el sueño a Berlín. Una erosión lenta, deliberada y profundamente humillante de una alianza que Europa ha asumido por garantizada demasiado tiempo.

España: del buque hospital al antiamericanismo de karaoke

Y llegamos a casa. España merece párrafo aparte porque nuestro país ha conseguido combinar lo peor de los dos mundos: falta de solidaridad y postureo moralista. Conviene recordar algo que la izquierda española lleva dos décadas manipulando. En Irak - la guerra por la que Aznar fue presentado como asesino, lacayo y belicista - España no protagonizó ninguna carga de caballería sobre Bagdad. El símbolo español acabó siendo apoyo logístico y sanitario, incluido un buque hospital, una vez pasadas las fases más duras. Era una contribución limitada, discutible si se quiere, pero desde luego mucho menos épica de lo que la propaganda ha repetido durante años.

En esta crisis, el patrón es peor: ni siquiera ayuda periférica, y nula solidaridad estratégica cuando Washington pide algo concreto. España no solo se ha negado a participar en una operación en Ormuz; ha cerrado el espacio aéreo a aviones estadounidenses implicados en la campaña y ha impedido el uso de Rota y Morón para esas operaciones. Esas dos bases no son un adorno en Andalucía: son nodos logísticos clave para el reabastecimiento aire-aire y para el tránsito intercontinental de fuerzas de la OTAN y de Estados Unidos.

El problema para España es que Pedro Sánchez ha querido envolver esa decisión en el clásico antiamericanismo que tanto entusiasma a cierta izquierda doméstica. Dentro de nuestras fronteras consigue aplausos fáciles. En Washington lo único que logra es cargarse el valor estratégico de España ante una administración y un Senado republicano que ya hablan abiertamente de mover capacidades a países que sí dejen operar a Estados Unidos. Lindsey Graham ya lo ha dicho sin rodeos. Portugal, por contraste, autorizó el uso de Lajes. Y si en el flanco sur Washington percibe cada vez más utilidad en otros socios más fiables, desde las Azores hasta Marruecos, luego no nos hagamos los sorprendidos.

¿Bye bye, Rota y Morón? No sería inmediato, ni barato, ni sencillo. Pero tampoco es una fantasía. Lo que ayer parecía impensable hoy ya se discute en voz alta. Y cuando un país de tamaño medio convierte su relación con Estados Unidos en un ejercicio de moralina en lugar de una política fría de intereses, suele acabar descubriendo que la geopolítica tiene menos paciencia que las tertulias patria.

La pregunta que Europa no quiere contestar

Al final, la pregunta de fondo es muy simple: ¿quiere Europa seguir siendo un actor estratégico o prefiere seguir siendo un protegido insolvente que sermonea al guardaespaldas? Un continente envejecido, sobrerregulado, fiscalmente exhausto y militarmente adormecido que sigue comportándose como si Estados Unidos estuviera obligado por ley natural a protegerlo.

Trump puede exagerar, ofender, pasarse de frenada y comportarse demasiadas veces como un matón con cuenta de Twitter. Todo eso es verdad. Pero también es verdad que su diagnóstico sobre la jeta estratégica del continente tiene una dosis considerable de realidad. Y cuando el protegido empieza a despreciar abiertamente al protector, la relación se acaba pudriendo.

Por eso el fin de la OTAN no llegaría necesariamente con una firma solemne o un gran titular. Podría llegar de forma mucho más triste y mucho más europea: con una sucesión de negativas, de excusas jurídicas, de ambigüedades y de cálculos políticos miopes que convenzan a Washington de que la alianza ya no merece el precio que paga por ella.

Y entonces descubriremos, demasiado tarde, que no hace falta que América se marche formalmente. Basta con que deje de confiar en nosotros. El día que eso ocurra, (y estamos muy cerca), Bruselas seguirá produciendo reglamentos, París seguirá pronunciando discursos, Madrid seguirá haciendo teatro moral... pero el paraguas estará roto. Y cuando llegue la tormenta de verdad, Europa tendrá que defenderse sola con sus comisarios, sus hashtags y sus paneles solares. Suerte con eso.

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