El ultimátum de Trump: Irán se acerca al abismo
La opción más racional para Teherán es una salida negociada, que quizás preserve al régimen en el poder, pero la racionalidad no es una característica de los fanáticos
Una mujer sostiene una bandera de Irán frente a un cartel que dice: «El estrecho de Ormuz permanece cerrado» en la plaza Enqelab de Teherán
Desde todo punto de vista Irán enfrenta una situación terrible. La actual debilidad de su capacidad militar -estructura nuclear, sistema de misiles, redes de mando- limita cada día más su margen de maniobra. Las operaciones militares de EE.UU. e Israel han alterado el equilibrio regional, reduciendo la capacidad de disuasión de Teherán y exponiendo la vulnerabilidad del régimen. En este contexto, las opciones de salida de la tiranía teocrática -si sobrevive- son pocas.
La primera es una desescalada negociada. Implicaría aceptar restricciones verificables sobre su programa nuclear y balístico, así como eliminar su apoyo a grupos terroristas (Hezbolá, Hamás, hutíes). Este escenario, según analistas de Axios y The Wall Street Journal, supondría un abandono de su estrategia imperialista regional. A cambio, Irán buscaría alivio de sanciones y garantías de seguridad. El obstáculo es interno: el régimen ha construido su legitimidad sobre la resistencia, y las concesiones aumentarían su desgaste político en un contexto de alta impopularidad y presión social.
Una segunda opción es la escalada controlada. Teherán podría intensificar acciones indirectas mediante sus proxis, manteniendo un nivel de conflicto que evite la guerra total. Esta estrategia buscaría elevar el costo para los aliados sin cruzar el umbral que desencadene una respuesta masiva. Pero esta vía no es realista; ni Israel ni EE.UU. seguirán un juego de desgaste.
Intentar mantener el control sobre el estrecho de Ormuz constituye una tercera herramienta. Irán está utilizando este punto crítico como palanca estratégica. Interrumpir el flujo energético global podría generar presión internacional para un alto el fuego. Pero este movimiento activaría una respuesta de Washington y sus aliados del Golfo, en particular Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, cuyos intereses dependen de la libre navegación. La superioridad naval y aérea americana impedirá este hecho.
La cuarta opción para Irán es aceptar una guerra ampliada, incluso con incursiones terrestres. Este escenario, discutido por analistas como Natan Fuks en distintos foros, implica riesgos extremos. La superioridad tecnológica de Estados Unidos e Israel, junto con la posibilidad de operaciones en su territorio -como el rescate de los pilotos derribados- favorece a sus enemigos. Irán carece de capacidad efectiva frente a dichas fuerzas, capaces de actuar con una precisión y rapidez que ya demostraron el primer día de guerra.
Paralelamente, el frente interno condiciona cualquier decisión. La impopularidad del régimen, agravada por sanciones, inflación y una represión brutal, limita su capacidad para sostener una guerra prolongada. La represión puede contener protestas en el corto plazo, pero incrementa la fragilidad estructural. Una escalada puede aumentar la percepción de fracaso.
El obstáculo del fanatismo islámico y la amenaza de Trump
«Una de las maneras más efectivas de analizar un dilema estratégico es comprender el obstáculo para su solución», sostiene el citado experto Natan Fuks. Para entender si Estados Unidos se inclina por un alto el fuego o no «se debe comprender qué lo impediría, incluso si Washington lo deseara». Si bien se entró en la guerra para cambiar la teocracia, los americanos están reconsiderando el objetivo. A la luz del desarrollo de la guerra resulta natural. De todos modos el éxito iraní en Ormuz creó un grave problema. Irán ha logrado convertirlo en un territorio soberano. Hoy controla el tráfico marítimo, cobrando un peaje de dos millones de dólares a los barcos que deben transitarlo. Según informes, los iraníes exigen que el estrecho permanezca bajo su control como condición para un alto el fuego. EE.UU. no depende del estrecho para sus necesidades petroleras, pero renunciar al estrecho afectaría su status de gran potencia y haría que China se vuelva más agresiva.
Washington es el líder de un orden internacional liberal, mas allá de diferencias. Lidera mediante tres herramientas: coerción, consentimiento y legitimidad. Si una potencia hegemónica no puede ofrecer esto, sus aliados comenzarán a desarrollar capacidades independientes y a firmar acuerdos regionales. El estrecho de Ormuz es crucial para la economía global. Si Estados Unidos renuncia a proteger la libertad de navegación a través de él, los países no tendrán más remedio que llegar a un acuerdo con Irán. Tal acuerdo, además de perjudicar su posición, también perjudicaría la del dólar. Irán ya cobra tasas de tránsito en yuanes chinos. Y Pekín vería el hecho como debilidad de Washington. Esto los alentaría a ser más agresivos contra Taiwán. Renunciar al estrecho seria un mal presagio para la estabilidad en Asia oriental. Por otro lado, Teherán tampoco quiere renunciar a Ormuz. Dos razones: ingresos y poder de negociación. Renunciar a ingresos de esa magnitud, sobre todo considerando el daño sufrido, es una medida difícil.
La opción más racional para Teherán es una salida negociada, que quizás preserve al régimen en el poder. Esta vía exige concesiones que han evitado históricamente. Y la racionalidad no es una característica de los fanáticos. La alternativa -prolongar el conflicto mientras pueda- desgastara más su posición y provocaría su implosión en pocos meses. La iniciativa permanece en manos de EE.UU. e Israel, cuya combinación de presión militar, inteligencia y alianzas regionales está aniquilando la influencia construida por Irán desde 1979.
La opción mas probable es la fuerza: Washington abre el estrecho militarmente -Trump amplió al día 7 como límite- retomando las negociaciones desde una posición de superioridad. El despliegue de fuerzas en las últimas semanas apunta precisamente en esta dirección; ha enviando buques de asalto anfibio con miles de «marines». Irán necesitaría un mínimo de realismo para no terminar como Alemania en 1945.