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Ignacio Foncillas
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Ormuz: el último cartucho de los mulás

Trump sigue empeñado en insultar gratis a media humanidad, pero detrás del ruido hay una realidad incómoda para Teherán: su gran arma de chantaje económico está funcionando bastante peor de lo que esperaba

Act. 19 abr. 2026 - 11:43

Estrecho de Ormuz

Estrecho de Ormuz

Donald Trump tiene un don casi sobrenatural para estropear sus propias victorias. No le basta con tensar la cuerda donde hace falta; necesita además patear la mesa, insultar al árbitro y ofender al público. Ahí están sus rifirrafes con el Papa León, al que atacó tras sus críticas a la guerra, y con Meloni, una de sus aliadas más fieles en Europa, a la que afeó públicamente por salir en defensa del Pontífice. Tiene un vicio infantil: convertir aliados potenciales en enemigos accesorios por el simple placer narcisista de tener la última palabra.

Pero sería un error, muy de tertulia subvencionada, confundir la incontinencia verbal de Trump con la ausencia de una estrategia. La prensa continental lleva semanas repitiendo que Washington no sabe qué quiere en Irán, como si todo fuese una concatenación de espasmos y mayúsculas en Truth Social. Es una lectura floja. Lo que se percibe, más bien, es una secuencia bastante reconocible: degradar la capacidad nuclear iraní, impedir que el régimen mantenga control soberano sobre el uranio enriquecido, romper su capacidad de chantaje regional —proxies, misiles, mar y energía— y forzar todo ello sin botas americanas sobre el terreno. Lo único que sigue sin resolverse del todo no es el qué, sino el cómo y el cuánto de la fase final.

El estrecho como arma… y como error de cálculo

Ahí entra Ormuz, la vieja fantasía estratégica de la República Islámica. Durante años, el régimen vendió la idea de que, si alguien apretaba demasiado, bastaría con cerrar el estrecho para poner al mundo de rodillas. Era, en su imaginación, la bomba atómica del pobre: no una ojiva, sino un gargantazo geográfico. Y durante mucho tiempo, muchos en Occidente compraron esa mercancía intelectual.

La realidad ha sido bastante menos gloriosa. Sí, el cierre o semi-cíerre de Ormuz ha sido devastador para el comercio energético. Sí, el mercado ha reaccionado con subidas cada vez que Teherán amagaba con apretar más. Y sí, la interrupción ha sido lo suficientemente seria como para retirar del mercado más de 500 millones de barriles de crudo y condensados desde el inicio de la guerra, en la mayor disrupción energética moderna. Pero una cosa es provocar una sacudida global, y otra muy distinta doblarle el brazo político al adversario. En eso último, Irán no ha ganado.

Los ayatolás dispararon el cañón del estrecho y buena parte de la metralla salió volando hacia sus propios compradores

Porque el régimen se hizo una pregunta equivocada. Creyó que su chantaje hundiría primero a Occidente y a las monarquías del Golfo. De hecho, Arabia Saudí ha reducido sus exportaciones en un 30%, pero la subida de precios ha compensado con creces esa reducción. Resulta que los mayores damnificados inmediatos eran, sobre todo, sus clientes asiáticos. Más del 84% del crudo y condensados y el 83% del gas natural licuado que transitó por Ormuz en 2024 acabó en Asia. China, India, Japón y Corea del Sur eran mucho más vulnerables al shock inicial que Europa o Estados Unidos. Dicho de otra manera: los ayatolás dispararon el cañón del estrecho y buena parte de la metralla salió volando hacia sus propios compradores.

Eso no significa que Pekín o Nueva Delhi hayan salido indemnes. Significa, simplemente, que tampoco se hundieron como Teherán esperaba. China dispone de reservas suficientes para cubrir durante meses una parte sustancial de las importaciones que normalmente recibe vía Ormuz. India, por su parte, se apresuró a asegurar alrededor de 60 días de suministro. Es decir: el arma iraní genera dolor, inflación, sobresalto y costes de sustitución; pero no necesariamente capitulación. Y cuando una amenaza deja de producir rendición inmediata, empieza a perder valor político, aunque siga siendo muy peligrosa.

Trump aprieta donde más duele: la caja

El verdadero problema para Teherán no es ya solo cerrar Ormuz, sino lo que les ha venido después. Trump, que en estas cosas mezcla a veces intuición de matón con instinto de recaudador, ha encontrado el punto exacto donde la heroicidad revolucionaria empieza a oler a ruina contable: la caja. Washington ha confirmado que mantiene «en plena fuerza» el bloqueo sobre los puertos iraníes hasta que haya un acuerdo total. Eso significa cortar el flujo de alrededor de 1,84 millones de barriles diarios de crudo iraní exportados en marzo, osea, cerrar el grifo que todavía permite al régimen pagar lealtades, represión y propaganda.

Aquí conviene ser precisos. No parece correcto afirmar que Irán colapsará en tres semanas exactas. Probablemente el reloj no sea tan corto ni tan limpio. Pero tampoco estamos hablando de un régimen que pueda aguantar eternamente. Muchos analistas estiman que Irán puede sostener la producción sin exportar durante un periodo limitado, de alrededor de ocho semanas, antes de verse forzado a recortar bombeo por falta de capacidad de almacenamiento. El tiempo, de repente, ya no corre a favor de los mulás. Corre contra sus depósitos.

Y aquí está la clave que muchos se niegan a admitir: el bloqueo naval americano no tiene por qué ser perfecto para ser eficaz. La extensión del bloqueo a la caza de toda la flota gris de petroleros estén donde estén en el mundo, ha apretado todavía mas el nudo. Es posible que la economía iraní colapse totalmente antes de que Trumpo se canse.

La grieta de Teherán ya no se puede disimular

Además, el episodio de Ormuz ha dejado algo políticamente más importante que el precio del barril: una grieta visible en el mando iraní. Por un lado, el ministro de exteriores vende apertura del estrecho, tregua y negociación. Por otro, los Guardianes de la Revolución quieren mantener el estrecho como una cabina de peaje armada y recuerdan a todo el mundo quién manda de verdad. El sábado, a la hora que escribo, Irán ha vuelto a imponer restricciones tras la negativa de Washington a levantar su propio bloqueo. Teherán ya no habla una sola voz, y la que lleva uniforme sigue creyendo que el chantaje marítimo aún puede salvarle la cara.

Eso es precisamente lo que convierte esta fase en la más peligrosa. El ala diplomática del régimen negocia porque ve el precipicio. El ala dura resiste porque controla las armas y ve cualquier acuerdo como una capitulación y un riesgo existencial. Y entre ambas, Trump hace lo que hace siempre: proclamar que el acuerdo está cerca incluso cuando la realidad todavía huele a pólvora. Puede que sea táctica negociadora. Puede que sea deseo disfrazado de certeza. Trump habla de «good news» pero mantiene la amenaza de reanudar los ataques si no hay pacto duradero antes de que expire la tregua el miércoles. Probablemente la extienda, pero con periodos cada vez mas cortos.

La izquierda se equivoca otra vez

Lo más irritante de todo este episodio es la pereza intelectual de la izquierda política y mediática a ambos lados del Atlántico. Como detestan tanto a Trump —y, francamente, motivos estéticos no faltan— concluyen que cualquier cosa que haga debe ser caótica, inmoral e inútil. Como si el mal gusto anulase la racionalidad estratégica. No la anula. A veces la tapa. A veces la encarece. A veces la sabotea. Pero no la elimina.

El mayor riesgo de Trump sigue siendo el de siempre: confundir presión con sobreactuación, firmeza con chulería, mensaje con numerito. Pero su talón de Aquiles no está en Teherán, sino en el bolsillo del votante americano. Si el shock de Ormuz se tradujera en una inflación persistente, gasolina cara y castigo económico doméstico, la paciencia republicana tendría fecha de caducidad. La economía es el verdadero punto de presión del presidente en esta guerra. Pero, de momento, lo que vemos no es un colapso de su estrategia, sino un chantaje iraní cada vez menos creíble y un régimen más apretado de lo que querría reconocer.

Al final, la pregunta no es si Ormuz podía hacer daño. Claro que podía. La pregunta es si podía darle a Irán la victoria política que necesitaba. Y la respuesta empieza a parecer bastante clara: no. Ormuz ha demostrado ser una bomba de caos, no una llave maestra. Ha encarecido el mundo, ha tensado a Asia, ha asustado a los mercados y ha recordado al planeta la fragilidad del comercio energético. Pero también ha dejado al descubierto algo peor para los mulás: que su último gran cartucho no les garantiza ni el levantamiento del bloqueo, ni la supervivencia económica, ni una salida honorable.

Y esa es la verdad que más les duele. Esta vez la apuesta de Trump de ir subiendo la temperatura poco a poco parece estar funcionando. Lo difícil viene ahora: rematar sin pasarse, negociar sin regalar y entender que la fase final no se decidirá en Truth Social, sino en una pregunta mucho más concreta. ¿Quién controla de verdad las armas, el uranio y el estrecho cuando baje el telón? Si la respuesta sigue siendo el IRGC (Guardia Revolucionaria Islámica), la guerra habrá cambiado de forma, pero no habrá terminado. Si no, el último cartucho de los mulás habrá acabado explotándoles en la mano.

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