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CrónicaLidia FernándezVarsovia (Polonia)

Cinco alertas en diez días: el pulso entre Rusia y la OTAN que se libra sobre el Báltico

La intensificación de vuelos militares rusos sin identificación obliga a la Alianza a reaccionar en minutos con un despliegue multinacional que evidencia la tensión en el flanco oriental

Cazas rusos Su-30SM2twitter.com/mod_russia

En el cielo del mar Báltico no hay explosiones ni combates abiertos, pero la tensión se mide en minutos –incluso segundos– es lo que tarda la OTAN en decidir si un eco en el radar requiere una respuesta inmediata. Y en este mes de abril, esa decisión se ha repetido más veces de lo habitual.

Los datos confirmados permiten trazar una secuencia precisa: al menos cinco interceptaciones de aeronaves rusas en lo que va de mes, concentradas en apenas unos días. No es una cifra extraordinaria en términos históricos, pero sí lo es el ritmo al que se han producido.

Desde el 13 de abril, el Ministerio de Defensa de Lituania ha registrado cinco activaciones de alerta. Cuatro de ellas en siete días. Los cazas aliados reciben la orden de despegar para identificar aparatos sin plan de vuelo. Se trata de aeronaves rusas que vuelan en condiciones que obligan a intervenir: sin plan de vuelo, sin comunicación con control aéreo o con los sistemas de identificación desconectados.

La mayoría de estos vuelos se desarrollan en espacio aéreo internacional, pero su comportamiento los convierte en un riesgo potencial para la aviación civil y en una incógnita para la defensa aérea. Y en ese contexto, la OTAN no puede esperar para reaccionar, debe emitir una «Scramble».

Este 20 de abril, una formación más compleja aparece en los radares: bombarderos estratégicos Tu-22M3 acompañados de cazas de escolta. La respuesta es inmediata y, sobre todo, coral. Aviones de Francia, Suecia, Finlandia, Polonia, Dinamarca y Rumanía despegan para interceptarlos. El procedimiento está ensayado hasta el detalle. En bases como Šiauliai, en Lituania, los cazas permanecen en alerta permanente dentro de la misión Baltic Air Policing. Cuando llega la orden –el denominado «Alpha Scramble»–, los pilotos deben estar en el aire en cuestión de minutos. Habitualmente, menos de quince.

El objetivo no es atacar, sino identificar. Los cazas se aproximan, establecen contacto visual, verifican el tipo de aeronave y acompañan su trayectoria hasta que abandona la zona sensible o cumple con los protocolos internacionales.

En abril, ese papel lo han desempeñado distintos modelos: desde los Rafale franceses hasta los F-18 desplegados por España en rotaciones anteriores, pasando por los cazas de países nórdicos y del este europeo. Frente a ellos, aeronaves rusas como los Su-30, Su-35 o los bombarderos Tu-22M3.

Es un juego de distancias, velocidades y mensajes implícitos. Cada interceptación es, en el fondo, una conversación sin palabras.

Qué busca Moscú

No hay una explicación oficial única por parte de Rusia, pero el patrón permite extraer algunas conclusiones prudentes.

Por un lado, estos vuelos permiten medir la capacidad de reacción de la OTAN: tiempos de despegue, coordinación entre países, protocolos de respuesta. Por otro, constituyen una demostración de presencia militar en un espacio que Moscú considera estratégico.

También hay un componente político. En paralelo a la invasión rusa de Ucrania, mantener la actividad en el Báltico envía una señal clara: el conflicto no se limita a un frente concreto, sino que tiene ramificaciones en todo el perímetro europeo.

Aunque la cifra de cinco incidentes en abril debe leerse como un mínimo confirmado –no todos los episodios se hacen públicos–, encaja en una tendencia más amplia. La actividad aérea rusa en el entorno del Báltico no es nueva, pero sí muestra una mayor concentración en periodos cortos.

Antes de la guerra en Ucrania, la OTAN ya realizaba cientos de interceptaciones al año. Sin embargo, el contexto actual ha cambiado el significado de cada una de ellas. Ya no son solo incidentes técnicos o rutinarios, sino piezas de un tablero estratégico más amplio. En los últimos meses se han sucedido episodios similares, incluyendo vuelos cercanos al espacio aéreo aliado y la aparición de drones en la región. Todo ello contribuye a un entorno más volátil, donde la repetición genera una cierta normalización de la tensión.

El peligro no está tanto en un incidente aislado como en su repetición. Cuantas más veces se producen estos encuentros, mayor es la posibilidad de error. Un cálculo incorrecto, una maniobra inesperada o una falta de comunicación pueden convertir una interceptación rutinaria en un incidente grave.

Por ahora, todas las operaciones se han desarrollado sin consecuencias. Pero el equilibrio es frágil.

El mar Báltico se ha transformado en una de las zonas más monitorizadas del mundo. Rodeado en su mayoría por países de la OTAN, cualquier movimiento adquiere una dimensión inmediata. Los cinco incidentes confirmados en abril no son una anomalía, sino una señal de que, lejos de los frentes visibles, existe otro tipo de confrontación: más discreta, más técnica, pero constante.

Una confrontación que se libra a miles de metros de altura y que, por ahora, se sostiene sobre un delicado equilibrio entre vigilancia y contención.