Péter Magyar vuelve a la senda europea con escala en Polonia
El nuevo primer ministro húngaro ha elegido Varsovia para su primer viaje oficial porque aquí está el modelo político que quiere imitar: reconciliación con Bruselas, apoyo a Ucrania y reconstrucción del eje centroeuropeo roto por la guerra y la cercanía de Orbán con Putin
Peter Magyar en una recienteintervención pública
Cuando Péter Magyar bajó del tren en Cracovia, no estaba realizando únicamente su primer viaje oficial al extranjero desde que llegó al poder en Hungría. Estaba enviando un mensaje político calculado al resto de Europa: la etapa de Viktor Orbán ha terminado y Budapest quiere volver al corazón político de la Unión Europea.
La elección de Polonia no ha sido casual. Durante más de una década, Varsovia y Budapest actuaron como socios estratégicos dentro de la Unión Europea bajo los gobiernos conservadores de Viktor Orbán y el anterior partido polaco Ley y Justicia (PiS). Ambos gobiernos formaron un bloque de resistencia frente a Bruselas en cuestiones migratorias, judiciales y de soberanía nacional. Sin embargo, la invasión rusa de Ucrania en 2022 rompió esa alianza casi de forma irreversible.
Con el fin del gobierno de PIS en 2023, Polonia se convertía en uno de los principales apoyos europeos de Kiev y en uno de los países más duros frente al Kremlin. Mientras, Orbán mantuvo relaciones políticas y energéticas estrechas con Moscú, ralentizó sanciones europeas y bloqueó en varias ocasiones decisiones comunitarias relacionadas con Ucrania. La fractura fue tan profunda que las relaciones bilaterales entre Varsovia y Budapest quedaron prácticamente congeladas.
Por eso el viaje de Magyar del martes tiene una dimensión simbólica mucho más amplia que una simple visita diplomática. El nuevo jefe del Gobierno húngaro eligió precisamente el país que durante años fue el aliado más cercano de Orbán para escenificar el cambio de rumbo de Hungría.
«Hungría vuelve a Europa», llegó a afirmar el primer ministro polaco, Donald Tusk, durante su encuentro con Magyar en Varsovia. Tusk calificó la victoria electoral del líder húngaro como «histórica» y habló abiertamente de una restauración de las relaciones entre ambos países tras años «problemáticos».
Magyar, por su parte, ha sido todavía más explícito. Ha reconocido que bajo Orbán las relaciones entre Budapest y Varsovia atravesaron «una etapa difícil», y ha asegurado que Hungría puede «aprender de Polonia» en cuestiones como la recuperación del Estado de derecho, la lucha contra la corrupción y el desbloqueo de fondos europeos congelados por Bruselas.
El mensaje estaba dirigido tanto a la UE como a la propia opinión pública húngara. Desde su victoria electoral de abril, Magyar ha tratado de construir una imagen de ruptura total con el sistema político levantado por Orbán durante dieciséis años de poder casi ininterrumpido.
La visita ha sido diseñada precisamente para reforzar esa narrativa. El dirigente húngaro ha recorrido estos días Cracovia, Varsovia y Gdansk acompañado por varios ministros –entre ellos los responsables de Exteriores, Economía, Defensa y Transporte– en una gira concebida como una demostración de alineamiento estratégico con Polonia y con el núcleo político de la UE.
Grupo de Visegrado
Uno de los asuntos centrales del viaje ha sido el intento de reconstruir el llamado Grupo de Visegrado, conocido como V4, formado por Hungría, Polonia, República Checa y Eslovaquia. Creado en 1991 tras la caída del bloque soviético, el V4 nació como una plataforma de cooperación regional para coordinar posiciones políticas y económicas en Europa Central antes de la adhesión de sus miembros a la Unión Europea. Con el tiempo, el grupo se convirtió en un actor relevante dentro de la UE. Su peso combinado –más de 60 millones de habitantes, fuerte capacidad industrial y posición geográfica estratégica entre Alemania y Europa oriental– permitió a sus gobiernos actuar frecuentemente como bloque coordinado en negociaciones comunitarias.
Durante la crisis migratoria de 2015, el V4 alcanzó probablemente su mayor influencia política. Orbán y el entonces Gobierno polaco lideraron una oposición frontal a las cuotas obligatorias de refugiados impulsadas por Bruselas y lograron convertir al grupo en el principal núcleo soberanista de Europa Central.
Pero la guerra de Ucrania destruyó esa cohesión. Para Polonia y Chequia, Rusia pasó a representar una amenaza existencial inmediata. Varsovia se transformó en uno de los principales centros logísticos y militares de apoyo a Kiev y endureció al máximo su política hacia Moscú. Orbán, en cambio, mantuvo una estrategia radicalmente distinta: defensa de las importaciones energéticas rusas, diálogo continuo con el Kremlin y oposición parcial a las sanciones europeas.
El resultado fue una parálisis progresiva del V4. Reuniones ministeriales canceladas, coordinación política reducida al mínimo y creciente desconfianza entre socios. En Polonia, incluso sectores conservadores tradicionalmente próximos a Orbán comenzaron a verlo como un aliado objetivo de Vladimir Putin.
Ahora, Magyar quiere revertir esa situación, aunque sobre bases completamente distintas. Durante su viaje defendió la «reactivación» del V4, pero no como el antiguo bloque euroescéptico articulado por Orbán y el PiS polaco, sino como una plataforma regional compatible con la política europea dominante y alineada con el apoyo occidental a Ucrania.
El interés húngaro es múltiple. Por un lado, Budapest busca romper el aislamiento político acumulado durante los últimos años dentro de la UE. Por otro, Magyar necesita recuperar acceso pleno a fondos europeos y estabilizar las relaciones con Bruselas, para lo cual la alianza con Tusk resulta especialmente valiosa.
Acercarse a Ucrania
El líder polaco representa exactamente el modelo que Magyar intenta proyectar: un dirigente que llegó al poder prometiendo restaurar relaciones con la UE tras una larga etapa de confrontación institucional. También existe una dimensión energética y estratégica. Durante la visita, ambos discutieron proyectos de cooperación para reducir la dependencia húngara del gas ruso mediante conexiones con infraestructuras polacas de gas natural licuado, incluido el futuro terminal de Gdansk, al norte de Polonia.
Magyar aprovechó además el viaje para reforzar su giro político respecto a Ucrania. Aunque Hungría mantiene disputas históricas con Kiev por la situación de la minoría húngara en Transcarpatia, el nuevo Gobierno húngaro ha suavizado considerablemente el tono respecto a la etapa Orbán y ha abierto contactos con las autoridades ucranianas para intentar desbloquear las relaciones bilaterales.
Sin embargo, la reconstrucción del eje centroeuropeo no será sencilla. El V4 ya no tiene la cohesión ideológica que llegó a exhibir antes de la guerra. República Checa mantiene fuertes reservas hacia Budapest y el Gobierno eslovaco de Robert Fico conserva posiciones ambiguas sobre Rusia y Ucrania.
Aun así, la visita de Magyar deja una conclusión clara: la nueva Hungría intenta redefinir su posición geopolítica. Y ha querido hacerlo precisamente en Varsovia, la capital desde la que Donald Tusk logró demostrar que un país enfrentado con Bruselas podía volver al núcleo político europeo sin abandonar su peso regional.
Eso explica por qué el primer viaje exterior del nuevo primer ministro húngaro no ha sido a Berlín, París o Italia. Ha sido a Polonia porque aquí está el espejo político en el que Magyar quiere que Europa vea ahora a Hungría.