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Europa, el chucho callejero

Vladimir Putin se ha mostrado como lo que es: un político sin escrúpulos que, a falta de grandes méritos en el terreno de la gestión, ha sabido darle al pueblo ruso sueños de grandeza siguiendo el camino que describió Maquiavelo y que muchos otros eligieron antes que él

Volodimir Zelenski reunido con Mark Rutte, Ursula von der Leyen y António CostaAFP

A Vladimir Putin hay que entenderlo. Es un hombre malvado y, a su manera, inteligente que, antes de convertirse en dictador, ha tenido que subir los peldaños de la larga escalera que conducía al poder absoluto en la desordenada Rusia que emergió de la caída de la URSS, y lo ha hecho –las pruebas están en las hemerotecas– sin reparar en la sangre de sus rivales ni en los cambios de careta ideológicos y religiosos que han sido necesarios para seducir a sus seguidores.

Alcanzado su objetivo, Putin se ha mostrado como lo que es: un político sin escrúpulos que, a falta de grandes méritos en el terreno de la gestión, ha sabido darle al pueblo ruso sueños de grandeza siguiendo el camino que describió Maquiavelo y que muchos otros eligieron antes que él. Sueños que en los últimos cien años han tomado cuerpo bajo la bandera del comunismo, del imperialismo, del nazismo, del fascismo, del islamismo o, más recientemente, del culto a la personalidad que lleva a muchos seres humanos a idolatrar becerros que ya no son de oro, sino de un material tan endeble como puede ser el inclasificable Donald Trump o, para qué ir más lejos, nuestro presidente del Gobierno. Sueños inducidos, en definitiva, que no tienen otro objetivo que encadenar la voluntad de los que se dejen, para lo que por desgracia nunca faltan candidatos.

El problema de Putin viene de que se ha dejado llevar por su ambición. No le fue mal hasta que se apoderó de Crimea pero, para hombres como él, –como para Trump o para Sánchez– no hay más huida que la que les lleva hacia adelante. Quiso ir más lejos de lo que podía y lo está pagando con decepciones. Y no es solo la guerra de Ucrania, sobre la que ya hasta los rusoplanistas más contumaces han dejado de prometer éxitos imposibles. Peor todavía es lo que ocurre en el escenario internacional. Putin, recibido con alfombra roja en Alaska hace menos de un año, va perdiendo estatus a ojos vista. La mejor demostración de su desplome la tenemos en su última visita a Pekín, que a todos pareció un intento a la desesperada del dictador para sumarse al podio mundial… donde solo hay sitio para un Trump demasiado ocupado para abogar por él y un Xi Jinping que ya no cree en su victoria frente a Kiev.

A Vladimir Putin, insisto, hay que entenderlo. Los poderosos empiezan a mirarle por encima del hombro. A sus amigos no les ha ido demasiado bien últimamente. Bashar al Asad está exiliado en Moscú. Nicolás Maduro malvive en una cárcel norteamericana. Alí Jamenei fue eliminado por un misil israelí junto a la mayoría de los jerarcas de su régimen. Miguel Díaz-Canel sufre o, más bien, ve con cínica inquietud como sufre su pueblo bajo la presión del bloqueo de Trump. Algunos de sus antiguos socios en la Unión Soviética se lo piensan dos veces o abiertamente coquetean con el enemigo occidental. Sus generales no avanzan en el frente y cada día tiene que resignarse a recibir ataques de drones enemigos, incapaz de defender siquiera los cielos de Moscú.

Hagamos el esfuerzo de ponernos en su lugar. Imagine el lector que un día, en el trabajo, su jefe le ofrece el ascenso que se le debe a alguno de sus colegas. Llega a casa y su pareja le riñe por cualquier razón… desde luego, en mi caso, muy justificada. Llama a sus amigos para salir a tomar unas cervezas y ellos fingen estar ocupados para darle largas. Sus hijos, si es que los tiene, ni siquiera levantan la cabeza del móvil para darle la bienvenida. Usted, que es buena persona, se aguanta, admite sus errores y procura mejorar; pero si fuera un malvado, como lo es Putin, quizá buscaría desahogarse dándole una patada al primer chucho que tuviera la mala fortuna de cruzarse en la calle con usted.

Pues, apreciado lector, siento decirle que ese chucho callejero que sirve a Putin para dar rienda suelta a su ira y vengar sus muchas decepciones es nuestra Europa. De ahí vienen sus amenazas –entre las que hoy quiero recordar las que afectan al grupo español Oesía– y sus insultos. De ahí viene, también, el incidente en el que un dron extraviado causó dos heridos en Rumanía. No se trata de un ataque deliberado a un país de la OTAN y de la UE, no me interpreten mal. Sin embargo, enviar drones con sistemas de navegación de baja fiabilidad tan cerca de las fronteras occidentales de Ucrania supone asumir un riesgo que el dictador del Kremlin no aprobaría si su vecino fuera China o los Estados Unidos.

Sí, Bruselas pondrá ahora el grito en el cielo asegurando que Rusia ha traspasado otra línea roja y le exigirá a Putin que ponga fin a estas acciones. Lo mismo hará la OTAN, muy debilitada por los sueños de gloria del presidente Trump. Pero es fácil imaginar al dictador del Kremlin poniéndose gallito y contestando como hacíamos los adolescentes de mi generación cuando alguien sin verdadera autoridad nos advertía en público de que nos comportáramos: «¿O qué?» Y a ese desafío, a ese irresponsable e irracional «¿o qué?», la Europa que conocemos no tiene, por desgracia, ninguna respuesta. Y así nos va.