Lavrov, Rubio y Albares: tres diplomáticos en busca de… ¿qué?
El ministro de Exteriores debería tratar de explicar los muchos momentos en que subordina la política exterior de España a las demandas de la aritmética parlamentaria
Fotomontaje de Marco Rubio, José Manuel Albares y Serguéi Lavrov
A menudo me quejo de que quienes hoy tienen la responsabilidad de tomar decisiones sobre la paz y sobre la guerra no hayan hecho el menor esfuerzo por conocer a Clausewitz. Lo que, en cambio, sí parecen haber asimilado es una de las enseñanzas de otro prusiano, Immanuel Kant, que reconoció el valor de los prejuicios para «apresar a las grandes masas no pensantes».
Clausewitz, Kant… el lector va a pensar que se me ha subido la autoestima. Disculpe las pretensiones y empecemos de nuevo, pero esta vez con los pies en el suelo. En una de las escenas más divertidas de la irreverente película La vida de Brian, el impagable personaje creado por Monty Python se dirige a sus seguidores y les pide que piensen por sí mismos. «Sois todos diferentes», les arenga Brian. El público, entusiasmado, grita: «Sí, somos todos diferentes». Un valiente entre la multitud alza la voz y dice «yo no»… pero solo consigue que quienes le rodean le manden callar.
Escenas así se repiten cada día en el mundo real aunque, por desgracia, la mayoría de los líderes que los seres humanos escogemos para depositar en ellos nuestra confianza carecen de la honestidad de Brian y no tienen reparo alguno en hacernos comulgar con ruedas de molino. Veamos algunos ejemplos protagonizados por tres diplomáticos muy diferentes, pero cada uno en la cumbre de sus carreras.
Empecemos por Rusia. Recientemente, en la prensa, el ínclito Serguéi Lavrov, ministro de Asuntos Exteriores de la Federación Rusa, ha vuelto a lamentar la «agresión orquestada por Occidente contra Rusia por parte de Ucrania, otro intento de debilitar a nuestro país». Imagino que los terraplanistas a su alrededor, en el mundo físico o en el virtual de las redes, mandarían callar a cualquiera que se atreviera a recordar al diplomático quién ha invadido a quién… y quién es el que, con las botas de sus soldados ocupando un 20 % del territorio de su vecino, se opone a cualquier propuesta de alto el fuego a pesar de los cuatro años transcurridos y el medio millón largo de muertos causados por la guerra.
Al otro lado del Atlántico las cosas no son muy diferentes. Marco Rubio, el otrora prometedor secretario de Estado de la Administración Trump, finge no explicarse cómo el mundo tolera que Irán haya cerrado el estrecho de Ormuz. Indignado, asegura a quien quiere oírle que el bloqueo va en contra del derecho marítimo internacional. Razón no le falta, pero quien lo dice es la más alta autoridad diplomática de un Gobierno que captura impunemente en aguas internacionales a los buques sancionados por saltarse «su» ley –que hace mucho tiempo que no es la de todos– y cuyo presidente ha llegado a presumir de que sus marines asaltan a los buques iraníes «actuando como piratas». ¿Por qué dice Trump tantos disparates, se preguntará el lector? Atendiendo a la relación causa-efecto, lo hace para provocar el aplauso de los trumpérrimos, algo que el magnate invariablemente consigue.
En la España de hoy, cabeza de ratón por decisión propia, no somos una excepción. Con toda desfachatez, el ministro José Manuel Albares sacaba pecho el pasado viernes: «Ojalá todos los aliados de la OTAN tuvieran el mismo compromiso con la seguridad atlántica que España». Todos sabemos que lo que dice es tan falso como lo que argumentan sus colegas ruso y estadounidense. Mentir a sus conciudadanos –al contrario que Lavrov y Rubio, nadie fuera de España se interesará por lo que dice Albares– es, seguramente, parte de lo que algunos –no todos, porque conozco varios diplomáticos admirables– entienden que exige la profesión.
Lo que diferencia a nuestro ministro de los otros dos es la falta de propósito. No sé muy bien quién esperará que le aplauda. Los socios de nuestro actual Gobierno lo que alabarían es, precisamente, la falta de compromiso con la OTAN y con la defensa nacional. Sus adversarios políticos, que son mayoría dentro y fuera de España, no dejarán de recordar las salidas de tono de nuestro presidente tras la cumbre de La Haya a cuenta de los presupuestos de defensa, la espantada de España a la hora proteger el derecho marítimo internacional conculcado por los hutíes en el mar Rojo, el innecesario enfrentamiento verbal con Trump sobre la guerra de Irán y la ausencia de nuestras tropas en Groenlandia cuando de verdad era el momento de oponerse al magnate con hechos, y no solo con palabras. Sí, es verdad que desplegamos tropas en el este de Europa pero, antes de presumir de este solitario acierto, Albares debería tratar de explicar los muchos momentos en que subordina la política exterior de España a las demandas de la aritmética parlamentaria.
En lo que sí coinciden los tres mendaces ministros que acabamos de citar es que son conscientes de que lo que argumentan es falso y de que la mayoría de nosotros lo sabemos. A pesar de todo, lo dicen sin sonrojarse porque saben que quienes han decidido de antemano sumarse a la causa que sus respectivos jefes aseguran defender –en realidad, solo se defienden a sí mismos– seguirán aplaudiendo cualquier cosa que escuchen del Brian de su elección. ¿Qué es mentira? ¡Sus motivos tendrá! ¿Qué va contra las propias convicciones? ¡Algo habrá que sacrificar a la causa del grupo!
Ese seguidismo, que nubla la razón y aborrega a los seres humanos, es el arma que los líderes más desaprensivos emplean para que vayamos jubilosos a las guerras –cruentas como las de Ucrania e Irán, diplomáticas como la que enfrenta a España e Israel, o políticas como las que vemos todos los días en las televisiones y en los diarios– en las que todos perdemos menos aquellos que las emplean para encadenarnos. Ya lo decía Kant, es verdad… pero, poniendo los pies en el suelo y volviendo a recordar la delirante escena de La vida de Brian, empiezo a pensar que merece la pena levantar la voz y decir «yo no».