Fundado en 1910

Irán: ni se muere padre ni cenamos

Si el régimen iraní cae, Jamenei y sus cómplices, todos ellos con las manos manchadas de sangre inocente, no pasarán a la oposición, como podría ocurrir en Europa o los EE.UU., sino que serán linchados como Gadafi o condenados a la horca como Saddam Hussein

Mujeres iraníes pasan junto a un mural antiestadounidense y antiisraelí en Teherán

Mujeres iraníes pasan junto a un mural antiestadounidense y antiisraelí en TeheránAFP

La guerra de Irán continúa a pesar del alto el fuego acordado por los dos bandos, fruto del único punto en el que ambos están de acuerdo: ni Donald Trump ni los ayatolás quieren volver a donde estaban hace ya dos meses.

Desde la perspectiva militar, la tregua en vigor no puede ser más inusual. Entre sus cláusulas nunca firmadas se encuentra el permiso para que cada uno haga de su capa un sayo en torno al estrecho de Ormuz, bloqueado desde dentro por los iraníes y desde fuera por los norteamericanos. Pero lo que allí está pasando –incluso cuando no ocurre nada, el bloqueo es un arma de guerra, contrario al derecho marítimo internacional que rige en tiempo de paz– parece no contar en el cómputo de las hostilidades… quizá para burlar la fiscalización del Congreso de los EE.UU. que, para mayor desconcierto, acaba de aprobar un recorte a los poderes de guerra de su presidente a pesar de que, al menos teóricamente, está en manos del Partido Republicano.

Por si la situación no resultara suficientemente confusa de por sí, el presidente Trump se esfuerza cada día por hacerla menos predecible. Fiel a sus maneras, el magnate amaga pero no da, ni en el terreno diplomático ni en el militar. Se diría que todavía sueña con que se muera el régimen criminal de los ayatolás y que, animado por esa esperanza, no se decide a rubricar con su firma una extensión del alto el fuego que abriría el estrecho a tirios y a troyanos –el primer plato de nuestra cena– pero que dejaría para un hipotético postre el asunto que justifica la guerra: el programa nuclear de Irán.

Palabra de Trump

Como hizo durante un año en las negociaciones sobre Ucrania, Trump lleva semanas asegurando a quien quiere oírle que el acuerdo es inminente. En el particular mundo en el que él parece vivir, Vladimir Putin quiere la paz y el régimen chií no solo está dispuesto a renunciar para siempre al arma nuclear –algo que, de palabra, ya ha hecho en numerosas ocasiones– sino que está a punto de entregar el uranio enriquecido que el magnate quiere exhibir como símbolo de su victoria.

Los hechos, por desgracia, no le dan la razón. Ni Putin ni la teocracia iraní parecen dispuestos a ceder. No termina el magnate de darse cuenta del terreno que pisa. Quizá no haya reparado en que lo que tiene entre manos no es una disputa empresarial, en la que solo está en juego el enriquecimiento de los competidores. Si el régimen iraní cae, Jamenei y sus cómplices, todos ellos con las manos manchadas de sangre inocente, no pasarán a la oposición, como podría ocurrir en Europa o los EE.UU., sino que serán linchados como Gadafi o condenados a la horca como Saddam Hussein.

Asegura también Trump que él no tiene prisa en llegar a un acuerdo. Sin embargo, nadie le cree. Lo que a todos nos llega de Oriente Medio es que es Teherán, y no Washington, quien da el portazo a las negociaciones en cuanto ve la más mínima oportunidad. La última vez, el motivo alegado por los ayatolás fue la continuación de la guerra en el Líbano.

Cediendo a las exigencias de Teherán, el presidente Trump, que ve como se acercan las elecciones que en el mes de noviembre pueden cambiar el signo del Congreso y, quizás también, el del Senado de los EE.UU., se ha apresurado a exigir a Benjamin Netanyahu que ponga fin a su campaña contra Beirut. Y lo ha hecho, como cantaba Frank Sinatra, a su manera: «Estás jodidamente loco. Estarías en la cárcel si no fuera por mí. Todo el mundo te odia, todo el mundo odia a Israel por lo que hacéis».

Cuando Trump tiene razón…

Parece que, además de abroncar a Netanyahu con palabras que muchos compartiríamos, el magnate dio una de cal y otra de arena. Por una parte, reconoció el derecho de Israel a defenderse de Hezbolá, algo que en España nuestro Gobierno suele pasar por alto, como si la guerra del Líbano no tuviera dos contendientes… y como si no fuera Hezbolá quien formalmente rechaza el alto el fuego. Por la otra, le explicó al primer ministro israelí que destruir un edificio de varios pisos porque en él se encuentre un miembro más o menos relevante de la organización terrorista es llevar la guerra demasiado lejos.

No simpatizo con el presidente Trump, que seguramente pasará a la historia como un nefasto comandante en jefe de los ejércitos de los EE.UU. El duque de Alba, que algo sabía de eso, escribió a don Juan de Austria en las vísperas de la batalla de Lepanto una carta llena de sabios consejos que al magnate le harían mucho bien. Uno de ellos me parece particularmente relevante en la era de las frivolidades publicadas cada día en Truth Social por el locuaz republicano: «Los bandos debe mirar mucho vuecencia los que manda echar; pero echados, que se ejecuten con grandísimo rigor».

Es una pena que el actual inquilino de la Casa Blanca crea que él puede reinventar la rueda militar; pero, en esta ocasión, tengo que darle la razón. Lo que Trump exige ahora a Netanyahu me parece equilibrado y en línea con los Convenios de Ginebra… aunque sería mucho más creíble si no le hubiéramos escuchado hace unas semanas amenazar con borrar de la tierra la civilización persa para conseguir en Irán esa victoria que, como la arena de los relojes del desierto, se le escapa cada día de entre los dedos.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas