Teherán no es Caracas: el error de usar el mismo libreto
Por qué la receta que sirve contra una mafia con bandera no funciona contra una teocracia revolucionaria. Confundir los libretos sería una negligencia estratégica. Y la factura la pagarán quienes tengan que apagar las llamas
Cuerpo de la Guardia Revolucionaria de Irán
Estamos en la fase crítica del conflicto con Irán. Washington cree que el objetivo está al alcance. Pero sería un error aplicar a Teherán el libreto que está funcionando en Venezuela y que podría acabar funcionando en Cuba: presión militar máxima, asfixia financiera, para generar fracturas internas, y que los incentivos personales y una salida negociada sea atractiva para los 40 ladrones que quedan, después de que han visto como acabó Ali Babá. Que entiendan que sobrevivir vale más que resistir.
El problema es que esa estrategia solo funciona cuando el adversario es racional en el sentido más básico de la palabra: cuando el de enfrente calcula costes, beneficios y su supervivencia personal. En Venezuela, Cuba e incluso en China, con todas sus diferencias, ese cálculo es válido. En Irán todo está subordinado a algo mucho más peligroso: una misión revolucionaria religiosa e ideológica.
Confundir ambos mundos sería un error estratégico. Y, en Oriente Medio, los errores se pagan caros: barcos hundidos, embajadas atacadas, milicias rearmadas y otra generación de diplomáticos explicando por qué esta vez sí, ahora sí, el acuerdo definitivo está cerca.
Mafias con himno nacional
Venezuela y Cuba, más que proyectos ideológicos coherentes, son economías de botín. Autocracias, sí. Represivas, sin duda. Pero, en esencia, estructuras mafiosas con himno y bandera. Sus dirigentes no creen en la revolución: viven de ella. Con ellos se puede negociar, no por confianza, sino porque entienden el coste-beneficio.
El chavista, el castrista tardío o el general metido en petróleo, aduanas o narcotráfico pueden calcular. Si enfrentarse a Washington significa perderlo todo, y pactar implica conservar el botín robado, impunidad o un exilio dorado (probablemente para nuestra desgracia en el barrio de Salamanca o en la Moraleja), acaban haciendo cuentas.
Ahí radica la fuerza de la presión sobre una cleptocracia. No busca convencer moralmente. Busca encarecer la lealtad y abaratar la traición. Busca que el segundo nivel mire al primero y se pregunte si jugarse el pellejo y la fortuna merece la pena.
China calcula, Irán cree
China es más compleja, pero igualmente racional. Pekín sigue siendo un régimen leninista, nacionalista, autoritario y profundamente hostil a Occidente. El contrato social del PCC, desde la época de Deng, es claro: progreso económico a cambio de obediencia política. A ojos occidentales puede parecer un pacto faustiano; para buena parte de la población china, mientras el ascensor social siga funcionando, ha sido tolerable.
Si el partido deja de garantizar prosperidad, pierde legitimidad. Por eso se puede negociar con China. Su élite no quiere inmolarse; quiere mandar, enriquecerse, controlar la tecnología del siglo XXI y colocar a China en el centro del tablero mundial. Es ambiciosa y peligrosa. Pero no suicida.
Irán no encaja en ninguna de estas categorías. La República Islámica no es un régimen autoritario más. Es una estructura de poder construida sobre una misión revolucionaria con espíritu de cruzada. Como señaló Hannah Arendt, en las ideologías visionarias todo se subordina a una lógica interna que hace irrelevantes los cálculos normales de supervivencia y beneficio personal. El régimen no busca preservar, ni siquiera mejorar, un Estado; busca preservar y expandir una revolución teocrática.
La República Islámica contra Irán
Conviene separar al régimen de la nación. Irán —la Persia, culta, antigua, sofisticada— no es lo mismo que la teocracia que la tiene secuestrada. De hecho, una de las grandes tragedias de Oriente Medio es que una civilización con memoria imperial, talento científico, recursos naturales envidiables y una diáspora extraordinaria lleve décadas rehén de una casta clerical y militar que ha convertido al país en una plataforma de miseria.
Como decimos siempre, las palabras importan. Los ayatolás no tienen una simple «guardia nacional» iraní. Los mulás crearon un ejército paralelo; el Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica. La diferencia no es semántica. La lealtad del CGRI no es a Persia como civilización, ni siquiera a Irán como nación, sino a la supervivencia y expansión del proyecto jomeinista.
Ese proyecto se expresa a través de proxies (Hezbolá, hutíes, milicias en Irak, Hamás), misiles, drones y terrorismo. Herramientas de una arquitectura de presión construida durante décadas para expandir el poder chiita, eliminar a Israel, chantajear al Golfo y encarecer cualquier intento occidental de contener a Teherán.
Negociar sí; engañarse, no
Con Delcy se puede negociar porque quiere vivir como una reina. Con un burócrata chino se puede negociar porque quiere que la fábrica siga abierta. Con los mulás solo cuando perciban que la supervivencia del sistema está en juego. No antes.
El precedente del acuerdo nuclear de Obama debería servir de advertencia. Si un pacto no elimina o neutraliza de forma verificable la amenaza nuclear, si no permite controlar el destino del uranio enriquecido, si no limita el programa de misiles y si no reduce la capacidad operativa de los proxies regionales, no sería una solución. Sería una pausa. Y en Oriente Medio, las pausas se usan para rearmarse.
Romper la cadena de lealtades
La pregunta no es si hay que negociar. Siempre hay que negociar cuando ello sirve a los intereses propios. La pregunta es desde qué posición y como se negocia. Y con Irán, parece que solo funciona Pavlov.
No se trata de invadir Irán. Sería una locura política para Trump. Tampoco se trata de imaginar que unos cuantos bombardeos producirán una democracia liberal en Teherán. Esa fantasía ya la probó Occidente en otros lugares cercanos, con resultados perfectamente olvidables.
La estrategia correcta es otra: fracturar el aparato de coerción del régimen. Dentro del sistema iraní no todos son iguales. El CGRI es el núcleo ideológico, militar y económico del régimen. Es un ejército paralelo, con servicio exterior armado, con un conglomerado empresarial que representa el 40% del PIB del país y actúa como una guardia pretoriana. Se inmolarían por el régimen antes de ceder en nada.
Contra ellos: respuesta pavloviana: cada agresión en el Golfo, Siria, Irak, Líbano, Gaza o Yemen debe tener un coste inmediato, selectivo y doloroso y sostenido. Eso significa sanciones reforzadas, congelación de activos, persecución financiera, ciberoperaciones, destrucción de capacidades militares cuando ataquen intereses occidentales o aliados, y acciones selectivas contra mandos operativos.
Otra cosa son los Basij. La milicia Basij (que nominalmente opera bajo la Guardia Revolucionaria) cumple funciones de seguridad interna, policía moral, movilización política y represión. Durante años ha funcionado también como escalera social para sectores humildes: salario, estatus, acceso, protección. Sus miembros no son necesariamente mártires del islamismo global; muchos son meramente clientes del régimen.
Y los clientes cambian de amo cuando el amo deja de pagar. Y no olvidemos que son mas de 90.000 y todos armados.
También esta el ejercito regular iraní, conocido como Artesh. Los Mulas crearon la CGRI porque no se fiaban de su lealtad. Pero son 400.000 soldados, también armados.
Ahí es donde la estrategia se debe enfocar. Hay que hacer que los costes internos para los oportunistas y funcionarios sean insoportables. Hay que separar a fanáticos de pragmáticos. Las sanciones deben ser una herramienta quirúrgica para romper las lealtades existentes.
Porque el régimen iraní solo empezará a tambalearse cuando sus engranajes concluyan que seguir dentro del sistema es más peligroso que abandonarlo.
El dilema MAGA de Trump
Trump se enfrenta a tensiones internas. Una parte de su coalición MAGA quiere salir de Irán por la puerta de atrás, con un papel firmado y la gasolina más barata antes de los midterms. Comprensible electoralmente. De alto riesgo estratégicamente.
Aceptar un acuerdo que no garantice la eliminación verificable de la amenaza nuclear, misiles y proxies congelará el conflicto. Y dentro de unos años, otro presidente —quizá él mismo en su fase de pato cojo, quizá su sucesor— tendrá que volver a «cortar el césped» para impedir que Irán recupere la capacidad que tenía antes de esta guerra.
Venezuela puede descomponerse por corrupción. Cuba puede asfixiarse por falta de oxígeno económico. China puede ser contenida porque su régimen necesita prosperidad. Irán exige otra lógica: presión, paciencia y forzar una fractura interna.
No se puede fingir que todos los enemigos son iguales. Esa es la primera regla del realismo. El realismo no consiste en firmar papeles para poder declarar una victoria en televisión. Consiste en entender la naturaleza del adversario.
No basta con una firma a los mulás. Hay que lograr que sus propios servidores empiecen a preguntarse si el régimen todavía puede pagarles, protegerles y garantizarles un futuro. Y ese grado de asfixia requiere tiempo.
Trump puede ganar obligando a los ideólogos chiitas a mirar hacia dentro y descubrir que su mayor amenaza está en sus propios cuarteles, ministerios y milicias. Pero tiene que resistir la tentación de confundir una pausa con una victoria. Un acuerdo que no desmonte de forma verificable las amenazas no será paz. Será una tregua con fecha de caducidad.
Teherán no es Caracas. Con ladrones se negocia ofreciéndoles una salida que les permita mantener el botín. Con una teocracia revolucionaria solo se logran resultados cuando ha perdido la caja, los tentáculos y la confianza de sus propios guardianes. Hasta entonces, cualquier acuerdo será solo una alfombra diplomática bajo la que esconder el próximo incendio.
Confundir los libretos sería una negligencia estratégica. Y, la factura la pagarán quienes tengan que apagar las llamas.