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Miguel Henrique Otero
AnálisisMiguel Henrique OteroEl Debate en América

Venezuela ya no cree en las falsas promesas de la izquierda

Una reciente encuesta divulgada por Meganálisis recoge que un 92,1 % de los encuestados se arrepiente –declara sentir vergüenza– de haber votado a favor del chavismo

Familiares de presos políticos protestan frente a la Fiscalía General de Caracas el 28 de mayo de 2026

Familiares de presos políticos protestan frente a la Fiscalía General de Caracas el 28 de mayo de 2026AFP

No me propongo aquí comentar todos los datos de carácter público, que han sido divulgados de la encuesta de la empresa Meganálisis, correspondiente a abril de 2026. Me detendré solo en tres o cuatro materias que me han parecido sustantivas y especialmente reveladoras.

Cuando le preguntan a los ciudadanos encuestados si se definen como personas «de izquierda», 89,6 % responde que no, y solo 10,4 % lo hacen de modo afirmativo. Resulta un dato de importante repercusión, porque atestigua una variación profunda en la cultura política venezolana, en la que ha predominado una filiación o una simpatía –como en casi toda América Latina–, hacia las fórmulas o las organizaciones de centro izquierda o de izquierda. En los últimos diez años, nítidamente, se ha advertido un paulatino desplazamiento hacia posiciones de centro derecha o derecha.

Ese desencanto, que se manifiesta en la disolución de la popularidad de la que gozó el régimen, tiene una peculiaridad: no es producto de un debate de ideas o fruto de la discusión entre los distintos modos de concebir la sociedad (la narcodictadura ha perseguido y liquidado las principales formas de militancia y participación política democráticas). La tendencia hacia la derecha se ha originado y crecido en la experiencia. En la precarización diaria de las condiciones vida. En el empobrecimiento multidimensional que ha afectado a cada familia de la sociedad venezolana. Por lo tanto, es un desencanto fundado en los hechos. En las realidades concretas del deterioro.

Hay que decirlo: el coste de las ilusiones izquierdistas en Venezuela, se han pagado a un precio social, político y económico, que incluye miles y miles de muertes, más de ocho millones de emigrados y exiliados, la destrucción social, productiva, ambiental y de la infraestructura del país. Los venezolanos, testigos y víctimas del horror envuelto en palabrerío izquierdista, dicen ahora, no más izquierda, no más falsedad revolucionaria, no más palabrerío socialista o comunista.

En la encuesta de Meganálisis, no solo hay un giro ideológico, sino también una especie de muy infrecuente acto de ciudadanía democrática: 92,1 % se arrepiente –declara sentir vergüenza– de haber votado a favor del chavismo –más que un simple dato es una poderosa corriente de opinión–, y 89,3 % suscribe una frase rotunda y condenatoria del chavismo y del madurismo: ha sido «una maldición» para Venezuela, que es como decir, un momento de la historia que no debió ocurrir. Un error de proporciones catastróficas, que apunta o sugiere que sus responsables son agentes de lo maldito. Malditos: nada menos.

Estos tres datos –rotundo rechazo a la filiación izquierdista, masivo y categórico arrepentimiento entre quienes votaron al chavismo, y aplastante condena hacia el régimen maldito– se ha constituido además en una suerte de marco conceptual o en un enorme telón de fondo ideológico, por ejemplo, para exigir que, en los tiempos democráticos que se vienen, más que una operación de perdón y olvido a los «malditos», responsables de torturas, asesinatos, expropiaciones, robos en cualquier escala, se establezcan prácticas de justicia y castigo a quienes lo merezcan: juicios a cargo de un sistema judicial independiente y profesional, castigos de acuerdo a la gravedad, persistencia, sufrimiento causado por sus respectivos delitos.

Sin embargo, hay otro dato más al que quiero referirme, que deriva del desplazamiento de la sociedad venezolana hacia la derecha –semejante, en alguna medida, al que está ocurriendo en Argentina, Chile, Ecuador, Brasil y Colombia–, que se expresa en la, otra vez, en el abrumador apoyo que los encuestados formulan como respuesta a la crisis del sistema eléctrico nacional: no reestructurar las instituciones estatales que rigen el sector, sino privatizar, convocar al sector privado para que se haga cargo del solucionar la podredumbre existente hoy en cada punto de la cadena del servicio eléctrico (la encuesta arroja un dato escalofriante: más de 70 % de los hogares del territorio sufren interrupciones del servicio durante tres, cuatro o cinco días a la semana: ¿acaso hay que añadir una palabra más para demostrar el fracaso casi inenarrable de la revolución bolivariana?).

Por último, quiero referirme a otro aspecto que tiene un considerable interés hacia los demócratas venezolanos y de otras partes: de una parte, repetir la buena noticia que representa para nosotros constatar con cifras que no admiten dudas, que el liderazgo de María Corina Machado, no solo se mantiene intacto, sino que se ha fortalecido. El apoyo y reconocimiento que recibe no merma con el paso del tiempo. Pero por el otro, invita a pensar en el mínimo o casi nulo entusiasmo que despierta el resto de la dirigencia opositora.

Este fenómeno, además, coincide con otro en días recientes: la activación de campañas de acusaciones y desprestigio contra varios dirigentes opositores, lo que, entre consecuencias, tiende a crear fracturas y erosiones, y debilita a una estructura política que debe concentrarse en dos tareas ahora mismo primordiales: preparar y aceitar la estructura electoral para las elecciones presidenciales, y avanzar en la profundización del análisis de las realidades de todo el territorio, para afinar las primeras acciones gubernamentales que respondan al grave estado de cosas en que se encuentra el país.

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