Cómo vivir en la Argentina libertaria de Milei y mantener la esperanza de que habrá un país mejor y más barato
El presidente cumple con buena parte de sus promesas. Las reformas estructurales y la mano dura han transformado el paisaje de un país que arroja excelentes datos macroeconómicos, pero lastimosos para la clase media que no ve compensada sus sacrificios
Estatua de la libertad en Belgrano (Buenos Aires), inaugurada antes de la de Nueva York y hecha por el mismo autor, Frédéric Auguste Bartholdi
Javier Milei llegó a la Presidencia con la promesa de ajustar el cinturón a los argentinos. La frase «No hay plata» y la «motosierra» retrataron un fenómeno insólito: la victoria de un candidato que no prometía un sueño. Por el contrario, garantizaba tiempos difíciles para una sociedad cansada de ser testigo del latrocinio kirchnerista que inauguró este siglo XXI y se enquistó en el poder.
La gente se cansó de tener los bolsillos vacíos, los sueldos disueltos por la inflación galopante de tres dígitos y la sensación de que para ellos no había futuro. Este «combo» sirvió en bandeja el voto para La Libertad Avanza, de Milei.
Han transcurrido dos años largos desde que El loco, como se titula la biografía no autorizada del presidente de Argentina escrita por de Juan Luis González, entrase como un león en la Casa Rosada. El libertario, término que hizo popular, está cumpliendo con buena parte de sus promesas, pero la gente no siente una mejora en su economía.
Las reformas estructurales y la mano dura, han transformado el paisaje de un país que arroja excelentes datos macroeconómicos, pero lastimosos para las clases medias que no ven compensados sus sacrificios y hacen malabares para llegar a fin de mes.
Con tarjeta y en cuotas
En Argentina todo vuelve y han vuelto «las cuotas». En los escaparates de las tiendas de Buenos Aires se anuncian con carteles: «9 cuotas sin interés a partir de 170.000 pesos (algo más de 102 euros). 12 cuotas sin interés a partir de 200.000 (unos 120 euros)» . El gancho para comprar lo ha puesto en la acera Prüne, una cadena clásica de bolsos y calzado. Cualquier comercio del barrio de Belgrano, la Recoleta o Palermo, barrios supuestamente de gente con sus finanzas saneadas, ofrece ofertas de descuento como esta: «Todos los días 20 % abonando con efectivo o por transferencia. Mínimo de compra 30.000», redondeando, 18 euros.
Escaparate de la tienda Prune con la oferta de pago
Hasta en las tiendas de ropa de hombres «de marca» como J-Cabot ofrecen rebajas del «20 % si el pago es en efectivo, 15 % si se hace por transferencia (lo de Bizum no ha llegado) y un 10 % si se hace un único pago con tarjeta o en tres si hay una compra mínima de 89.900 pesos», en torno a los 54 euros largos.
El peso argentino, posiblemente una de las monedas más zarandeadas de la historia, ha recuperado valor. La brecha con el dólar se ha reducido y la moneda arroja un balance de estabilidad irreconocible, su valor oscila entre 1.410 y 1.420.
El cambio oficial, algo extraordinario, resulta frecuentemente más beneficioso que el «blue» (eufemismo del negro), pero el festival de tipos con «el billete verde», aunque menor, sigue siendo sorprendente y «los arbolitos» (cambistas) no han desaparecido del paisaje porteño.
Hay diferentes cotizaciones si se opera con el dólar tarjeta, el dólar Banco Nación, el dólar turista, el dólar cripto, el dólar mayorista o el dólar futuro, por citar algunos. Desconcertante para un extranjero, los argentinos están acostumbrados a estos bailes con la divisa estadounidenses que rige sus vidas desde el siglo XX.
Los sueldos estancados
El problema para los ciudadanos es que los sueldos están desfasados y la vida es igual o más cara que cuando regía le Ley de convertibilidad en los años 90, que establecía la equivalencia entre un peso y un dólar. El «salario mínimo vital y móvil» (se inventó allí) es de 367.800 pesos (221 euros); el mínimo, –el del servicio doméstico–, es de 488.326 (294 euros); el de los bancarios de 2.319.000 (1.397 euros) y el de los trabajadores del sector petrolero, el más alto de todos, 4.900.099 (2.952 euros); pero el sueldo medio es de 1.500.000 (904 euros). «Y con eso, no se vive», observa Marisa Lobosco, abogada en ejercicio y constructora de última hora.
Un almuerzo frugal (comida en Argentina es cena) para dos personas de dos ensaladas sencillas y agua, en un lugar con «onda» como Birkin, junto al Jardín Botánico, cuesta 54.000 pesos (33 euros). Una «comida» de «tirar manteca al techo» con una botella de champán (nacional), otra de vino, y una comanda de langostinos rebozados, dos risottos, un penne con sepia y un café, en un restaurante sin pretensiones como La Olla de Félix, en la Avenida de Callao (equivalente a Príncipe de Vergara) costó 158.130 pesos, algo más de 95 euros. Si vamos a parrillas clásicas como La Brigada de San Telmo o El Mirasol de La Recova, no se come, por cabeza, por menos de 50 euros al cambio.
Restaurante parrilla La Brigada de Buenos Aires, un lujo para pocos bolsillos argentinos
El Gobierno presume, con razón, de tener superávit fiscal y el argumento de que debe sostenerlo lo pone sobre la mesa para recortar el gasto público. Las infraestructuras están obsoletas, el mantenimiento de las carreteras no es el adecuado y el tijeretazo con la motosierra alcanza sectores sensibles como la Sanidad y la Educación.
La construcción atraviesa una crisis por el alza de los materiales. Las obras de particulares siguen los precios donde se especifica el IVA, algo que era poco corriente y que se traduce en «arreglar» la compra en efectivo… sin IVA. Es decir, el efecto colateral es más evasión fiscal.
En estos dos años largos han cerrado más de 22.000 empresas y hay otras en lista de espera. El dato estremece, pero el argumento para justificarlo del Gobierno se repite: «No se pueden subvencionar emprendimientos que no son viables», insisten en Economía. De las grandes la más emblemática fue la quiebra definitiva de la histórica cooperativa láctea SanCor. Tenía una deuda acumulada por encima de los 120 millones de dólares.
Pablo Noel es empresario naviero y comparte en general la política económica del Gobierno. «No se puede vivir eternamente subvencionado. La economía se está ordenando, se están dando las condiciones para generar confianza y seguridad jurídica. Entiendo que es difícil para muchas familias llegar a fin de mes, pero creo mejor esto que de donde venimos y a dónde íbamos».
Fachada de la facultad de Ingeniería con carteles de protesta estudiantes y de docentes
El kirchnerismo ha caído en el ostracismo y aunque todavía tiene el control de muchas alcaldías y la provincia de Buenos Aires, raro es encontrar alguien que lo defienda. Esta versión del peronismo, que en total ocupó el poder 16 años de los últimos 20, apostó por alimentar el caldo de cultivo ideológico en las escuelas, los colegios y las facultades. Con ese objetivo creó una quincena larga de universidades donde fomentar la cultura del pensamiento único.
Los estudiantes asumieron como un derecho propio acampar y okupar las instalaciones de los centros públicos. El fenómeno se repite estos días con protesta por la falta de financiación. La mayoría de los docentes comparte esas movilizaciones y reclaman aumento de sueldos por la perdida de poder adquisitivo, pero Milei no se mueve de suposición: «No hay plata», recuerda.
Las familias con jóvenes estudiantes se ajustan al máximo para poder dar una buena educación a los suyos y ese lugar lo encuentran, en general, en los centros privados. «Una cuota mensual en cualquier facultad viene a ser de 600.000 pesos (361 euros) y para la de gastronomía, yo pago 980.000 pesos (590 euros)», observa la madre de Lara, que prefiere que no se publique su nombre.
Los estudiantes ya no gozan del aplauso de la Casa Rosada ni son usados para perturbar la paz de una ciudad como Buenos Aires, gestionada desde hace décadas por la derecha y hoy con Jorge Macri (primo del ex presidente) como jefe de Gobierno. Los baches en las calles pueden ser pozos de un palmo, la suciedad se ve y se huele, pero el tráfico está libre de cortes con manifestaciones, campamentos de piqueteros o marchas de un sindicalismo que vive sus horas más bajas.
La reforma laboral, un éxito del Gobierno donde fracasaron administraciones como la de Fernando de la Rúa o Mauricio Macri, les ha arrebatado «la caja» y ahora permite que las empresas firmen sus propios convenios colectivos con organizaciones sindicales propias.
La reforma laboral
Patricia Bullrich, ministra de Seguridad de Milei hasta principios de año reflexiona. «El sindicalismo está muy debilitado. La reforma laboral permite una convivencia entre trabajadores y empresarios que no se había visto nunca en democracia. La ley autoriza ahora a crear sindicatos en cada empresa». Eso significa que la todopoderosa históricamente CGT (Confederación General del Trabajo) que agrupa a los sindicatos peronistas se desinfla. «Nos hicieron un paro general y como si no lo hubieran hecho», remata Bullrich.
La vida en Buenos Aires sigue igual, pero todo es diferente con Javier Milei. La reelección en el 2027 es una puerta que difícilmente no querrá atravesar el libertario que pierde respaldo popular, según las encuestas recientes, pero «si fueran hoy lo votaría, pero porque no hay nada al otro lado», se resigna Ezequiel Sánchez. No opina lo mismo Ezequiel, un «mozo» de La Brigada, parrilla clásica del barrio de San Telmo. «No le voté ni le votaré», garantiza.
Los obreros se preparan un asado, por invitación de la constructora, en la azotea del edificio que construyen en Buenos Aires
La carne, el fútbol y el dólar son las tres debilidades de los argentinos que ahora hacen cuentas por si su selección llega a la final del Mundial. De nuevo, sacan los dólares del colchón y acuden a las joyerías a vender los Rolex, Hublot, Cartier, pulseras y lo que poco que les queda de las joyas de la abuela o de cuando Argentina era... otra cosa.