Irán: Trump parpadeó primero
El acuerdo de Ormuz da oxígeno a los mulás, salva a Trump del shock energético y convierte a Vance en dueño de una apuesta peligrosísima
El presidente de Estados Unidos Donald Trump camina por un pasillo de la Casa Blanca
Estas últimas semanas hemos debatido qué reloj corría más deprisa: el de Trump, obsesionado con evitar que la gasolina le estallara en la cara antes de las midterms, o el de los mulás, cada vez más cerca de un colapso económico total.
El memorándum de entendimiento (MOU) firmado esta semana sugiere que el primero en parpadear ha sido Trump.
No porque el acuerdo sea necesariamente una rendición. No lo es. Tampoco porque Irán haya ganado la guerra. No la ha ganado. Los primeros 2 niveles de liderazgo han sido eliminados. Su actual líder supremo, si vive, no ha tenido los bemoles de aparecer en público. Su economía está exhausta, su ejército prácticamente desaparecido, sus misiles y drones agotados, su infraestructura dañada y su élite dividida. Pero Washington, que tenía la capacidad militar de abrir el estrecho, no ha tenido el estómago político para hacerlo, probablemente porque implicaba asumir féretros americanos.
En el acuerdo, Washington ha entregado parte de su palanca más valiosa —la asfixia económica y el bloqueo naval— a cambio de una promesa iraní de negociar durante 60 días aquello a lo que Teherán lleva décadas evitando renunciar: su programa nuclear, su control de facto sobre Ormuz y su red de milicias regionales. De hecho, el tráfico en el estrecho ha subido al 50 % del tráfico antes de la guerra en menos de un día.
La lógica del MOU descansa en un cierto narcisismo estratégico de Trump y Vance: asumir que el enemigo comparte tu misma lógica de coste-beneficio.
La presión venía de Pekín
Durante el bloqueo, según la propia Casa Blanca, Irán estaba perdiendo hasta 500 millones de dólares diarios en ingresos por la venta de petróleo. La cifra admite matices, pero la dirección era inequívoca: el régimen se estaba quedando sin oxígeno. Y justo entonces —casualidad— se abrió la ventana diplomática. Pakistán y Qatar actuaron de intermediarios, pero estaba claro que la presión venía de Pekín.
Por el lado del chantaje iraní, las cosas tampoco iban de rositas. El petróleo subió, sí. Pero no tanto como auguraban los profetas del apocalipsis energético. China redujo importaciones marítimas y tiró de inventarios. Arabia Saudí y Emiratos exprimieron las rutas alternativas disponibles (más de 5 millones de barriles diarios). Las reservas estratégicas ayudaron a amortiguar el golpe. Y Estados Unidos, aunque no podía escapar del precio global del crudo, llegaba a la crisis en una posición mucho más fuerte que Europa o Asia gracias a su independencia en la producción energética. Y mientras tanto, los ingresos de Teherán eran cero patatero.
Para Estados Unidos, Ormuz era sobre todo un problema de precio y de coste electoral. Para Asia era un problema físico de abastecimiento. Para Europa, especialmente en gas natural licuado, era otra prueba más de su dependencia energética y de su costumbre de ignorar su seguridad estratégica. Para Irán era muerte por asfixia.
La opción que Trump no quiso tomar
Trump tuvo la opción de abrir Ormuz a golpes. De hecho, la US Navy estaba incrementando el paso diario de petroleros durante las últimas dos semanas — hasta 25 petroleros cada noche — con una reacción prácticamente nula desde Teherán. Cada vez que salían las lanchas de la Guardia Revolucionaria, acababan en el fondo del mar.
Pero Trump no aceptó los tiempos necesarios para cerrar la jugada y entendió el dilema a su manera. Si Ormuz seguía cerrado, incluso parcialmente, durante dos meses más, el riesgo de una crisis económica global era real. Y si los precios de la gasolina seguían subiendo en Pensilvania, Arizona o Georgia, el coste político podía ser letal. Mientras hubiera bombas, el estrecho iba a mantenerse efectivamente cerrado.
Dentro de la Administración, las líneas parecen haber estado claras. Rubio y Hegseth querían mantener más presión. Vance, Witkoff y Kushner defendieron el MOU. Ya sabemos quién ganó. Pero eso convierte a Vance, para bien o para mal, en el dueño político del acuerdo. Si sale bien, podrá venderlo como la demostración de que el trumpismo sabe negociar desde la fuerza. Si sale mal, sus aspiraciones presidenciales quedarán marcadas por haber sido el hombre que permitió a Irán recuperar oxígeno sin entregar prácticamente nada.
Una verdad a medias
Los defensores del acuerdo alegan que casi todas las concesiones a Irán están condicionadas al progreso de las negociaciones. Al mismo tiempo, Vance sostiene que hay muchos acuerdos informales que estarán reflejados en el acuerdo final, pero que no aparecen en el MOU. Es una verdad a medias.
Es cierto que la redacción vincula la mayoría de los beneficios estructurales —levantamiento completo de sanciones, liberación de fondos, plan de reconstrucción y normalización financiera— a la negociación posterior que empezará esta semana. Pero también es cierto que Irán obtiene beneficios inmediatos: reapertura de Ormuz, alivio del bloqueo naval, venta de petróleo en el mercado abierto, ingresos inmediatos y, según el régimen, un reconocimiento implícito de que su capacidad de cerrar el estrecho le da un asiento en la mesa.
Y, en el caso de Irán, eso es gravísimo.
Porque el problema no es solo económico. Es estratégico. Irán cree que acaba de demostrar al mundo que puede convertir un estrecho internacional en una caja registradora. Teherán ya habla de permisos, gestión del tráfico, seguros y futuras tasas. Llámenlo peaje, tasa administrativa o «servicio marítimo revolucionario»; el principio es el mismo. El régimen quiere monetizar el miedo que ha creado y se siente envalentonado. Será complicado traerles de vuelta a la realidad.
No es otro Obama, pero tampoco es una victoria
Los críticos del MOU dicen que este acuerdo es igual o peor que el de Obama. Otra verdad a medias.
El acuerdo de Obama fue un marco nuclear final —malo, insuficiente y basado en demasiadas esperanzas sobre la moderación del régimen—. Este MOU no es eso. Es un alto el fuego largo, una tregua energética y un puente hacia una negociación que aún no se ha iniciado. Y las condiciones para la obtención de la mayoría de beneficios para Irán está tan condicionada, que las rampas de salida para Trump serán muchas y frecuentes.
La Administración insiste en que el acuerdo final solo se firmará si Irán renuncia de forma verificable a sus aspiraciones nucleares y acepta límites permanentes a sus ambiciones sobre Ormuz y a su hegemonía regional a través de los proxies.
¡Inshallah!
El problema es que las amenazas de volver a las bombas tienen menos colmillos después de haber firmado. No desaparecen. Trump puede volver a atacar si Irán incumple. Pero el coste político de hacerlo acaba de subir. Y Teherán lo sabe.
Los observadores más cínicos —entre los que me incluyo— sospechamos que este MOU no es tanto una paz como una patada hacia delante. Sesenta días de calma, con suerte. Quizá otros sesenta. Quizá una prórroga más, si ambas partes necesitan salvar la cara. Dos extensiones nos colocarían a mediados de octubre, a escasas semanas de las midterms. Una prórroga más larga empujaría el problema hasta después de las elecciones.
La tentación es evidente: congelar Ormuz en el tiempo anterior a la guerra, hacer bajar la gasolina y evitar una crisis económica. Para Irán es esencialmente un respiro para coger aire y recuperarse de la paliza militar que le acaban de propinar. Pero en el fondo este estatus quo consiste en dejar el incendio real para más adelante.
El incendio sigue ahí
Pero el incendio sigue ahí.
Nada indica que Irán vaya a renunciar de verdad al núcleo del problema: enriquecimiento, misiles, milicias y control regional. Tampoco parece probable que Estados Unidos acepte a largo plazo un Ormuz administrado por los Guardianes de la Revolución. Y mucho menos que Israel vaya a permanecer quieto si percibe que Washington está comprando tiempo a costa de su seguridad.
El frente libanés es, en ese sentido, una bomba dentro del acuerdo. La inclusión parecería una victoria para Irán. Pero puede ser una espada de Damocles. Cualquier violación por parte de Hezbolá puede ser la excusa para decir que no hay progreso y romper las negociaciones. Irán y Estados Unidos pueden tolerar cierto nivel de pugilismo mientras sea controlado y limitado. Si Hezbolá cruza una línea seria, o si Israel decide que la pausa diplomática se está convirtiendo en una trampa estratégica, el proceso puede saltar por los aires en cuestión de horas. De momento, antes de reafirmar el alto el fuego, Hezbolá lanzó ataques con drones contra Israel, e Israel contestó atacando 80 objetivos en el sur del Líbano.
Una mesa con dos debilidades
En este alto al fuego hay dos diferencias importantes respecto al escenario anterior a la guerra.
La primera es que los mulás entran en la negociación convencidos de que su posición ha mejorado. Han sobrevivido a la presión militar, han obligado a Washington a negociar y han demostrado que Ormuz no es una abstracción académica, sino una pistola cargada sobre la economía mundial. Eso alimentará su soberbia.
La segunda, no menos cierta, es que su posición real ha empeorado dramáticamente. Ellos también llegan a la mesa más débiles. Muy débiles. Con una economía exhausta, necesidades de reconstrucción colosales, tensiones internas y una población que lleva años pagando el precio de una teocracia revolucionaria empeñada en exportar miseria, terrorismo y fanatismo. Además, las necesidades domésticas asegurarán que el flujo disponible para los proxies no llegue en un futuro cercano. Para poner una breve referencia, el presupuesto anual de defensa iraní excede 50.000 millones de dólares anuales. El 100 % de los ingresos que Irán puede acumular en los próximos 60 días no excede 10.000. Asumiendo que el 100 % se pudiera utilizar solo para defensa.
Por el lado americano, la situación es igualmente incómoda. Trump ya ha cedido demasiado en el MOU como para conceder mucho más en el acuerdo final sin que el Senado republicano se le subleve. La base conservadora puede aceptar una pausa táctica. Lo que no aceptará es otro acuerdo como el de Obama con gorra MAGA.
Ese es el dilema. Si Vance exige demasiado, Irán se levantará de la mesa. Si concede demasiado, su propio partido se lo comerá vivo. Y si todo se alarga hasta octubre, cada ataque de Hezbolá y cada gesto de Teherán se convertirá en munición electoral. Pero Trump ya ha decidido que el riesgo de recesión antes de los midterms era excesivo y ha preferido darle una patada a la lata.
La reputación que está torciéndose
Trump ha construido su carrera sobre una imagen simple: él no parpadea. Presiona, amenaza, insulta, sube la apuesta y obliga al otro a retroceder. Esta vez, sin embargo, ha hecho algo distinto. Ha aceptado una tregua antes de obtener la rendición estratégica del adversario.
Quizá sea, como él alega, una maniobra brillante. Quizá sea puro realismo: evitar una depresión energética global, ganar tiempo y preservar la opción militar. Pero también puede ser el primer error serio de una política exterior que hasta ahora había funcionado precisamente porque los enemigos creían que Trump estaba dispuesto a llegar hasta el final.
Irán no ha ganado. Pero ha respirado. Y en Oriente Medio, a veces, eso basta para que el monstruo vuelva a levantarse. La Administración americana lo sabe. Trump corre el riesgo de transformar una victoria militar en una derrota estratégica.
On verra.