Midterms: la democracia más vieja del mundo también hace trampas
Lo más fascinante del caso estadounidense es que ambos partidos dicen defender la democracia mientras intentan moldearla a su favor. Unos gritan fraude sin pruebas suficientes. Otros niegan cualquier problema con una superioridad moral insoportable
Votantes en la escuela secundaria Hand en Columbia, Carolina del Sur
Estados Unidos presume, con razón, de ser la democracia constitucional más longeva del planeta. Pero conviene añadir un matiz: también es una de las más raras, contradictorias y, en ocasiones, descaradamente manipulables. No porque sus elecciones sean fraudulentas, como gritan algunos desde la trinchera trumpista, sino porque su sistema permite una cantidad extraordinaria de trampas legales. Y cuando la trampa es legal, deja de llamarse fraude y se convierte en ingeniería electoral.
En eso, los demócratas han alcanzado un nivel de cinismo digno de estudio. Cuando una regla electoral les favorece, la llaman «ampliación del acceso al voto». Cuando favorece a los republicanos, la llaman «supresión del voto». Cuando redibujan mapas en California a su favor, hablan de «representación justa». Cuando lo hace Texas, es el regreso de Jim Crow con sombrero de cowboy.
La democracia americana no se manipula metiendo papeletas falsas en una urna, como ocurre en algunos partidos políticos en España. Se manipula mucho antes: dibujando distritos, cambiando reglas de identificación, expandiendo el voto por correo y utilizando la moralina racial como escudo frente a cualquier pregunta.
El arte de elegir a los votantes
Ya escribí alguna vez sobre el gerrymandering, esa tradición tan americana de diseñar distritos electorales para lograr asimetrías casi artísticas en la representación política. El término nace en 1812, cuando el gobernador de Massachusetts, Elbridge Gerry, aprobó un distrito con forma de salamandra. De ahí salió el «Gerry-mander»: mitad político, mitad reptil, todo Washington.
En España tampoco podemos dar muchas lecciones. Nuestra Ley d'Hondt, combinada con el hecho que las circunscripciones son provinciales, consigue efectos parecidos sin necesidad de dibujar salamandras. Basta con que el voto en Soria y Madrid cuenten de manera muy distinta. El resultado práctico es conocido: las provincias pequeñas pesan más, los partidos nacionales grandes salen reforzados y los votos no valen lo mismo.
En Estados Unidos el mecanismo es distinto, pero el resultado puede ser igual de grotesco. Al ser distritos uninominales, el ganador se lo lleva todo. No hay proporcionalidad. Si un partido obtiene el 49 % del voto en diez distritos y pierde todos por poco, se queda con cero escaños. Si gana cinco distritos por 30 puntos y pierde cinco por uno, obtiene la mitad de los representantes aunque tenga muchos mas votos totales.
Esto explica resultados aparentemente absurdos. En California, los republicanos pueden acercarse al 40 % del voto congresional y terminar con una proporción muy inferior de representantes. En Massachusetts, durante años, el Partido Republicano ha sido prácticamente inexistente en la delegación federal, pese a que más del 35 % votan republicano. El votante existe pero el sistema lo evapora.
Y, por supuesto, esto no es patrimonio exclusivo de la izquierda. Los republicanos han utilizado el gerrymandering con entusiasmo en estados como Texas, Florida o Carolina del Norte. La diferencia es que cuando lo hacen ellos la prensa internacional lo presenta como una amenaza existencial a la democracia. Cuando lo hacen los demócratas en California, Illinois o Nueva York, pasa a llamarse defensa preventiva frente al fascismo. Qué casualidad.
La república que tardó casi dos siglos en dejar votar a todos
Conviene recordar algo que no encuadra particularmente bien con el relato oficial americano: Estados Unidos no nació como una democracia universal. Nació como una república constitucional extraordinaria, sí, pero limitada. En su fundación, el voto estaba reservado en gran medida a hombres blancos propietarios de tierras. La Constitución original aceptó incluso el infame compromiso de los tres quintos, por el cual los esclavos contaban parcialmente para aumentar la representación política de los estados esclavistas, sin tener derecho alguno.
Tras la Guerra Civil, llegaron las enmiendas de reconstrucción: la Decimotercera abolió la esclavitud, la Decimocuarta garantizó ciudadanía e igualdad ante la ley, y la Decimoquinta prohibió negar el voto por razón de raza. Sobre el papel, la república se corregía a sí misma. En la práctica, el sur inventó nuevos laberintos: impuestos al voto, tests de alfabetización, intimidación, violencia y burocracia racista.
La consecuencia fue que durante casi un siglo después de la Guerra Civil, millones de negros americanos siguieron privados del voto efectivo. El sufragio universal real no llegó hasta los años sesenta, con la Ley de Derechos Civiles y, sobre todo, la Voting Rights Act de 1965 bajo Lyndon Johnson.
Es decir, la democracia que hoy da lecciones al mundo necesitó casi doscientos años para permitir que todos sus ciudadanos votaran de verdad. La India celebró sus primeras elecciones masivas con sufragio universal mucho antes de que muchos negros del sur americano pudieran votar sin miedo. España, con todas sus tragedias históricas, tampoco debería aceptar demasiadas lecciones morales en este aspecto.
El tabú del documento de identidad
Y aquí llegamos a una de las rarezas más difíciles de explicar: en Estados Unidos no existe un DNI nacional. El Estado federal no puede exigir a cada ciudadano un carnet de identidad. Para conducir se necesita licencia. Para volar se necesita identificación. Para comprar alcohol te piden documentos. Para entrar en determinados edificios públicos también. Pero para votar, en 14 estados y Washington D.C., no se exige presentar documentación en el colegio electoral.
La justificación demócrata es conocida: pedir identificación sería racista, clasista y perjudicial para las minorías, los ancianos o personas con menos recursos. Es un chiste: la idea de que pedir un documento gratuito o fácilmente accesible es una forma de racismo presupone que ciertos ciudadanos son incapaces de obtener una identificación básica. Es puro paternalismo disfrazado.
Además, la incoherencia es monumental. Los mismos progresistas que quieren exigir identificación digital para entrar en redes sociales, rastrear pagos, limitar compras, regular armas, controlar alquileres y verificar vacunas, se convierten de pronto en libertarios de taberna cuando se habla de identificar al votante. Para todo lo demás, Estado fuerte. Para votar, confianza franciscana.
El problema no es que la ausencia de identificación pruebe fraude masivo. Los datos disponibles no justifican la tesis de que las elecciones estadounidenses se hayan decidido por ejércitos de impostores votando varias veces. Esa aserción, que pudo llegar a ser cierta en Chicago en los años 60 («Vote Early, Vote Often»), ya no lo es. Y los gritos de fraude han hecho mucho daño a la credibilidad republicana. El problema es la desconfianza que se genera.
La coartada moral demócrata
Aquí es donde la estrategia demócrata resulta más irritante. Han convertido cualquier debate sobre integridad electoral en una acusación moral. Si alguien propone identificación, es racista. Si alguien cuestiona el voto por correo universal, quiere suprimir el voto. Si alguien denuncia distritos absurdos en estados azules, está atacando a las minorías. Si alguien pide plazos razonables de escrutinio, está conspirando. Es brillante: no se discute el mecanismo, sino que se descalifica la intención. Así se evita el debate real.
Porque el debate real debería ser: ¿cómo garantizamos que todo ciudadano con derecho a voto pueda votar de forma sencilla y, al mismo tiempo, que ningún voto ilegal entre en el sistema? Esa debería ser la conversación. Pero en Estados Unidos, como en España, las conversaciones han sido reemplazadas por catecismos de partido. Y entre ambos han convertido la confianza electoral en otro cadáver de la guerra cultural.
Los dos pecados: manipular mapas y manipular reglas
El votante europeo suele mirar el sistema electoral americano con cierta ingenuidad. Cree que el problema es Donald Trump, o el Colegio Electoral, o los jueces conservadores, o Fox News. Pero el problema es más profundo: Estados Unidos combina una arquitectura constitucional admirable con reglas electorales estatales muy desiguales, diseñadas muchas veces con sesgos partidistas.
Cada estado regula su sistema electoral incluso en las elecciones federales. Eso produce un caos total. Hay estados que requieren identificación estricta y otros donde se puede votar sin documento alguno. Estados que votan masivamente por correo y otros que limitan el voto por correo. Estados que cuentan rápido y otros que tardan semanas. Estados con comisiones de redistribución supuestamente independientes y otros donde los políticos dibujan sus propios distritos como quien reparte una tarta familiar.
Luego todos se sorprenden de que el perdedor desconfíe. La solución es sencilla: pero molesta a demasiada gente. A los demócratas les incomoda la verificación del votante. A los republicanos, la proporcionalidad real cuando pierden ventajas territoriales. Y ambos bloquean cualquier reforma que les quite herramientas de manipulación.
La democracia como coartada
Lo más fascinante del caso estadounidense es que ambos partidos dicen defender la democracia mientras intentan moldearla a su favor. Unos gritan fraude sin pruebas suficientes. Otros niegan cualquier problema con una superioridad moral insoportable.
Y así la democracia se empequeñece. El lema es «mi bando debe ganar porque el otro es ilegítimo». Y ese es el verdadero veneno de nuestra época. No es la polarización, como argumentan muchos, sino el odio al contrincante. La deshumanización del divergente.
El sistema americano sigue funcionando mas o menos, porque sus instituciones son más fuertes que sus políticos. Los tribunales corrigen los excesos flagrantes. Pero no conviene confundir resistencia institucional con salud democrática. Una casa puede seguir en pie y tener termitas.
El sistema estadounidense sigue funcionando mas o menos, porque sus instituciones son más fuertes que sus políticos
Europa tiene sus propias hipocresías, sus cordones sanitarios y sus burócratas no elegidos. Pero tampoco deberíamos ver a los Estados Unidos como una democracia angelical. Es una república formidable, sí. Pero también una maquinaria electoral llena de palancas, recovecos y trampillas.
Y ahí está la gran contradicción: la democracia más vieja del mundo ha demostrado una extraordinaria capacidad para corregirse a sí misma, pero también una no menos extraordinaria habilidad para permitir que sus partidos hagan trampas sin romper formalmente las reglas.
En Estados Unidos, como en España, no siempre hace falta robar unaa elecciones. A veces basta con diseñarlas.