Fundado en 1910

Lo que tenemos en Venezuela no es más que «un respirito»

Pasan los días y las semanas y los meses, y las cuestiones fundamentales no se despejan, no se clarifican, no cambian en los hechos, no tienen fecha

Un manifestante en Caracas levanta un hueso vacuno durante una protesta por mejoras salariales y nuevas eleccionesMaxwell Briceno / AFP

No guardo duda en relación con lo siguiente: el sentimiento más extendido entre los venezolanos, vivan en Venezuela o dispersos por el mundo, es de agobiante incertidumbre. Agobiante porque pasan los días y las semanas y los meses, y las cuestiones fundamentales no se despejan, no se clarifican, no cambian en los hechos, no tienen fecha. Es como si ciudadanos y familias hubiesen perdido las coordenadas que los situaba en la nación venezolana.

Este estado de perturbadora y contagiosa inquietud se alimenta y empeora a diario, como consecuencia de la atmósfera de opacidad en que ha sido sumida la sociedad venezolana. No se sabe cómo se toman las decisiones; ni bajo qué criterios se determinan; ni tampoco sobre qué insumos informativos ni quién los provee; ni qué se proponen los hechos noticiosos qué se producen. Por ejemplo, bombardean la casa-refugio del Niño Guerrero, el Gobierno de Estados Unidos hace un alarde de carácter propagandístico, el gobierno interino de Venezuela hace silencio o balbucea, lo cual, por supuesto, es un perverso combustible para la perplejidad nacional.

Los ciudadanos venezolanos estamos ajenos y ausentes de las modificaciones, por ejemplo, que se hacen al marco legal de cuestiones fundamentales como producción petrolera, producción minera o producción eléctrica.

A esto todavía hay que añadir un factor insólito e irritante: mientras la nación vive uno de los más períodos más nefastos y hostiles, carcomida por la inflación, por el empeoramiento de todos los servicios públicos y por el colapso inocultable y total del sistema de salud, Venezuela convertida en un reino donde la economía está absolutamente dolarizada, situación de la que no escapan los pequeños intercambios que hacen posible la vida cotidiana, mientras las realidades del empobrecimiento se profundizan minuto a minuto, Donald Trump, con desparpajo inconcebible, declara y repite que los venezolanos estamos felices y que las cosas en el país están mejorando aceleradamente.

En la Venezuela feliz -según afirma con rotundidad el gobierno de Estados Unidos-, el Centro de Documentación y Análisis Social de la Federación Venezolana de Maestros (CENDAS) informa esta misma semana, que el costo de la canasta familiar supera los 770 dólares. Y es probable que, el domingo 21 de junio, cuando este artículo será publicado, esa cifra haya sido superada. Este es solo uno de los ejemplos que podrían anotarse de la grotesca brecha entre el supuesto de una ciudadanía «feliz» y el veloz deterioro que abruma las necesidades más básicas de millones y millones de familias.

Hay otros dos indicadores de enorme significación que hoy quiero recordar aquí. Aunque fue publicado hace algunas semanas, de inmediato perdió visibilidad en la opinión pública: me refiero al informe «Radiografía del Emprendimiento en Venezuela», realizado por la Universidad Católica Andrés Bello -UCAB- y el Instituto de Estudios Superiores de Administración -IESA-, para el Monitor Global de Emprendimiento -GEM-. Basta con señalar que la Tasa de Actividad Emprendedora Temprana, continúa cayendo de forma irremediable: en el 2023 fue de 22,7%; en 2024 de 11,7%; en 2025 bajó todavía más, a 7,7%. El otro dato, doloroso y terrible, es que la cifra de 2,7 millones de emprendedores que había en 2024 se redujo a 1,4 en 2025, es decir, 1,3 millones abandonaron o cerraron su actividad. ¿Hay que añadir algo más?

Sin embargo, solo lo dicho hasta aquí, desmiente la afirmación de que durante el Gobierno interino ha mejorado el flujo económico, dado que esa es su prioridad, y no la política, que podría -eso dicen los interesados- afectar las inversiones y el desenvolvimiento empresarial.

La democracia no puede esperar. Recuperarla es urgente

La Academia de Ciencias Políticas y Sociales, en la sesión correspondiente a su aniversario 111 (el 17 de junio), lo ha declarado con inequívoca claridad: la democracia no puede esperar. Recuperarla es urgente. La transición no puede continuar suspendida, porque solo iniciando un proceso real de transición podrán recuperarse las instituciones, garantizar la independencia y profesionalidad de los poderes públicos, acabar con los presos políticos y los falsos expedientes de persecución que se mantienen contra exiliados, presos políticos y otras decenas de miles de venezolanos que viven fuera de las fronteras.

Iniciar un proceso de transición no se resuelve con una declaración de intenciones ni con verborrea recurrente y sin cable a tierra

Iniciar un proceso de transición no se resuelve con una declaración de intenciones ni con verborrea recurrente y sin cable a tierra. Son hechos específicos: poner fecha a las elecciones; cambiar el directorio del CNE por uno que sea equilibrado, decente, técnico y que garantice elecciones transparentes y justas; es la liberación total de los presos políticos (¿hasta cuándo tendremos que repetir que esto no admite más demoras?); es la eliminación de los entes dedicados al espionaje, la represión y la tortura; es la restitución de los partidos políticos que el sistema judicial chavista destruyó; es, también, la restitución de las garantías como el derecho a reunión, a protesta, a circulación, a expresarse, a informarse y a opinar sin restricciones.

Cuando se examina el estado de las libertades políticas hoy en Venezuela, el diagnóstico es claro: no hay avance alguno. No hay debate democrático, no hay apertura política, los medios del Estado siguen secuestrados por el régimen y su Gobierno interino. Los cuerpos policiales y los servicios de inteligencia continúan espiando, fabricando expedientes, siguiendo a dirigentes sociales y políticos. El asedio y chantaje a los presos políticos -militares y civiles- y a sus familiares continúa. Los jueces, principales extorsionadores, continúan con su sucia matraca, sin que nada ni nadie lo impida o lo castigue.

Lo que tenemos, como bien lo dijo Laureano Márquez en un evento en el que coincidimos en Madrid, es «un respirito». No más. Pero ese «respirito» no es sino eso: nada que nos acerque ni acelere el camino hacia la transición.