Fundado en 1910
Roberto Starke
AnálisisRoberto StarkeBuenos Aires

La grieta invisible entre Washington y Jerusalén

El presidente estadounidense no ha roto con Israel, pero ha comenzado a hablar de Netanyahu con una crudeza poco habitual en un mandatario republicano. Ahí está el dato realmente importante

Trump y Netanyahu en la Knéset

Trump y Netanyahu en la KnésetAFP

Mientras Donald Trump, fiel a su estilo, despliega críticas cada vez más ásperas contra Benjamín Netanyahu, el deterioro de la relación entre Washington y Jerusalén parece ir mucho más allá de las clásicas rencillas personales a las que el presidente estadounidense nos tiene acostumbrados.

La tensión actual no puede reducirse a una disputa de egos entre dos líderes habituados a ejercer el poder mediante la confrontación. Lo que empieza a emerger es algo más profundo: una de las grietas más delicadas en la relación entre Israel y Estados Unidos desde la consolidación de su alianza moderna.

Durante décadas, Israel ocupó un lugar casi irremplazable en la estrategia estadounidense en Medio Oriente. En la segunda mitad del siglo XX, era el aliado confiable de Washington en una región atravesada por nacionalismos árabes, alineamientos soviéticos, crisis petroleras y guerras convencionales. La Guerra de los Seis Días, en 1967, y la Guerra de Yom Kipur, en 1973, consolidaron la imagen de Israel como una potencia militar excepcional, capaz de operar con una eficacia valiosa para los cálculos estratégicos de Estados Unidos.

Pero la realidad de Medio Oriente ha cambiado. Las monarquías del Golfo, durante años vistas como socios energéticos incómodos y necesarios, han empezado a ocupar un lugar mucho más ambicioso en la arquitectura regional estadounidense. Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Kuwait, Bahréin y Omán ya no son solo economías petroleras que compran protección. Son plataformas financieras, logísticas, militares y tecnológicas capaces de ofrecer a Estados Unidos algo que Israel no puede entregar en la misma escala: profundidad regional, acceso territorial, inversiones masivas y una relación más flexible con las nuevas prioridades de Washington.

Trump entendió esa transformación antes que buena parte del establishment republicano. Arabia Saudí anunció compromisos de inversión y comercio con Estados Unidos por cientos de miles de millones de dólares. Emiratos Árabes Unidos, por su parte, comprometió un marco de inversión de 1,4 billones de dólares durante la próxima década, con énfasis en inteligencia artificial, semiconductores, energía e infraestructura manufacturera.

La reciente confrontación con Irán terminó de mostrar el punto: Estados Unidos ya no depende de Israel como único eje operativo confiable en Medio Oriente. Buena parte de su arquitectura militar regional descansa sobre bases, puertos, rutas aéreas e instalaciones ubicadas en países árabes. Durante la crisis con Teherán, esos socios ofrecieron espacios estratégicos para sostener operaciones, contener represalias y coordinar respuestas defensivas.

De repente, Washington se encontró con una evidencia difícil de ignorar: sus aliados en Medio Oriente eran más numerosos, más ricos y operativos de lo que Israel estaba dispuesto a admitir.

Las palabras de Trump en las últimas semanas parecen moverse en esa dirección. El presidente estadounidense no ha roto con Israel, pero ha comenzado a hablar de Netanyahu con una crudeza poco habitual en un mandatario republicano. Allí está el dato realmente importante. En política internacional no hay amistades eternas, sino intereses que sobreviven mientras resulten útiles. Y el hecho de que Trump hable de un gobierno israelí con una dureza impensable hace apenas unos años revela hasta qué punto la relación estratégica se ha deteriorado. Para Israel, la situación es más que preocupante.

En Estados Unidos, su imagen se ha desgastado tanto entre demócratas como entre republicanos, aunque por razones distintas. En la tolda azul, las críticas al Gobierno israelí se han vuelto cada vez más severas debido al carácter de su intervención en Gaza. Pero en la tolda roja, el problema es diferente, aunque no necesariamente menos grave: una parte del nacionalismo MAGA empieza a mirar a Israel no como un aliado sagrado, sino como otro actor extranjero que intenta arrastrar a Estados Unidos hacia guerras ajenas.

Allí, el viejo reflejo proisraelí del conservadurismo estadounidense convive ahora con un aislacionismo más áspero, una desconfianza hacia los compromisos externos y, en sus márgenes más oscuros, con formas renovadas de antisemitismo.

La ironía es evidente. Muchos nacionalistas israelíes creyeron que Trump llegaría para estrechar todavía más la relación con Jerusalén, sin advertir que el MAGA no estaba diseñado para defender los intereses de Israel, sino para subordinar toda alianza al cálculo inmediato de utilidad para Estados Unidos. Los gobiernos israelíes parecen haber confundido cercanía partidaria con seguridad estratégica. Esa fue una mala lectura.

Incluso los aliados más cercanos deben adaptarse cuando cambia el equilibrio estratégico que los sostiene. Israel podía ser un socio indispensable, pero no podía imponer indefinidamente a Washington los tiempos, costes y límites de la guerra. La protección estadounidense también venía acompañada de disciplina.

Netanyahu parece haber olvidado esa regla. O quizás creyó que su relación personal con Trump le permitiría esquivarla.

Pero Trump no es un amigo de Israel. Tampoco es necesariamente un enemigo. Es algo más simple e impredecible: un presidente que lee las alianzas como transacciones, que exige beneficios visibles y que no parece dispuesto a pagar costes políticos, militares o económicos por un socio que considera desalineado con sus prioridades. Si Israel deja de funcionar como activo estratégico y empieza a ser percibido como una carga, incluso el gobierno más proisraelí en apariencia puede comenzar a tomar distancia.

Durante décadas, Israel cultivó vínculos emocionales, religiosos, militares e ideológicos con Estados Unidos. Esa red todavía existe y no desaparecerá de un día para otro. Pero la política internacional rara vez perdona a quienes confunden el afecto con el poder. Los israelíes deberían preocuparse menos por cosechar amistades en Washington y más por reconstruir los intereses compartidos con Estados Unidos. Porque las amistades se erosionan, los liderazgos cambian y las coaliciones electorales se transforman. Los intereses, en cambio, pueden sobrevivir.

La relación entre Israel y Estados Unidos no está necesariamente rota. Pero sí ha dejado de ser automática. Y ese matiz puede definir el futuro de Medio Oriente. La alianza que durante décadas pareció moverse por reflejos casi naturales hoy empieza a someterse a una pregunta más fría: ¿qué obtiene Washington a cambio de seguir pagando los costos de Israel?

En la respuesta a esa pregunta se juega buena parte del nuevo equilibrio regional. Porque en el Medio Oriente de Trump, las alianzas ya no se miden por la historia que las fundó, sino por la utilidad que aún pueden ofrecer. Y si Israel no entiende esa transformación, podría descubrir demasiado tarde que el aliado más importante de su historia ya no está dispuesto a comportarse como un amigo, sino como una potencia.

Roberto Starke es socio-director de Infomedia Consulting, Buenos Aires, Argentina

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas