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Cuba: En medio de la total desesperanza

Como hormigas locas, van de un lado a otro como si fueran a encontrar, por arte de magia, un indicio de suerte, y poder vender algún artículo personal para luego invertir en el alimento del día. En sus mentes, el rostro hambriento de sus hijos los atenaza

La Habana (Cuba)

Manifestación en Cuba en apoyo al régimen castrista

Manifestación en Cuba en apoyo al régimen castristaAFP

La calamidad es la única realidad para el cubano de a pie. Como si fuera poco, acaba de desconectarse la red nacional eléctrica. Aun con los constantes apagones de veinticuatro horas, cuarenta y ocho, setenta y dos y más, los cubanos esperaban las dos o tres horas de energía para recargar sus teléfonos y algunos ventiladores. Porque ya a nadie se le ocurre comprar alimentos congelados que no sean para ser procesados en el día.

Salimos a la calle y los rostros de las personas son el reflejo de las tantas noches de sudor que les impiden conciliar el sueño. Como hormigas locas, van de un lado a otro como si fueran a encontrar, por arte de magia, un indicio de suerte, y poder vender algún artículo personal para luego invertir en el alimento del día. En sus mentes, el rostro hambriento de sus hijos los atenaza. No quieren volver a sus casas y enfrentarlos. Algunos lloran de hambre.

Sentado en un contén de las calles Infanta y Neptuno, veo a un señor que no deja de mirar al piso. Luego de rebasarlo, regreso. Está tieso. Buenas tardes, le digo. El hombre no mueve la cabeza, solo ladea la mirada y mira mis pies. Se queda mirando mis zapatos. Y como si fuera trepando, lentamente, va subiendo la mirada por mis piernas hasta llegar a mis ojos. A la gente no le gusta porque todos quieren algo, me dice con voz queda. Y la pena que me da es que no tengo nada que brindarles. Y me observa con más interés: Aunque por la «pinta», tú pareces no necesitar nada, dice y se me queda mirando a la sortija. ¿Eso qué significa? Pregunta por el águila bicéfala en relieve. Pertenezco a una fraternidad, le respondo. ¡Ah, eres masón! Asiento con un movimiento. Mi abuelo fue masón, me dice. ¿Y qué haces aquí?, inquiero. Levanta los hombros: Rezo. Dice y hace una pausa larga. Espero que llegue un bendito ciclón y me lleve bien lejos de toda esta porquería que me ha tocado vivir. Ya agoté la reserva de mi paciencia.

¿Qué hicimos para que tantas generaciones de cubanos paguemos tan larga agonía?

No le digo más nada. Por supuesto que entiendo lo que expresa. Sacó la cartera y levanta el brazo mientras niega. No estoy pidiendo limosna, me aclara. Por supuesto que no, le rectifico, lo estoy haciendo porque de cierta manera somos familia. Aunque de distintas generaciones, tu abuelo fue hermano fraternal mío y es mi deber. Gracias, pero si la acepto, me voy a sentir peor. Yo solo rezo para pedirle a Dios que entienda que ya estoy de más aquí y disponga de mí. Y vuelve a la posición en que lo encontré.

En respeto, solo le palpo el hombro. Dejo a su lado algún dinero; si no le sirve a él, ayudará a otro cualquiera. Me alejo cabizbajo, también haciéndole preguntas a Dios que solo él nos puede responder. ¿Qué hicimos para que tantas generaciones de cubanos paguemos tan larga agonía?

Me siento en un parque frente al malecón. Cerca, unos niños arrastran una carretilla con un tanque plástico lleno de agua que venden. Me abstraigo y me interrumpe un bulto delante de mis ojos. Una señora me ofrece su maní en venta. Dice que va a aprovechar el banco, la sombra y mi perfume para tomarse un descanso. Le sonrío. Es evidente que fue una mujer hermosa en su juventud. Le hago preguntas. Las respuestas son las mismas de casi todos. Es como si le hubieran escrito un guion y todos recitan de memoria.

¿A qué tú te dedicas?, indaga. Soy escritor, le digo. Lo sabía, hablas diferente. ¿Diferente?, digo a media sonrisa. Sí, hablas como si fueras extranjero. Entonces termino de reírme. Hablas con educación. Los cubanos han asumido la chabacanería como normal.

Si no vendo estos manís, hoy no como, así que me largo. Se aleja luego de comprarle diez maníes que reparto entre los niños del parque.

Desde que comenzaron los apagones, los cubanos se han volcado a vivir en la puerta de sus casas, en los balcones, azoteas, portales, cualquier lugar que les garantice un poco de aire fresco. Las habitaciones son insoportables, y las camas, peor.

Sin electricidad no se puede bombear agua. La que entra a las cisternas por gravedad; los pocos que poseen cisternas la extraen con cubos. Los que no la tienen, comienzan a usar las decenas de pomos guardados para este tipo de momento extremo. Cuando se termine, ojalá el Sistema Eléctrico Nacional vuelva al procedimiento de dos horas diarias de electricidad, con suerte; si no, cada dos o tres días el alumbrón.

El sudor pegado a la piel es lo cotidiano. Tan cotidiano como las personas pidiendo dinero en la calle: ancianos, mancos, con enfermedades en las piernas, síndrome de Down. Todos con rostros de desesperación.

En el semáforo vuelvo a encontrarme con el señor en sillón de ruedas. Me había entregado una carta, la primera vez que me le acerqué, contándome su historia de vida. Luego de padecer un accidente, quedó inválido, mudo y sordo. Es diseñador graduado en la escuela de arte más importante de Cuba.

Su carta dice más que todo lo que me esforcé yo por hacerles creer, que luego de 67 años de férrea dictadura, donde pensar diferente es un delito, vivimos las peores de las calamidades porque siempre nos ha dirigido un gobierno corrupto. Un país en el que, por exigir derechos elementales de manera pacífica, tenemos a más de 1 200 presos políticos.

El artista inválido no quiere seguir viviendo de la limosna, quiere trabajo, ser útil. Lo miro y pienso que, ojalá pronto, suceda una transformación en Cuba, donde las personas puedan subsistir por sus habilidades, intelecto y esfuerzo.

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