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Ese oscuro objeto del deseo en Venezuela: negocios, contradicciones y la palabra de Trump en tiempos de colera

Los cerca de nueve millones de venezolanos exiliados por el mundo creyeron apreciar en la «extracción» de Nicolás Maduro el principio del fin de la dictadura. Hoy, junto con los que permanecen dentro, tienen sus dudas

Maria Corina Machado, en una foto de archivoEuropa Press

Venezuela se ha convertido en un campo de exterminio natural y político. Lo que sucede en esta tierra prometida convertida en tragedia, resulta confuso, desconcertante, farragoso y difícil de digerir salvo para aquellos que tengan un estómago a prueba de cianuro.

En apenas siete meses el presidente Donald Trump ha pasado de ser el elegido, –por sí mismo–, para recuperar la democracia al aparente salvador de un régimen que ve en él y hasta en los terremotos, una oportunidad para su subsistencia.

Los cerca de nueve millones de venezolanos exiliados por el mundo creyeron apreciar en la «extracción» de Nicolás Maduro el principio del fin de la dictadura. Hoy, junto con los que permanecen dentro, tienen sus dudas.

Las tres fases expuestas por el secretario de Estado, Marco Rubio, para desembocar en unas elecciones generales libres, transparentes y justas, parecen deshacerse entre el deseo de unos, los intereses económicos y políticos de otros y el desencanto de la mayoría de los venezolanos.

El doble terremoto ha roto en mil pedazos el sueño, que ya venía diluyéndose, de alcanzar la democracia en un tiempo prudencial. Hay imágenes demoledoras que explican, parcialmente, ese escenario.

El encargado de Negocios de la embajada de Estados Unidos en Caracas, John M. Barrett, se agarra, en un gesto amistoso, al brazo de Diosdado Cabello, mientras supuestamente comentan sobre el terreno los daños del seísmo.

En el olvido queda la discusión con un rescatista, también estadounidense, con Cabello por impedirle pasar a una zona donde se creía que todavía había gente con vida. El periodista Carlos Salazar lo justifica porque en ese estructura estarían las «caletas» del ministro, los escondites con oro a punta pala, cocaína y sacas de dólares.

También sepultada en la memoria de la Administración Trump queda anulado el recuerdo de que son ellos los que ofrecen 25 millones de dólares por la cabeza de Diosdado Cabello.

Los saqueos de los militares venezolanos entre los escombros de las casas se reproducen en los medios y en las redes sociales. Hay una escena que conmueve. La gente que lo ha perdido todo acorrala y obliga a los ladrones de uniforme verde oliva a romper los dólares que han hurtado de entre los muertos.

En la cárcel Rodeo I los familiares de los presos denuncian que siguen torturando a los suyos, que algunos han «desaparecido» y otros están «gravemente heridos», pero los mantienen en sus celdas a pesar de las constante réplicas que amenazan con derrumbes. El patio es para mantenerlo limpio.

El alcalde de Panamá, Mayer Mizrachi, puso un rastreador entre las 100 toneladas de ayuda humanitaria y descubrió que su destino no era el previsto. Alguno apareció en Maturín, a unos 400 kilómetros de Caracas, lejos de la zona del desastre.

Hay centros de acopio inmortalizados en vídeos sin distribuir. Nadie sabe cuántos cadáveres se ha tragado la tierra. El gobierno de la «presidenta encargada» los ha borrado de las estadísticas que facilita y nadie cree. De lo que no se habla no existe.

Barrett como si todo fuera normal, muy normal celebra públicamente lo bien que está trabajando el Gobierno de Delcy Rodríguez y su «compromiso» y «preocupación por cuidar a la gente».

El presidente Donald Trump niega la mayor de regreso de la cumbre de la OTAN y se hace el sorprendido cuando le preguntan por qué no ha permitido que María Corina Machado vuelva a Venezuela. «¿Pero, no entró?», respondió generando más desconcierto del que hay.

La «presidenta encargada» por Trump aprovecha el caos y designa a José David Cabello, hermano de Diosdado, al frente del sector petroquímico (una máquina de generar dólares). De paso, pide que se levanten las sanciones al país porque ahora ellos son víctimas, pero los que harán el caldo gordo son los victimarios que hacen la reclamación.

Las calculadoras de las constructoras de allá y del otro lado, anticipan beneficios descomunales para los elegidos a dedo para levantar edificios. El régimen se frota las manos con las propinas que se puede embolsar y se apresura a decirle a Colombia que no cuenta con ellos para este bussiness.

La apuesta de los hermanos Rodríguez y Diosdado de colar una imagen de seguridad, crecimiento y aceptación internacional, puede ganar enteros fuera (el Gobierno de Pedro Sánchez la sigue queriendo en la cumbre Iberoamericana de noviembre en Madrid), pero dentro está en número rojos.

El bolsillo no entiende de justicia o democracia si las garantías de inversión llevan el sello de Washington, pero el amigo americano, versión Bienvenido Mr. Marshall, parecería que está a un paso de perder la ilusión que había despertado entre la población que lleva 27 años padeciendo al régimen. La cólera entre la población irá a más tras el terremoto que ha destapado la naturaleza genuina de la dictadura.

Las petroleras se animan con la idea de «estabilidad», aunque mantienen la cautela. Las explotaciones mineras, los bancos, las multinacionales, saben que hay futuro para las arcas de unos y otros, ¿esté quien esté en el Palacio de Miraflores?

Atravesado en ese juego perverso sacan la cabeza y afilan la lengua periodistas sin escrúpulos, medios que hablan de María Corina Machado como si fuera Delcy Rodríguez y a la inversa. ¡Cómo hemos cambiado!

Seguimos, oficialmente, en la fase dos de estabilización de Venezuela con la promesa de convocar primero elecciones regionales con y para Delcy Rodríguez . También sigue la promesa –¿será cierta?– a María Corina Machado de que volverá. Hay miedo de que llegue demasiado tarde. Pero sólo queda esperar, trabajar para que Trump asuma que ella está más cerca de la solución que del problema y tragar, aunque algunas gotas de cianuro se filtren en el menú.