Ceuta anegada
Las regularizaciones se ven desde fuera como capitulaciones del Estado de derecho ante la fuerza de los hechos, y tienen como consecuencia un efecto llamada en el norte de África
Inmigrantes ilegales durante el asalto a la ciudad de Ceuta
La ciencia, en su inacabable esfuerzo para destruir los mitos creados por la humanidad para explicar lo inexplicable, descubre a veces que, debajo de lo que parece fantasía, hay realidades perfectamente demostrables. Ese es el caso de las olas gigantes que, según contaban los viejos marinos, aparecían cuando nadie lo esperaba y ponían en peligro a los buques que se relajaban a la vista del aparente buen estado de la mar.
Hoy sabemos que el fenómeno, puntual y de breve duración —he navegado mucho y nunca tuve la mala suerte de sufrirlo— se justifica por la superposición temporal de varios frentes de olas de distintos orígenes, dimensiones y procedencias. En determinados momentos, el azar quiere que se sumen los efectos de todas ellas en perjuicio del navegante imprudente. Y, aunque el azar no haya tenido nada que ver en el caso que nos ocupa, eso es precisamente lo que ha ocurrido con la ola humana que ha anegado Ceuta el pasado jueves.
Dos mares cruzados
La ciudad autónoma sufre permanentemente los embates de dos mares cruzados. Dos mares de fondo, que vienen de lugares lejanos. El primero de ellos nace en Madrid, donde un Gobierno débil que lucha por su supervivencia toma decisiones irresponsables sobre la gestión de la inmigración. La gota que quizá ha desbordado el vaso en esta ocasión concreta ha sido el proceso de regularización masiva que, esquivando el voto del Congreso y ante los recelos de toda Europa, se ha puesto en marcha el pasado mes de abril.
Decisiones así son las que más hacen por encrespar la mar de fondo en las ciudades autónomas. Sean cuales sean las razones que aduzca el Gobierno, las regularizaciones se ven desde fuera como capitulaciones del Estado de derecho ante la fuerza de los hechos, y tienen como consecuencia un efecto llamada en el norte de África que compromete la integridad de las fronteras españolas. Fronteras que, afortunadamente —porque seguramente ha sido Bruselas quien, en esta ocasión, ha doblado el pulso del rey de Marruecos—, también son las fronteras de Europa.
La otra ola viene de Rabat. No es nueva la estrategia híbrida con la que Marruecos obliga al actual Gobierno de España a hacer concesiones en todos los ámbitos de nuestra política exterior, desde el Sáhara Occidental hasta las relaciones con Argelia, pasando por los espacios de soberanía y sin olvidarnos —los detalles importan— del irreparable olvido de la conmemoración del desembarco de Alhucemas. Hacer la vista gorda en la frontera es una de sus armas favoritas para castigar nuestros pequeños conatos de rebeldía, pero ¿hasta sumar 60.000 personas?
Es posible que a los gobernantes de Marruecos se les haya ido la mano, pero ni siquiera de eso podemos estar seguros. Vivimos tiempos revueltos, de esos que endurecen la mar. Tiempos que Rabat aprovecha para hacer amigos —lo de dar a una autopista el nombre de Donald Trump me parece un poco ruin pero, conociendo el percal, seguramente es eficaz— mientras el Gobierno de España se pone el mundo por montera irritando con su moralina a nuestros socios europeos y predisponiendo en nuestra contra al de por sí malavenido aliado americano.
Nuestros gobernantes, muchos de ellos niños cuando «La bola de cristal» había sustituido a «Los Chiripitifláuticos» en nuestras televisiones, no deben de haber prestado atención a uno de los eslóganes preferidos del programa: «solo no puedes, con amigos sí».
Los vientos locales
A esas dos mares de fondo, de por sí complicados, hay que sumarles las marejadas locales. Hay, es verdad, unas mafias de la inmigración que se benefician de todo esto. Tanto Marruecos como España, en sospechosa armonía, han tratado de echar balones fuera acusándoles a ellos de lo que ocurre. Pero, además de que la ola que hemos visto va mucho más allá de sus capacidades —no se puede culpar de los tsunamis a los niños que chapotean en las playas— la cosa no tiene demasiado sentido. Responsabilizar a las mafias de sus crímenes es como culpar del tráfico de drogas a los narcotraficantes. A eso se dedican ellos, es verdad, pero son los gobiernos los que tienen la responsabilidad de ponerles freno.
Aguantando la mar
Para enfrentarse a esa combinación de mares están las estructuras del Estado. Por desgracia, poco ha contribuido en esta ocasión el Tribunal Supremo, en una sentencia que, por más que la acatemos, no la entendemos. Prohibir la devolución en caliente de los que llegan por mar mientras se autoriza la de quienes saltan la valla podrá explicarse por la letra de la ley, pero no por la lógica de la inmigración. ¿Trepando sí, pero nadando no? Seguramente no es culpa de los jueces, y bien harían los señores diputados en justificar su sueldo enmendando lo que haga falta… pero me temo que la actual mayoría preferirá marear la perdiz —colocando boyas adicionales para presionar a los jueces, más que a los inmigrantes— antes que justificar sus indefendibles posiciones en un debate público ante los españoles.
Si el Gobierno no responde, los tribunales no colaboran y el Congreso se va de vacaciones, la responsabilidad de resistir a la marea humana que ha anegado Ceuta recae en la práctica sobre unas Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado que solo están dimensionadas para resistir la marejada local, apoyadas por unas Fuerzas Armadas que, sin reglas de enfrentamiento que potencien su capacidad disuasoria, apenas pueden contribuir a achicar la inundación cubo a cubo en un esfuerzo tan estéril como el del niño del conocido relato de San Agustín.
Poco me parece para combatir esa ola gigante, que no vimos venir pero que, a posteriori, se explica con facilidad como lo que es: la suma de la irresponsabilidad del Gobierno de España, la mala fe del de Marruecos, la avaricia de las mafias y, si no el error, la inoportunidad del Tribunal Supremo.
Las aguas, es verdad, volverán a su cauce… pero dejarán tras su paso tierra mojada. Como ocurre en el este de Europa con los drones y los misiles rusos, cada nuevo episodio contribuye a que nos vayamos acostumbrando a lo inadmisible. La próxima vez, quizá celebremos que solo sean 20.000. Es hora de reconocer que, en la guerra híbrida con Marruecos, vamos perdiendo. Las olas siguen batiendo las fronteras en Ceuta y en Melilla y, si me permite el lector que se lo diga, mejor cambiar de rumbo ahora, cuando aún estamos a tiempo, que lamentar un día la pérdida del buque.