Los cuervos de Rabat
Ceuta demuestra que la primera frontera que ha perdido España no está en África. Está en La Moncloa
Pedro Sánchez, junto al primer ministro marroquí Aziz Akhannouch, ante un cuadro de Mohamed VI
Sesenta mil personas no aparecen por casualidad delante de una frontera. Esa avalancha no se explica con un rumor de WhatsApp, una sentencia del Tribunal Supremo o como una obra de unas mafias. Es, sobre todo, una demostración de fuerza del crecido vecino del sur tras ocho años de una política exterior basada en concesiones permanentes a Mohamed VI. Desgraciadamente las fronteras no se defienden con un vallado. Se defienden dejándole claro al vecino que se van a defender, por las buenas o por las malas.
Marruecos acaba de recordar a España que dispone de un arma mucho más eficaz y barata que cualquier división acorazada: la capacidad de abrir —o simplemente dejar entreabierta— la válvula migratoria cuando considera que le conviene.
Lo ocurrido recuerda inevitablemente a la crisis de Ceuta de mayo de 2021, cuando miles de personas cruzaron la frontera tras la relajación de los controles marroquíes. Aquel episodio demostró que la presión migratoria puede utilizarse como instrumento de influencia política sin necesidad de recurrir a medios militares.
Pedro Sánchez ha atribuido la situación a las mafias, a la desinformación e incluso a interpretaciones de una reciente sentencia del Tribunal Supremo, evitando señalar la evidente responsabilidad que corresponde a las autoridades marroquíes en el control de su propio territorio y su propia responsabilidad por las políticas suicidas en el tema migratorio, de regularizaciones y nacionalizaciones. Todo ello al tiempo que ha bailado el baile de la música dictada desde Rabat desde que llegó al Gobierno.
Conviene aclarar que la mentada resolución del Tribunal Supremo no obliga a España a abrir sus fronteras. La sentencia se refiere al respeto del marco jurídico y de las garantías legales en determinadas actuaciones administrativas en lo aplicable a las llegadas a nado; no elimina el deber del Estado de controlar sus fronteras ni explica una movilización de semejante magnitud. Además, el Gobierno de Sánchez, tan aficionado en otras ocasiones al uso autócrata de los Reales Decretos, sabe que puede modificar la ley de extranjería, o convocar en 15 días plenos del Congreso y del Senado, para aprobar una modificación de la ley en lectura única.
Las tonterías con Washington no salen gratis
Las crisis internacionales nunca ocurren en el vacío. España atraviesa un momento de evidente desgaste diplomático con Washington. La administración Trump ha criticado reiteradamente el insuficiente esfuerzo español en defensa y ha llegado a cuestionar públicamente el mantenimiento de determinadas capacidades militares estadounidenses en territorio español. No significa que esas medidas vayan a adoptarse, pero sí refleja un deterioro de la relación política.
Además, las suicidas políticas migratorias de Sánchez y Marlaska han logrado que la narrativa, tanto en Washington como a nivel internacional, sea evitar las criticas a Marruecos y enfocarse (correctamente) en las consecuencias evidentes de los irresponsables procesos de regularización y nacionalización y la política de fronteras abiertas de nuestro querido gobierno. Se habla ya, y con razón, de aislar a España del resto de Schengen.
Italia y Finlandia, al contrario que Sánchez, han respondido de forma muy distinta ante presiones migratorias. Ambos países han reforzado el control de sus fronteras al considerar que la primera obligación de cualquier Estado consiste en garantizar su soberanía territorial. Puede discutirse el alcance de sus medidas (p.ej. el Guantánamo Albanes de Meloni), pero no el principio que las inspira. Y, como gobiernos responsables que son, no quieren que las tonterías españolas afecten a su seguridad nacional. Mientras tanto, el listo de Albares, en vez de convocar (o expulsar) al embajador marroquí, ha optado por montarla con el italiano. Es, sinceramente, el mundo al revés.
En EE.UU. el regalo de Sánchez a Trump es evidente. Nada más ocurrir la invasión, la Casa Blanca, el Departamento de Estado y los candidatos republicanos están usando las imágenes de Ceuta como argumento para los midterms. La narrativa es más o menos que si se vota de nuevo a los demócratas, sobre todo a los candidatos de los socialistas demócratas, EE.UU. puede convertirse en España. Marruecos no tiene la culpa de nada. Son las políticas de extrema izquierda españolas las que han dado pie a la crisis.
En otras palabras, Ceuta ha dejado de ser únicamente un problema español. Se ha convertido en un argumento de campaña en Estados Unidos. Difícilmente podía imaginar Sánchez un regalo electoral mayor para la Casa Blanca.
Más allá de los argumentos políticos, la crisis ha hecho que se reabra el debate sobre la soberanía de Ceuta y Melilla. De hecho, varios senadores republicanos ya han abierto el debate en la esfera pública. Para más INRI, en Washington ya han surgido voces que plantean excluir a España del programa ESTA de exención de requerimiento de VISA.
Mientras España se suicida, Marruecos se aprovecha
Como cualquier estado inteligente, Rabat aprovecha los momentos en los que percibe menor capacidad de disuasión de su vecino para reactivar sus reivindicaciones históricas. Esa lógica forma parte de lo que hoy se conoce como guerra híbrida: utilizar presión migratoria, económica o diplomática para obtener ventajas estratégicas manteniendo siempre un margen de negación. Y lo hace en un contexto en el cual se ha convertido un interlocutor preferencial en el mundo musulmán para EE.UU. e Israel.
También conviene recordar que la utilización de la inmigración como instrumento de presión no es un fenómeno nuevo en las relaciones entre España y Marruecos y debería haber sido previsto por el Gobierno español.
Desde Perejil en el 2002, hasta Ceuta en el 2021, por no hablar de la cuestión del Sáhara Occidental o de la Marcha Verde de 1975, Rabat siempre ha utilizado la misma estrategia: Avanzar hasta que alguien le obligue a detenerse. La pasividad (o incluso colaboración) de las fuerzas marroquís ante el pulso migratorio son prueba de que el gobierno de Rabat no ha sido ajeno a esta crisis.
A Sánchez tampoco le vale actuar como si esta crisis nos hubiera pillado desprevenidos. Tanto el CNI, como el CIFAS (ejércitos) y el CENIF (policía) llevaban meses avisando sobre una posible movilización de gran magnitud sobre el territorio ceutí. En lugar de reforzar la presencia policial en el enclave o preparar planes de contingencia, se optó por mantener la escuálida presencia de las fuerzas de seguridad.
Cría Cuervos…
Las concesiones unilaterales rara vez reducen las ambiciones geopolíticas de un vecino. Más bien transmiten la idea de que la presión funciona. Y cuando funciona, suele repetirse. Y el alauí se sabe muy bien esa lección.
Marruecos no ha descubierto ninguna debilidad nueva. Simplemente ha comprobado que sigue ahí. Durante ocho años el Gobierno ha confundido prudencia con cesión, diplomacia con sumisión y estabilidad con silencio.
La consecuencia era perfectamente previsible. Porque en política internacional la debilidad nunca compra paz. Solo compra, si eso, tiempo. Y, normalmente ese tiempo lo aprovecha el vecino para preparar el siguiente movimiento.
Hay refranes que sobreviven siglos porque describen mejor la condición humana que muchos tratados de Relaciones Internacionales. «Cría cuervos … y acabarán sacándote los ojos.» Parece que nuestro particular cuervo marroquí está empezando a validar el refrán.