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El Congreso de EE.UU. respalda a Mohamed VI en su reivindicación de Ceuta y Melilla: «Territorio marroquí»

Avala que Marco Rubio «facilite» el diálogo entre Rabat y Madrid sobre el «futuro estatus» de las dos ciudades españolas, días después de que Donald Trump evocara el Desastre del 98

El texto avala que Marco Rubio «facilite» el diálogo entre Rabat y MadridEl Debate

Marruecos fue el primer país en reconocer la independencia de los Estados Unidos, en 1777, y el Tratado de Paz y Amistad de 1786 es el más antiguo en vigor de la diplomacia norteamericana. Tan activo como entonces, 250 años después, Washington no ha dejado de corresponder a su primer aliado, y en demasiadas ocasiones a costa de España, sin cuya participación aquella guerra habría sido mucho más difícil.

Días antes de la invasión de Ceuta, la Comisión de Asignaciones de la Cámara de Representantes «observa» en su informe presupuestario que las ciudades «administradas por España están situadas en territorio marroquí» y «respalda los esfuerzos del secretario de Estado para facilitar la implicación diplomática» entre Marruecos y España sobre su «futuro estatus». El mismo texto invoca la alianza de 1786 y reserva a Rabat no menos de veinte millones de dólares en seguridad y financiación militar.

El documento acompaña a la ley de gastos de Seguridad Nacional, del Departamento de Estado y programas conexos para 2027, ahora negociada en el Senado: 47.300 millones de dólares aprobados el 15 de julio por 217 votos frente a 209, con todos los republicanos a favor salvo uno, Thomas Massie, al que Donald Trump se afanó en tumbar en las primarias de las elecciones legislativas a través de su candidato, Ed Gallrein.

Se trata de la primera vez que el Congreso de los Estados Unidos adopta y pone por escrito las reivindicaciones territoriales de Mohamed VI. El promotor del texto es Mario Díaz-Balart, vicepresidente de la Comisión de Asignaciones, presidente del subcomité que financia la diplomacia americana, republicano de Florida e hijo del exilio cubano. Por encima de todo, uno de los congresistas más cercanos a Marco Rubio, que ya en abril defendió que Ceuta y Melilla «no están en la geografía española, sino en la marroquí».

En el mismo sentido, Michael Rubin, del American Enterprise Institute y el Middle East Forum, ha reclamado que Trump declare Ceuta y Melilla «territorios marroquíes ocupados» y ha sugerido que Rabat organice sobre ellas una nueva Marcha Verde. El mismo think tank teoriza el uso de Marruecos «como palanca» frente a una España «poco fiable».

Del Desastre del 98 al Sáhara

El documento del Capitolio y la manufactura del relato de Ceuta como «colonia arrebatada a Marruecos» coinciden con las menciones de Donald Trump al Desastre del 98. La primera, el 2 de julio, en vísperas de la cumbre atlántica de Ankara, cuando sostuvo que España «no se está portando bien», pero «pronto aprenderá», y mencionó a Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam, de los que, dijo, «renunciaron a su control». La segunda, dos días después, durante la celebración del Día de la Independencia, cuando recordó el día en que su país «mandó al fondo de la bahía de Manila a la flota española», equiparándolo con «hundir toda la Armada iraní en un instante».

Unos comentarios coherentes con el espíritu de su segundo mandato, esbozado mucho antes, el 20 de enero del año pasado, en su discurso de investidura, cuando señaló como modelo a William McKinley —«hizo muy rico a nuestro país mediante aranceles»—, presidente entre 1897 y 1901.

Años atrás, durante los últimos días de su primera estancia en la Casa Blanca, el republicano reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental a cambio de que Rabat normalizara relaciones con Tel Aviv en el contexto de los Acuerdos de Abraham. Israel correspondió con su propio reconocimiento en 2023. Además, el 31 de octubre de 2025, a iniciativa estadounidense, el Consejo de Seguridad de la ONU consagró el plan de autonomía marroquí como base de la negociación. «Hay un antes y un después», celebró Mohamed VI, que hizo de la fecha fiesta nacional.

De manera nada casual, la postura española quedó fijada por Pedro Sánchez en marzo de 2022, en una carta a Mohamed VI que hizo pública el gabinete real: el plan de autonomía marroquí es «la base más seria, realista y creíble» para resolver el contencioso. Medio siglo de neutralidad liquidado sin pasar por el Congreso, con todos los partidos en contra —socios de coalición incluidos— y Argelia retirando a su embajador de Madrid.

Cuando Sánchez y sus ministros sacan pecho por un final a medias del asalto, las reminiscencias de la Marcha Verde son demasiadas. En noviembre de 1975, con Franco agonizante, Hasán II lanzó sobre el Sáhara la primera Marcha Verde y Madrid firmó su retirada en una semana, con Washington y París impulsando aquellas negociaciones para evitar un Sáhara independiente.

De la Marcha Verde al 30 de julio

Mientras decenas de miles de jóvenes marroquíes invadían Ceuta, en el aniversario de la entronización de Mohamed VI, Trump felicitaba al monarca presumiendo de haber «instruido» a sus equipos para «fomentar el desarrollo económico y social» con Marruecos, «incluido en la región (sic) del Sáhara Occidental», y la tecnología y la innovación americanas, para seguir siendo «socios de Marruecos durante los próximos 250 años».

Cuando en 2002 una docena de gendarmes marroquíes plantó dos banderas en el islote de Perejil, los acontecimientos se desarrollaron de manera diferente, al menos en apariencia. Al alba del 17 de julio, la operación Romeo-Sierra (por «Recuperar Soberanía») los desalojó en unos minutos y sin un disparo. El entonces secretario de Estado, Colin Powell, medió durante cuarenta y ocho horas; los legionarios se retiraron el 20 de julio y España tuvo que firmar en Rabat, por mano de Ana Palacio, la renuncia a cualquier símbolo de soberanía sobre el islote. Desde entonces, ninguna bandera ha vuelto a ondear en el peñón.

Si de la batalla de Perejil Rabat logró el relato de la disputa del peñón, del ataque en forma de invasión de 2021 sobre Ceuta obtuvo el giro de Pedro Sánchez sobre el Sáhara a cambio de unas aduanas que nunca terminan de abrir. Desde entonces, la relación con los Estados Unidos no ha dejado de empeorar hasta encontrarse en el peor momento de la democracia, justo cuando a Marruecos la Casa Blanca le promete otros 250 años de amistad.