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El fin de la «Doctrina Pulpo» y el cambio de estrategia para destruir el sofisticado entramado iraní

Más que un pulpo, el entramado iraní se asemeja a una «estrella de mar», capaz de hacer crecer un brazo nuevo e, incluso, de regenerarse por completo a partir de un solo fragmento

El Estado de Israel está rodeado de milicias apoyadas por el régimen de Irán

La «doctrina pulpo» es una estrategia geopolítica y militar que el entonces primer ministro de Israel, Naftali Bennett, reveló en una entrevista con la revista The Economist en junio de 2022.

Dicha estrategia consiste en dejar de centrarse en los «tentáculos», es decir, en los grupos «proxy» regionales o franquicias aliadas, para atacar directamente a la «cabeza», es decir, al centro de poder y estrategia principal, que, en el caso del conflicto de Oriente Medio, es Irán.

Según esta teoría, Israel decidió dejar de responder solo a las milicias de proximidad que le asediaban directamente, como Hamás en Gaza, Hezbolá en el Líbano o los rebeldes hutíes del Yemen, y trasladar operaciones encubiertas o directas al territorio iraní.

Sin embargo, tras casi medio año de guerra contra Irán, desde el 28 de febrero, ha quedado claro que la estructura del «pulpo» (cabeza y tentáculos) no es un sistema tan simple. Más que un pulpo, esta estructura se asemeja a una «estrella de mar», capaz de hacer crecer un brazo nuevo e, incluso, de regenerarse por completo a partir de un solo fragmento.

En Irán existe una «red densamente interconectada» y «autorreproductora», en la que la toma de decisiones puede concentrarse o reorganizarse en muchos lugares diferentes al mismo tiempo. Cuando asesinan a un líder, bombardean una planta de armamento o cortan una línea de suministro, los diversos grupos implicados se adaptan rápidamente: sustituyen al líder asesinado, cubren las capacidades para fabricar armas y restablecen las líneas de suministro a través de rutas alternativas.

Esta estructura, cada vez más sofisticada y flexible, ha permitido a los aliados de Irán adaptarse desde los ataques de Hamás del 7 de octubre

Incluso tras la devastación infligida por Israel a Hamás y Hezbolá desde la guerra de Gaza, el colapso del régimen de Asad en Siria o la campaña de bombardeos contra puntos neurálgicos de Irán, las capacidades de la República Islámica y sus brazos no se han visto afectadas.

La Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) ha desarrollado una estrategia para adaptar las capacidades de estos grupos insurgentes al siglo XXI. Por lo tanto, es poco probable que Irán y los grupos del eje sean derrotados por completo a corto plazo, e incluso que la amenaza que representan se vea limitada.

De hecho, estos días los rebeldes hutíes afirmaron haber atacado dos petroleros sauditas: uno en el mar Rojo, frente a la ciudad de Yanbu, y otro en el golfo de Adén. La ciudad de Yanbu, ubicada en el norte del mar Rojo, se ha convertido en el principal puerto de exportación de petróleo de Arabia Saudí desde que se bloqueara el estrecho de Ormuz.

El bloqueo anunciado por los hutíes amenaza la capacidad de exportación de petróleo de Arabia Saudí, lo que complica la situación de EE.UU. y le obliga a desarrollar una estrategia regional más intensa para hacer frente a la compleja red iraní. Washington debe plantearse ahora contener a Irán y a sus aliados no estatales más poderosos y limitar su capacidad de producción de tecnología de bajo coste empleada en los sistemas de armamento diseñados por Irán.

El problema es que los puntos estratégicos que facilitan la proliferación y el comercio de drones no están bajo control estadounidense. El enorme volumen del comercio de este tipo de armamento desde la guerra de Ucrania hace que sea casi imposible, incluso para EE.UU., rastrear estos envíos procedentes de China. En la mayoría de los casos, las piezas son adquiridas por sociedades ficticias anónimas, a menudo registradas en las denominadas «jurisdicciones de secreto» —lugares donde las leyes locales permiten constituir empresas sin necesidad de revelar públicamente su estructura de propiedad—, y transportadas en algunos de los entre cinco y seis millones de contenedores que navegan a diario por alta mar.

Estos contenedores se descargan y recogen en centros comerciales que priorizan la facilidad para hacer negocios frente al control de la carga o el cumplimiento de las sanciones. Cuando se sanciona a las sociedades ficticias, sus propietarios simplemente las cierran y constituyen otras nuevas.

Irán y sus aliados también siguen recurriendo al contrabando tradicional. Teherán cuenta con una importante red para enviar armas a grupos aliados por mar, tanto a través de contrabandistas en pequeñas embarcaciones como con su propia flota de buques portacontenedores. Existe una maraña de empresas internacionales que cuentan con una «flota en la sombra» de buques difíciles de rastrear, que realizan lo que se conoce como «viajes a ciegas» hacia el puerto iraní de Shahid Rajaee, atravesando el estrecho de Ormuz, con el beneplácito de Teherán.

Esta red ya transportaba cargas no identificadas a Siria antes del colapso del régimen de Asad, y su actividad se incrementó con la guerra de Siria. En la actualidad, siguen realizando envíos a puertos controlados por los hutíes en Yemen. Los buques están vinculados, a través de sociedades ficticias, a un empresario sirio que ha sido sancionado en repetidas ocasiones por transportar petróleo y dinero para Irán y sus franquicias, como Hezbolá.

EE.UU. e Israel ya no van a dar marcha atrás en este conflicto, pero la «doctrina pulpo» ya no les sirve como estrategia pues no estamos cerca de un colapso del régimen iraní. Las estrategias empleadas hasta el momento no son suficientes para destruir esta potente red, aun cuando la inteligencia norteamericana e israelí se emplea a fondo para frenarla.