España frente a Marruecos: la estrategia del avestruz
Lo ocurrido en Ceuta no es, por desgracia, una excepción. No termina de entender el Gobierno de España que una alianza significa un toma y daca, no un toma y toma.
Pedro Sánchez, ofrece una rueda de prensa tras ser recibido por el Rey de Marruecos, Mohamed VI, 21 de febrero de 2024
Todas las naciones sobre la Tierra tienen una estrategia que define sus intereses y alinea los distintos instrumentos del Estado para que contribuyan a alcanzarlos, muchas veces en dura competencia –no todo el mundo es bueno– con los demás jugadores del tablero geopolítico. ¿Todas? Bueno, siempre queda alguna pequeña aldea gala que, inmune a la lógica, prefiere una conducta injustamente atribuida al avestruz pero en absoluto inusual en la especie humana: meter la cabeza en un agujero y fingir que no existe lo que nos negamos a ver.
En el caso particular de España, esa estrategia del avestruz aplicada a nuestras relaciones con Marruecos se manifiesta de una manera particularmente retorcida. El problema no es que el Gobierno entierre su cabeza en la arena, sino que presiona sobre la nuestra para tratar de que no seamos capaces de interpretar lo que ocurre cada día en nuestras fronteras norteafricanas.
Una verdadera inocentada
La Estrategia de Seguridad Nacional de España, firmada –y ya es provocar– el día de los inocentes de 2021, cita en tres ocasiones a Marruecos. La primera de ellas me parece una obviedad innecesaria: «La cooperación con los vecinos fronterizos, Francia, Andorra, Portugal y Marruecos es especialmente relevante». La segunda, irreprochable pero inane, describe la situación de Oriente Medio al comienzo de la década, marcada por los acuerdos de Abraham: «Los acuerdos entre Israel y Emiratos Árabes Unidos, Bahréin y Marruecos en 2020 muestran la rapidez y profundidad de los cambios en la región». Sin embargo, la verdadera inocentada está en la tercera: «La relación de España con Marruecos y Argelia es de buena amistad, desde la premisa de la cooperación leal y el respeto a las fronteras mutuas». ¡Menos mal!
Desidia en la prevención
En un alarde de visión estratégica –y pido disculpas a los redactores por la ironía; bien sé que no es culpa de ellos– el documento reconoce que Ceuta y Melilla están «en el continente africano». ¡Bravo! Reconoce también que «por la especificidad de su frontera española y europea, requieren de una especial atención por parte de la Administración General del Estado». Esa necesidad se traduce en la formulación de una línea de acción concreta: «Elaborar un Plan Integral de Seguridad para Ceuta y Melilla». Por desgracia, y con toda probabilidad, esa era otra de las inocentadas del documento. Tiene que ser eso, porque es difícil de creer que no haya dado tiempo en los últimos seis años para darle a las ciudades autónomas esa «especial atención» si de verdad la necesitan.
Han pasado muchas cosas desde el 2021. Pequeñas cosas como la invasión de Ucrania, la guerra de Irán, el desplome de la ONU o el rearme de Europa que, a los ojos de un gobierno alérgico al debate público sobre las políticas de Estado, no parecen justificar una revisión de las líneas maestras de nuestra estrategia.
En ausencia de esa actualización, el Gobierno edita cada año un informe sobre seguridad nacional en el que analiza con algún detalle lo que ocurre a nuestro alrededor. Sorprenderá al lector leer este texto en el último de los publicados, solo tres meses antes de la avalancha sobre Ceuta: «En lo que se refiere a las rutas a las Ciudades Autónomas de Ceuta y Melilla, la presión migratoria se ha visto notablemente incrementada debido principalmente al fenómeno de nadadores que tratan de acceder sorteando el perímetro fronterizo a través del mar, lo que supone en sí mismo un grave riesgo para sus propias vidas». Parece que, después de todo, con o sin informes previos del CNI, alguien en el gobierno sí sabía lo que estaba ocurriendo… al menos en el mes de abril cuando vio la luz el informe. Claro que es posible que, con todo lo que ha ocurrido en España desde entonces, se les haya olvidado.
Culpas equivocadas
Prevenir es mejor que lamentar… pero, reconozcámoslo, es más difícil. Sobre todo si se parte de la ficción de que nuestra relación con Marruecos es de buena amistad, borrando de un plumazo todas las ocasiones en las que los ciudadanos de buena fe hemos podido identificar acciones de Rabat que entran perfectamente en el catálogo de la guerra híbrida, desde la ocupación de Perejil hasta el espionaje político, desde la manipulación de la inmigración –en algunos casos, reconocida por Marruecos– hasta el descontrol de las aduanas, desde el cuestionamiento de la soberanía española sobre Ceuta y Melilla hasta la desinformación sobre la historia y el estatus jurídico y político de las dos ciudades.
Lo que ya no tiene perdón es que, una vez que la realidad aparece desenmascarada ante nuestros ojos, reaccionemos al revés de lo que exige la situación: dando las gracias a Marruecos por su colaboración a la hora de repatriar una parte de los magrebíes a los que ellos permitieron cruzar nuestras fronteras –no a todos, y muchos de ellos, menas o no, terminarán entrando en el espacio Schengen como, a pesar de las falsas seguridades del ministro Marlaska, temen bastantes líderes europeos– y enfrentándonos a nuestros socios. Es a ellos a quienes acusa nuestro Gobierno, a pesar de que ha sido el peso de la UE el que ha obligado a Marruecos a pisar el freno en una partida en la que, aunque no nos falten herramientas diplomáticas, económicas y hasta militares para responder a los desafíos del reino Alauí, Madrid solo sabe ceder.
Por poco que nos gusten algunas de las declaraciones de la presidenta de la Comisión Europea, solo podemos aplaudir la realizada con ocasión de la crisis de Ceuta: «Hemos dejado claro que la UE no aceptará la entrada irregular y no tolerará los intentos de utilizar la migración ilegal para presionar a un Estado miembro». ¿Intentos? –se preguntará el inefable ministro Albares haciéndose el despistado, como si todos los días del año fueran el de los inocentes– ¿Qué intentos? Afortunadamente, el Gobierno marroquí, que sabe que depende de Europa para que funcione una economía que no está en su mejor momento –si no fuera así, nadie habría encontrado esas decenas de miles de jóvenes dispuestos a dejarlo todo para ir a España– habrá tomado buena nota.
Mas allá de Ceuta
Lo ocurrido en Ceuta no es, por desgracia, una excepción. No termina de entender el Gobierno de España que una alianza significa un toma y daca, no un toma y toma. Italia es un aliado, Marruecos no. Estados Unidos es otro aliado, Irán no. No hace falta estar de acuerdo en todo lo que no contemplen los tratados previamente firmados, pero siempre conviene limar asperezas. No tenemos que ir a la guerra con Irán porque lo diga Trump pero, si de verdad hay que dar lecciones en público a alguien, mejor a los criminales que rigen la República Islámica que al presidente de los Estados Unidos. Y, ya que hablamos de él, tiene cierta gracia que aquellos que aseguran que el magnate abusa del deber de la lealtad cuando pide a sus aliados que le sigan a una guerra sobre la que no les ha consultado, se crean con derecho a pedir a los europeos solidaridad para lidiar con el efecto llamada de una regularización masiva sobre la que nadie les pidió su opinión.
Lo dicho, todas las naciones tienen una estrategia para defender sus intereses, pero me temo que algunos líderes –en España y fuera de España– prefieren buscar un atajo que lo que defiende es únicamente su propio sillón. Afortunadamente, casi siempre fracasan. Aunque parece que no fue Abraham Lincoln el autor de la frase, sigue siendo verdad que «puedes engañar a todas las personas una parte del tiempo y a algunas personas todo el tiempo, pero no puedes engañar a todas las personas todo el tiempo». Crucemos los dedos.