Irán, Estados Unidos y Ormuz: Una guerra que nos mantiene en vilo
Hubo intentos de alto el fuego y negociaciones indirectas, pero la tregua se ha mostrado frágil porque lo que tienen enfrente los norteamericanos no es nada fácil, los mollah carecen de honor y de palabra
Una fotografía muestra ejemplares de diarios iraníes que informan sobre las conversaciones entre Irán y Estados Unidos en un quiosco de Teherán
La guerra entre Irán y Estados Unidos no tiene para cuándo acabar, el cachumbabé esperado con vistas a hacer caer a los republicanos en las próximas elecciones estadounidenses, también ha convertido al estrecho de Ormuz en uno de los puntos más sensibles del planeta. Aunque el conflicto se presenta como una disputa militar y política entre Washington y Teherán, sus consecuencias desbordan con rapidez las fronteras de Oriente Medio. La razón es sencilla, como sabemos: por este paso marítimo, situado entre Irán y Omán, circula una parte esencial del petróleo y del gas que alimentan a la economía mundial. Cada misil, cada bloqueo y cada amenaza en sus aguas repercute de inmediato en los mercados energéticos, en el transporte marítimo y en la seguridad de numerosos países.
La situación actual es de tensión sostenida. Tras los ataques lanzados por Estados Unidos e Israel contra instalaciones iraníes a comienzos de 2026, Irán respondió restringiendo el tránsito por Ormuz y utilizando su posición geográfica como instrumento de presión. Hubo intentos de alto el fuego y negociaciones indirectas, pero la tregua se ha mostrado frágil porque lo que tienen enfrente los norteamericanos no es nada fácil, los mollah carecen de honor y de palabra. Los informes más recientes hablan de buques desviados, embarcaciones alcanzadas por proyectiles, bloqueos navales y conversaciones intermitentes mediadas por países de la región. En la práctica, no existe una paz estable, sino una pausa irregular marcada por incidentes frecuentes.
El estrecho de Ormuz posee una importancia estratégica excepcional. Es una vía estrecha, pero indispensable, que conecta el golfo Pérsico con el golfo de Omán y el océano Índico. Antes de la crisis, buena parte de las exportaciones de petróleo de Arabia Saudí, Irak, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Catar e Irán pasaban por allí. De ahí que, cuando Irán amenaza con cerrar o controlar la navegación, no amenaza únicamente a Estados Unidos: afecta a Europa, Asia, África y América Latina. El precio del crudo sube, las aseguradoras encarecen las primas de riesgo y las compañías navieras dudan entre asumir peligros o buscar rutas alternativas más largas y costosas.
Los impuestos han subido una enormidad para los comerciantes de Estados Unidos, casi el 40 %
Para Irán, Ormuz es al mismo tiempo un escudo y una carta de negociación, su máxima garantía para continuar burlándose de todos, especialmente de Estados Unidos. Su marina y la Guardia Revolucionaria conocen bien esas aguas y pueden recurrir a minas, drones, lanchas rápidas o misiles costeros para dificultar la navegación.
Teherán presenta estas medidas como una respuesta defensiva frente a los bombardeos, las sanciones y el bloqueo de sus puertos. Desde su punto de vista, si sus exportaciones se ven estranguladas, sus adversarios tampoco deberían disfrutar de una circulación marítima normal. Esa lógica, sin embargo, multiplica el riesgo de errores de cálculo y de ataques contra buques civiles.
Estados Unidos, por su parte, sostiene que actúa para garantizar la libertad de navegación y para impedir que Irán utilice el estrecho como arma geopolítica. Washington ha reforzado su presencia naval, ha escoltado embarcaciones comerciales y ha llevado a cabo ataques selectivos contra objetivos militares iraníes vinculados a la amenaza marítima. No obstante, esta estrategia también ha sido criticada por errada. Sus detractores consideran que el bloqueo a puertos iraníes y las operaciones militares aumentan la presión sobre Teherán, pero no ofrecen una salida política clara. En lugar de reducir el conflicto, pueden prolongarlo y ampliarlo.
La dimensión regional es igualmente delicada. Omán aparece como un actor clave porque comparte la zona del estrecho y suele ejercer funciones de mediación. Qatar, Pakistán y otros países han intentado sostener canales diplomáticos, mientras que las monarquías del Golfo observan con preocupación cualquier escalada. Para ellas, el cierre prolongado de Ormuz sería una amenaza directa a sus ingresos y a su estabilidad interna. Israel, aliado de Estados Unidos y adversario declarado de Irán, añade otro elemento de tensión, especialmente por la conexión del conflicto con Líbano, Siria, Irak y los grupos armados respaldados por Teherán. Pero Israel está claro al mismo tiempo de que hay que terminar con eso de una vez.
El impacto económico ya se siente con claridad. La incertidumbre en Ormuz ha elevado los precios del petróleo y ha obligado a muchos gobiernos a revisar sus reservas energéticas. Los países importadores temen que una interrupción prolongada encarezca el transporte, la electricidad, los fertilizantes y numerosos productos básicos. Incluso cuando los barcos logran cruzar, lo hacen bajo condiciones de riesgo, con costes de seguro más altos y retrasos logísticos. Todavía se depende en gran medida de los hidrocarburos, y Ormuz recuerda hasta qué punto la seguridad energética global sigue ligada a unos pocos corredores marítimos.
También existe una dimensión humanitaria que no debe quedar oculta tras los gráficos del precio del crudo. Las poblaciones civiles en Irán y en otros puntos de la región soportan bombardeos, sanciones, desplazamientos y temor constante. Los marineros atrapados en buques varados o desviados viven una situación de gran vulnerabilidad. Además, cuanto más se militariza el estrecho, mayor es la posibilidad de que un incidente menor se transforme en una confrontación directa de consecuencias imprevisibles. La historia de Oriente Medio muestra que las guerras rara vez permanecen contenidas cuando intervienen potencias externas, intereses energéticos y rivalidades regionales acumuladas.
La salida al conflicto dependerá de algo más que de la fuerza militar
La salida al conflicto dependerá de algo más que de la fuerza militar. Una solución duradera tendría que combinar garantías de navegación, mecanismos verificables sobre el programa nuclear iraní, alivio gradual de sanciones y compromisos de seguridad para los países del Golfo. Sin embargo, las declaraciones públicas de las partes, las acusaciones mutuas y la desconfianza hacen difícil imaginar un acuerdo rápido. Mientras tanto, Ormuz continúa siendo el termómetro de la crisis: cuando sus aguas se calman, los mercados respiran; cuando se producen ataques o amenazas, el mundo vuelve a mirar hacia ese estrecho con inquietud.
La guerra entre Irán y Estados Unidos no representa solamente un enfrentamiento bilateral. Es una crisis que revela la fragilidad del orden energético mundial, la dificultad de gestionar rivalidades históricas y el peso estratégico de los pasos marítimos. El puerto y el estrecho de Ormuz se han convertido en símbolo de esa fragilidad: un lugar pequeño en el mapa, pero capaz de alterar los precios, las alianzas y la seguridad internacional. Mientras no exista un acuerdo creíble y respetado por todas las partes –cosa que no creo que ocurra–, la región seguirá al borde de una escalada mayor. ¿Y de mi Cuba qué? Pues eso, nada de nada.