La guerra de Irán la ganó ya Donald Trump
Ganar no siempre significa imponerse con el relato prefabricado, sino evitar perder capacidad de influencia en un sistema regional en inestabilidad constante, y perseverar en que el pueblo iraní será libre porque ellos lo necesitan y lo exigen
Donald Trump en rueda de prensa
En Oriente Medio, las guerras raramente son eventos aislados; suelen ser episodios de rivalidades prolongadas entre Estados y coaliciones que compiten por influencia, seguridad y legitimidad.
Irán ocupa una posición central en estas rivalidades por su papel regional, su red de aliados –ahora inexistentes– y su ubicación estratégica.
En numerosas ocasiones, amigos libaneses me señalan que estas competencias se expresan en conflictos indirectos, en presiones económicas y en choques discursivos que buscan definir quién «gana» antes incluso del desenlace militar.
Oriente Medio ya no es lo que fue con la antigua Persia, ni el Líbano, con Biblos. Hace poco, sin embargo, leí en X que los iraníes inventaron el ajedrez quien así lo expresó lo hizo con la intención mal habida de achacarle el invento a los mollah. Hay que ver lo que escribe la gente con tal de fastidiar a Donald Trump y a Estados Unidos.
La invención del ajedrez es un tema envuelto en leyendas y disputas históricas. Tradicionalmente, se considera que el ajedrez surgió en la India bajo el nombre de chaturanga alrededor del siglo VI, pero fue en Persia donde el juego adquirió muchas de las características modernas y se extendió por el mundo islámico con el nombre de shatranj.
Desde allí, el ajedrez llegó a Europa y evolucionó hasta el juego que conocemos hoy. Esta atribución persa ha sido motivo de orgullo nacional en Irán, donde el ajedrez y su simbología estratégica se han utilizado a menudo como metáfora de la política y la diplomacia regional.
La guerra somete al liderazgo a pruebas extremas. En contextos de alta amenaza, los represores tienden a fingir como que centralizan decisiones, priorizan la cohesión interna y, de hecho, articulan relatos no acordes con la realidad. Estudios sobre Irán destacan la capacidad de adaptación de todo un pueblo (me recuerdan a los cubanos, aunque el horror es mayor) frente a la represión y los asesinatos políticos por parte del régimen, y cómo esa resistencia se convierte en un activo político para sostenerse frente a la persecución y la muerte, y la continuidad del Estado islámico que los oprime.
Un patrón recurrente en guerras modernas es la declaración de éxitos anticipados. Esta narrativa cumple funciones claras: elevar la moral, disuadir a adversarios y reasegurar a aliados y mercados. Sin embargo, la investigación sobre «guerra preventiva» y retórica política muestra que estas proclamaciones no siempre reflejan una ventaja estratégica duradera; a menudo conviven con objetivos ambiguos y con una evolución posterior del conflicto que reabre la incertidumbre.
Quien afirma que esta guerra la ganó Irán, miente. Esta guerra la ganó Donald Trump no más empezarla, porque nadie anteriormente había tenido el coraje de enfrentarse a los ayatolás, presionarlos, atacarlos, negociar, y volver a presionar, para quizás reanudar los ataques. Pero todavía hay quienes creen que ganaron los dictadores islámicos. Seguramente porque prefieren a estos antes que a Donald Trump. El odio contra el presidente norteamericano está esencialmente vinculado a su éxito personal y a sus triunfos políticos.
Las rivalidades no se libran exclusivamente en el campo militar. La legitimidad —ante la población propia, aliados y el derecho internacional— es decisiva; poner a mujeres y niños en las zonas estratégicas que irían a ser bombardeadas no convierte en culpables a quien bombardea, sino a quien pone como escudos humanos a su población.
El debate subraya que la retórica de guerra moldea percepciones legales y políticas, ampliando o restringiendo el margen de acción de los Estados, no es lo mismo un estado republicano libre que un estado islámico opresor. Cuando la legitimidad es disputada y negada para el primero, incluso campañas militarmente eficaces pueden producir resultados políticos presuntamente inconclusos. Pero: nada se termina hasta que no se termina.
El caso iraní ilustra el dilema de inseguridad: medidas defensivas de un actor son interpretadas como ofensivas por otros, alimentando un ciclo de desconfianza, que es lo que se persigue. Esta dinámica incongruente explica por qué escaladas rápidas pueden surgir aun cuando los actores afirman buscar contención. A la vez, la disuasión asimétrica (misiles, posibles aliados regionales, control de nodos estratégicos) refuerza la posición negociadora sin requerir una «victoria total».
El Estado islámico jamás aceptará nada que venga de Estados Unidos, porque los islamistas sólo exigen la muerte de Estados Unidos, y ahora su odio se ve crecido. No cuentan que tienen enfrente a un gobierno estadounidense y a un presidente que desde sus treinta años está exponiendo su posición acerca de Irán y el Estado islámico. En él es una obsesión como lo mismo para los islamistas es una obsesión la existencia de Israel y de Estados Unidos, de ahí que estuvieran fabricando bombas nucleares. El que quiera pensar otra cosa es un ingenuo, como mínimo.
Diversos análisis advierten que un alto rendimiento militar inicial no garantiza resultados políticos equivalentes. En algunos escenarios, ceses del fuego o acuerdos parciales pueden reconfigurar el equilibrio de formas inesperadas, fortaleciendo capacidades de negociación de actores que evitaron la derrota decisiva y mantuvieron cohesión institucional. A mi juicio, el Estado islámico sólo necesita ganar tiempo, destruir a Trump en perspectiva de las elecciones, imponiendo la narrativa de que ellos ganaron la guerra, cuando eso es takkiya, o sea, mentira.
Las guerras vinculadas a Irán revelan cómo antagonismos políticos, liderazgo y narrativas interactúan, a veces en líneas paralelas. Declarar «victorias tempranas» puede ser tácticamente útil, pero el desenlace político depende de legitimidad, del equilibrio institucional –completamente perdido ahora mismo– y el manejo del dilema de seguridad -nulo en la actualidad.
En este ambiente, ganar no siempre significa imponerse con el relato prefabricado, sino evitar perder capacidad de influencia en un sistema regional en inestabilidad constante, y perseverar en que el pueblo iraní será libre porque ellos lo necesitan y lo exigen.