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Los marinos del USS Abraham Lincoln

Quizá alguno se pregunte por qué me parece tan interesante lo ocurrido en el Lincoln. Si es usted uno de ellos, haga el ejercicio mental de trasladar todo esto a los militares españoles destinados en Ceuta

Aviones de la Fuerza Aérea de Estados Unidos en el portaviones US Abraham Lincoln

Portaviones del USS Abraham LincolnDaniel Kimmelman / US Navy

Además del valor que se les supone, los militares de todo el mundo comparten dos señas de identidad que, aunque solo sea en cuestión de grado, los diferencian de otras profesiones de servicio público: la disponibilidad y la disciplina. La mayoría de los valores que cultivamos –la lealtad, el espíritu de servicio o el honor– son tan necesarios en la sociedad civil como en los ejércitos. Sin embargo, en la milicia nadie puede excusarse de sus deberes alegando que es domingo, que estamos en agosto o que se ha rebasado el horario fijado en el convenio laboral.

Los marinos del USS Abraham Lincoln, como sus compañeros de armas, juraron libremente en su día obedecer las órdenes del presidente de los Estados Unidos, en una fórmula que tiene muchas cosas en común con la que usamos en España. En ninguno de los dos casos se menciona límite temporal alguno. ¿Juraron? Pues entonces que cumplan, dirán los aficionados que prefieren ver los fieros toros del mundo en que vivimos protegidos detrás de la barrera.

210 días en la mar

Nosotros, si le parece al lector, vamos a bajar al ruedo para ver lo que se cuece allí. El portaviones que estos días ha recalado por sorpresa en nuestros noticiarios zarpó de San Diego el 21 de noviembre, hace ahora nueve meses. Entró en Guam –la isla que fue española hasta 1898– el 11 de diciembre. Al día siguiente salió de nuevo para incorporarse al despliegue naval en Oriente Medio. Desde entonces, el buque permaneció en la mar ininterrumpidamente hasta que realizó una breve escala logística en el puerto omaní de Duqm el 7 de julio. Suma un tiempo récord de casi 210 días de mar seguidos, en un despliegue operativo que superará ampliamente los nueve meses –con solo dos días de puerto– y que estaba previsto que finalizara en mayo.

Diez mil despegues sin un solo accidente a lo largo de nueve meses son un hito del que se puede presumir

Desde el punto de vista logístico, el sostenimiento del Lincoln durante un período tan prolongado puede considerarse una hazaña hasta para la poderosa US Navy. Diez mil despegues sin un solo accidente a lo largo de nueve meses son un hito del que se puede presumir. Sin embargo, dentro del portaviones hay hombres además de máquinas. La situación de los 5.000 marinos que el Lincoln lleva a bordo ha saltado a los medios a consecuencia de algunos intentos de suicidio –hay constancia de al menos dos– de miembros de la dotación. Sin embargo, una decisión tan extrema como es la de acabar con la propia vida no es un fenómeno inusual en los despliegues prolongados, ya sea en la mar o en tierra, aunque los problemas en uno y otro medio sean muy diferentes.

Un F-35C Lightning II se dispone a despegar de la cubierta del portaaviones USS Abraham Lincoln (CVN 72)

Un F-35C Lightning II se dispone a despegar de la cubierta del portaaviones USS Abraham Lincoln (CVN 72)USS Abraham Lincoln (CVN 72)

Los marinos estadounidenses hacen la guerra de una forma que, vista desde fuera, parece casi cómoda. Un hermano mío, marino como yo, se reía cariñosamente de dos de nuestros sobrinos, que prefirieron el Ejército de Tierra, con el peregrino argumento de que «a quién se le ocurre ir a la guerra a pie pudiendo ir en barco». Algo de verdad hay en ello. El inmenso Lincoln es, en un conflicto convencional y limitado como el de Irán, un lugar bastante seguro, con ducha y comida caliente garantizada –o casi– y lejos de los horrores y las miserias de la guerra en tierra.

Sin embargo, la mar también tiene sus inconvenientes. Las privaciones que la dotación del portaviones ha sufrido por los problemas que la propia guerra creó en su alargada estructura logística –de alguno de ellos puede haber sido culpable nuestro Gobierno al restringir el uso de la base de Rota– han sido soportables y ocasionales.

Momentáneamente, pueden haber faltado alimentos frescos o artículos higiénicos. Pero lo que no es ocasional es el régimen de guardias que, unido a la presión del trabajo, crea la sensación de que la jornada del marino se reduce a comer mal, dormir poco y trabajar en exceso. Y así día tras día, mes tras mes, sin domingos ni vacaciones, sin más hitos que los decepcionantes anuncios de las sucesivas prolongaciones del despliegue, sin más esperanzas que las declaraciones del presidente Trump, empeñado en fingir que la guerra estaba o está a punto de acabar.

En un entorno así, siempre hay unos pocos que se quiebran. Son los menos, pero de lo que casi nadie se libra es de sufrir un cierto grado de «mamparitis», que así llamamos los marinos españoles al estado de ánimo peculiar al que se llega después de estar un tiempo prolongado encerrado entre los mamparos de los buques de guerra. Hasta donde puedo recordar, mi récord de permanencia continuada en la mar se ha quedado en apenas 40 días, lejos de cualquier conflicto y a bordo del Juan Sebastián de Elcano, un buque de vela en el que la vida es muy diferente de las demás unidades de la Armada. Aun así, ha sido tiempo suficiente para ver cómo crecían la agresividad y el mal humor a mi alrededor… e imagino que, a los ojos de los demás, también dentro de mí. ¿Siete meses en un portaviones sin tocar puerto? No debe de haber sido fácil para nadie. Por eso es un récord.

Un contacto táctico

Los militares estadounidenses, como los españoles, no tienen sindicatos que defiendan sus derechos. Y así debe ser. A cambio, existe un contrato tácito que obliga a los jefes de todos los niveles a preocuparse por las condiciones de vida de sus subordinados. Un contrato que va de abajo arriba, hasta el comandante en Jefe que, en los EE.UU., es el presidente Trump. Es, por ello, un grave error del magnate –que parece empeñado en cavar su propia tumba política con declaraciones innecesarias que ni siquiera sus partidarios podrían entender– asegurar que el prolongado despliegue del portaviones, un récord histórico, «ni de lejos ha sido suficientemente largo».

Le haría mucho bien al presidente de los EE.UU. leer a Calderón para aprender a respetar a sus propias tropas. Si Sun Tzu ha dado lecciones magistrales de táctica a los militares de todo el mundo, nuestro dramaturgo, mucho menos conocido fuera de España, quizá haya captado mejor que nadie el alma de los soldados, y no solo de los españoles. De ellos escribió: «Todo lo sufren en cualquier asalto. Sólo no sufren que les hablen alto».

El respeto, en la milicia como en la vida, no se impone, sino que se intercambia. No es unidireccional, sino mutuo. Imagínese el lector a bordo del Lincoln, sin saber cuándo podrá dormir una noche completa, tomarse una cerveza o besar a sus hijos, y pregúntese si le parecerían respetuosas las palabras de un comandante en jefe que, en paz o en guerra, no se priva de jugar al golf cada cuatro o cinco días. ¿Demagógico? Desde luego. ¿Humano? También.

Bastante más acertado ha estado en esta ocasión Pete Hegseth, el Secretario de la Guerra, pese a que no es santo de mi devoción. Comenzó mal, sacando pecho cuando lo que procedía era una sentida disculpa acompañada de una balsámica palmada en la espalda: «Nos aseguramos» –dijo– «de que cada buque, cada dotación, cada comandante tienen todo lo que podemos darles en cada momento».

Afortunadamente, parece haber recordado su corta carrera militar a tiempo de añadir las palabras que la dotación del Lincoln necesitaba escuchar: «Siento más respeto y gratitud que nadie hacia esos marinos. Lo que hacen en alta mar y en esas austeras condiciones, con menos visitas a puerto, es increíble».

Más en la línea que gusta a los militares ha estado el almirante Cooper, el mando militar de la operación. Él visitó el buque y elogió a su dotación, que es lo mínimo que un jefe puede hacer cuando no está en su mano dar solución a todos sus problemas. «En la historia» –dijo el almirante– «quedará grabado este despliegue como uno de los más intensos y fructíferos de la era moderna». No es tan emocionante como los versos de Calderón, pero da el pego. Sin embargo, en un puesto que está a caballo entre lo militar y lo político, cometió el desliz de informar al público estadounidense que la estadística de problemas psicológicos informados por la dotación del Lincoln no era diferente de la de otros portaviones. Puede que sea verdad, pero dudo que ese índice sea por sí solo un termómetro capaz de medir aquello de lo que el mando militar –y no el personal médico a sus órdenes– es responsable directo: la moral de sus tropas.

Entre los amables lectores que hayan llegado hasta aquí, quizá alguno se pregunte por qué me parece tan interesante lo ocurrido en el Lincoln. Si es usted uno de ellos, haga el ejercicio mental de trasladar todo esto a los militares españoles destinados en Ceuta –no puedo hacer extensivo el razonamiento a la Policía Nacional o la Guardia Civil porque, al contrario que nuestro imputado expresidente, yo sí respeto escrupulosamente aquello de «zapatero, a tus zapatos»– y seguramente encontrará usted mismo su propia respuesta. Una respuesta que sigue siendo válida aunque nuestro presidente –estoy seguro de que S.M. el Rey habría estado ya en Ceuta si sus actos no necesitaran refrendo del Gobierno– no juegue al golf.

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