¿De verdad puede nadar el oso ruso?
Putin se ha olvidado de la guerra de Crimea, la guerra ruso-japonesa de 1904 o la Primera Guerra Mundial. Presume de haber derrotado a Napoleón y a Hitler. Sin embargo olvida que en ambos casos luchaba en guerras defensivas, en las que su principal baza fue el inmenso territorio del Imperio Ruso
Vladimir Putin en el Desfile Naval que marca el Día de la Marina Rusa en San Petersburgo, Rusia (Imagen de Archivo)
En estos días difíciles que está viviendo Rusia, asegura Vladimir Putin que su pueblo lleva la victoria en su ADN. No seamos severos con él. Estamos en agosto y allí ni la política ni los juzgados –que en su país son la misma cosa– dan mucho juego. El Tribunal Supremo ruso, siempre al servicio del Kremlin, acaba de prohibir que se presente a las elecciones el único partido opositor. ¿De qué va a hablarse entonces en los medios? Además, yo creo que los excesos de inspiración patriótica casi siempre deben perdonarse. Yo también defiendo que, si exceptuamos los partidos que ha perdido desde el 1 de enero de 2000, el Racing de Ferrol está imbatido en el siglo XXI.
Como me ocurre a mí, el dictador ruso tiene memoria selectiva. Se ha olvidado de la guerra de Crimea, la guerra ruso-japonesa de 1904 o la Primera Guerra Mundial, entre otras muchas. Presume, con razón, de haber derrotado a Napoleón y a Hitler. Sin embargo –y sin regatearle méritos al pueblo ruso, que sufrió enormemente en las dos contiendas– olvida que en ambos casos luchaba en guerras defensivas, en las que su principal baza fue el inmenso territorio del Imperio que, derrotado fuera y dentro de sus fronteras, se convirtió en la URSS. Lo cierto es que cuando sale de su guarida –como hizo recientemente en Afganistán y Siria– el oso ruso flaquea considerablemente. Como todos.
Olvida también Putin que en ninguna de las dos grandes victorias de que suele presumir luchaba solo. España, sin ir más lejos, también derrotó a Napoleón. Y Hitler solo empezó a ceder cuando los EE.UU. lanzaron a la contienda su inmenso poderío militar y, sobre todo, industrial. Supongo que en los libros de historia rusos, donde se explica la Gran Guerra Patria –el carácter mundial resta brillo al relato– ya habrán desaparecido las angustiosas exigencias de Stalin sobre los convoyes a Múrmansk y la apertura del segundo frente.
En cualquier caso, el ruso fue un imperio continental. Carece de una historia naval de la que alardear. En Navarino, donde vencieron a los otomanos, combatieron contra una escuadra inferior y al lado de Gran Bretaña y Francia. Su verdadera medida en solitario la da la patética batalla naval de Tsushima, en 1905, que decidió la guerra ruso-japonesa en favor de Tokio. Luego, es verdad, Rusia se tomó una ventajista revancha cuando, en los estertores de la Segunda Guerra Mundial, entró en guerra con Japón… dos días después del bombardeo de Hiroshima y una semana antes de que se rindiera el emperador Hirohito.
La marina rusa, hoy
Después de la Segunda Guerra Mundial, la URSS creó una marina de guerra de mentalidad predominantemente defensiva, con una poderosa fuerza submarina concebida para dificultar el cruce del Atlántico y una fuerza de superficie modesta que tenía como principal misión la de alejar a los portaviones norteamericanos de las costas soviéticas. Siempre es un error –un error que también cometió el Imperio español– ceder la mar al enemigo, pero a ese error de origen se unieron las dificultades económicas y el retraso industrial que provocó el comunismo, que provocaron su caída y de las que la Federación Rusa no ha podido recuperarse del todo todavía.
Entre unas cosas y otras, Putin no tiene hoy aviación naval operativa ni grandes buques de combate de superficie modernos. Solo un puñado de fragatas, más pequeñas y menos sofisticadas que nuestras F-100 pero dotadas de misiles de largo alcance que nosotros no tenemos, mantienen alto el pabellón sobre la superficie de los mares del globo. Sin embargo, y después de lo que hemos visto en el mar Negro, sabemos que ninguna de ellas podría sobrevivir un solo día en aguas abiertas.
La flota submarina rusa, de largo su mejor baza naval, está en proceso de modernización, con la entrada en servicio de los nuevos submarinos balísticos de la clase Borei y de ataque de la clase Yasen. Sobre las capacidades de estas últimas unidades solo podemos especular, pero hay que reconocer que los submarinos convencionales de la flota del mar Negro no nos han impresionado en absoluto.
De su fuerza anfibia quizá la valoración más creíble la han dado los mandos militares de Moscú, que han desembarcado a sus infantes de marina antes de la invasión de Ucrania y se los han llevado a combatir en tierra. Una prueba más de lo poco que le gusta al oso ruso meter las patas en el agua.
La flota fantasma
Todas estas cuestiones parecían no importarle demasiado al Kremlin –que, bajo la batuta de Putin, mantiene la misma mentalidad continental que los regímenes que le precedieron– hasta que los buques de guerra de los EE.UU. y de algunas marinas europeas –la nuestra, no, como es habitual– han empezado a abordar y detener a los petroleros de su flota fantasma. Putin, indignado, ha salido a la palestra amenazando con hacer lo mismo con buques de banderas europeas… aunque curiosamente no ha mencionado a los norteamericanos, que fueron los que comenzaron esta partida cuando apresaron al Marinera, Bella 1 o como quiera que se llamara el petrolero ruso capturado en el Atlántico por la US Navy el pasado enero.
Vivimos una época en que las amenazas se han convertido en cháchara. Trump dice ahora que va a bombardear Omán y sus incendiarias declaraciones apenas aparecen en los medios porque nadie se las cree. Putin sigue el mismo camino. Para apresar buques europeos, el dictador necesita un motivo. El que aducen los buques occidentales es claro y es uno de los pocos que está contemplado en el derecho marítimo internacional: la falsedad del pabellón. El resto –como la piratería o el tráfico de esclavos– es solo un recuerdo del pasado histórico, de dudosa aplicación a los tiempos que corren. El Kremlin podría evitar las detenciones dando su propia bandera a sus petroleros de una vez y para siempre, pero no quiere hacerlo porque prefiere mantener en las sombra sus transacciones y esquivar las sanciones de todo tipo a las que sus buques están sometidos.
Si no es por las buenas, ¿puede Putin responder deteniendo mercantes europeos en alta mar? Ahí es donde se ven las carencias del oso ruso. Sin buques de superficie, sin bases, sin control de los puntos clave del tráfico marítimo y sin acceso fácil a los mares abiertos, el imperio de hoy –ya solo un sueño en la mente del dictador– y el de Nicolas II tienen los mismos problemas para mojarse los pies. La última vez que el oso ruso se hizo a la mar, se ahogó en Tsushima. Las amenazas de Putin, por ello, solo podemos verlas como serpientes de verano… eso sí, serpientes que preferimos que permanezcan dormidas. Después de todo, algunas de ellas –sobre todo las que van por debajo del agua– tienen colmillos radioactivos.