El oso ruso le gruñe a Japón
La visita a Etorofu es una bofetada a Tokio que podríamos comparar con los drones que envía a Europa con frecuencia creciente: un esfuerzo más para hacer pagar a los aliados de Kiev su posición sobre la guerra
Vladimir Putin abordo del buque de misiles de crucero guiados Varyag en la Isla de Sajalín, frente a las islas Kuriles
Sorprendiendo a propios y extraños, el presidente Putin ha visitado estos días la isla de Etorofu –Iturup, en ruso– en el archipiélago de las Kuriles. No es un hecho nuevo en la historia del territorio, cuya soberanía se disputan Rusia y Japón. Medvedev ya había estado allí cuando presidía la Federación, haciendo de marioneta de un Putin que todavía no había enmendado la constitución para convertirse de facto en un dictador vitalicio, sin límite de legislaturas y sin permitir que se presente a las elecciones ningún candidato que pueda hacerle sombra. Lo que sí puede ser interesante es el momento que ha elegido para su primera vez, cuando las cañas en Ucrania se le vuelven lanzas.
Un problema antiguo
El archipiélago de las Kuriles, que cierra el mar de Ojotsk, quedó dividido en el primer tratado fronterizo entre Rusia y Japón –firmado en 1855– por una línea que dejaba a Etorofu y a todas las islas más al sur bajo soberanía japonesa. Luego, la historia dio muchas vueltas. El norte de las Kuriles cambió de manos a partir de la llegada del imperio japonés, pero las islas del sur –que Tokio, cosas de la perspectiva, llama «Territorios del Norte»– fueron japonesas hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Fue entonces cuando, ya derrotada Alemania, fueron ocupadas por la URSS violando el tratado de no agresión que ambos habían firmado en 1941.
Terminada la guerra, Moscú se quedó las Kuriles del Sur alegando que los aliados se las habían prometido a la URSS en los acuerdos de Yalta, lo que desde luego es verdad. Sin embargo, Japón no reconoce las promesas hechas sobre algo que era suyo en un documento que nunca firmó y se remite a los tratados suscritos en San Francisco, que solo le exigen devolver los territorios ocupados durante la época imperial. Tanto EE.UU. como el Parlamento Europeo han dado la razón a Tokio en esta disputa, nunca resuelta. De hecho, Rusia y Japón siguen técnicamente en estado de guerra al no haber firmado tratado de paz alguno desde 1945.
Por poner el asunto en perspectiva española, a las Kuriles del sur les ocurre algo parecido a Gibraltar, también arrebatado a España de forma artera –se conquistó en nombre del pretendiente austríaco en la Guerra de Sucesión– pero con el agravante para Rusia de que ni siquiera tiene ningún tratado de Utrecht al que agarrarse. En cualquier caso, y en esto coinciden ambas situaciones, por encima de la historia o la geografía está el valor estratégico del territorio en disputa. El mar de Ojotsk, rico en pesca y en petróleo, es además el bastión preferido por los submarinos nucleares con misiles balísticos de la Federación para sus patrullas disuasorias.
La oportunidad
Que Putin visite las islas Kuriles del sur, que Japón considera suyas, no me parece mal. Desde la perspectiva rusa, nada más justificado que la presencia de las más altas autoridades de la nación en sus territorios amenazados por los vecinos, con razón o, como en el caso de Ceuta y Melilla, sin ella. Pero ¿por qué ahora?
Si nos olvidamos de las amenazas vacías de un Medvedev que, en Rusia, hace el papel de borrico que en nuestra política nacional corresponde al ministro Puente, Rusia ha llevado con relativa paciencia el apoyo occidental a Ucrania –Japón, a esos efectos, es parte de Occidente– en una guerra de conquista de la que se sabe culpable. Sin embargo, cuatro años y medio de política de contención de daños no le han dado a Putin resultado alguno y, poco a poco, va endureciendo sus modales.
La visita a Etorofu es, en ese escenario, una bofetada a Tokio que podríamos comparar con los drones que envía a Europa con frecuencia creciente: un esfuerzo más para hacer pagar a los aliados de Kiev su posición sobre la guerra. Así comenta la jugada en el Izvestia la portavoz del ministerio de asuntos exteriores ruso, María Zakharova: «Japón está destruyendo de hecho las relaciones bilaterales al sumarse a las sanciones occidentales y apoyar a Kiev. En este sentido, Tokio no debería moralizar sobre el derecho internacional».
A mí, la verdad, todo esto me parece un esfuerzo inútil –no veo a la primera ministra Takaichi cediendo a este tipo de presiones– y quizá contraproducente. No debemos olvidar que Tokio es un aliado que Washington necesita para su partida contra China. Pero ¿qué alternativas mejores tiene el Kremlin? No quiero aburrir al lector, pero otro día hablaremos de la última ocurrencia de Vladimir Putin, la de echar a la mar a un oso ruso que siempre que lo ha intentado –la guerra ruso-japonesa es un buen ejemplo, como también lo es la escuadra que el emperador vendió a nuestro Fernando VII– ha demostrado que no sabe nadar.