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La calle principal de Gdansk, con la Torre del Ayuntamiento al fondo, Polonia (Archivo)Getty Images/Andrey Danilovich

Polonia ya está detrás de Suiza: cómo el país ex comunista se ha convertido en una potencia económica europea

De una economía hundida a superar el billón de dólares de PIB. El país polaco ocupa ya el puesto 21 del ranking mundial y entrará en el 'top 20' en los próximos años mientras deja atrás a buena parte del sur de Europa

Hay una cifra que resume mejor que muchas otras la transformación económica de Polonia: 1,13 billones de dólares. Es el PIB que el Fondo Monetario Internacional (FMI) estima para el país en 2026 a precios corrientes. Con esa magnitud, Polonia ocupa actualmente el puesto 21 entre las mayores economías del mundo, inmediatamente detrás de Suiza, que se sitúa en el puesto 20. La diferencia entre ambas es relativamente reducida: el FMI estima para Suiza un PIB nominal de alrededor de 1,15 billones de dólares frente a los aproximadamente 1,13 billones de Polonia.

El dato requiere una precisión importante. No significa que un polaco sea más rico que un suizo ni que Polonia haya alcanzado el nivel de vida de Suiza. Se trata de una clasificación por tamaño absoluto de la economía, medida mediante el PIB nominal en dólares. En PIB por habitante la distancia sigue siendo enorme. Pero el ascenso de Polonia sí refleja una transformación de fondo: un país que en 2004 tenía una renta por habitante equivalente a aproximadamente la mitad de la media de la Unión Europea se encuentra ahora en torno al 79 % de esa media.

La trayectoria resulta todavía más llamativa si se retrocede hasta el final del comunismo.

Cuando Polonia comenzó la transición a finales de los años ochenta, no partía de una posición comparable a la de las economías occidentales. El país arrastraba desequilibrios profundos, una inflación descontrolada, problemas de deuda y un sistema productivo incapaz de asignar los recursos con la eficiencia de una economía de mercado. La OCDE describía aquella situación como una economía atrapada en una crisis profunda, con una espiral de inflación y salarios y graves problemas externos.

El 1 de enero de 1990 entró en vigor el programa de transformación económica asociado al entonces ministro de Finanzas y viceprimer ministro Leszek Balcerowicz. El programa combinó liberalización de precios, disciplina presupuestaria, endurecimiento monetario, apertura comercial y una profunda transformación de las empresas estatales. El objetivo era pasar rápidamente de una economía centralmente planificada a otra basada en los mecanismos de mercado.

El coste inicial fue considerable. La producción cayó con fuerza y el desempleo, prácticamente inexistente bajo el sistema anterior, apareció como un fenómeno masivo. Según el Banco Mundial, el PIB llegó a situarse en 1992 casi un 18 % por debajo del nivel de 1989. Pero la recesión de transición fue relativamente breve: Polonia regresó al crecimiento en 1993 y en la segunda mitad de la década se convirtió en uno de los grandes casos de éxito entre las economías que abandonaban el comunismo.

El FMI señala que entre 1992 y 1998 Polonia experimentó una expansión especialmente intensa y que, en 1999, su PIB era ya aproximadamente un 20 % superior al de 1989.

Aquella primera transformación creó algo que resultaría decisivo posteriormente: un sector privado dinámico, una economía cada vez más abierta al comercio internacional y una creciente capacidad para atraer inversión extranjera.

La segunda gran aceleración llegó con la entrada en la Unión Europea el 1 de mayo de 2004. Polonia no se incorporó entonces como una economía rica. Todo lo contrario. Eurostat calculaba que en 2004 el PIB por habitante polaco, medido en estándares de poder adquisitivo, representaba apenas el 47 % de la media de la UE-25. Era uno de los niveles más bajos de la Unión.

Dos décadas después el cambio es radical. La Comisión Europea sitúa el PIB por habitante polaco en torno al 78,7 % de la media de la UE para el periodo más reciente disponible.

La economía en su conjunto también ha cambiado de escala. Los datos del Banco Mundial muestran que el PIB real polaco, medido a precios constantes, pasó de unos 283.000 millones de dólares en 2004 a más de 681.000 millones en 2025. No es una comparación afectada por la inflación corriente, sino una medida del aumento del volumen de producción económica.

En términos nominales, el salto es todavía más espectacular. Aunque esta medida incorpora tanto el crecimiento real como la inflación y las variaciones del tipo de cambio: el PIB pasó de unos 173.000 millones de dólares en 2000 a más de 1,03 billones en 2025 según el Banco Mundial.

La pertenencia a la UE no explica por sí sola toda esta transformación, pero sí proporcionó un marco extraordinariamente favorable: acceso al mercado único, fondos europeos, integración de cadenas industriales, aumento de la inversión y un entorno institucional que facilitó la llegada de capital extranjero.

Un análisis publicado por el propio Gobierno polaco en el 22.º aniversario de la adhesión estimaba que el PIB acumulaba desde 2003 un crecimiento cercano al 130 %, frente al 34,5 % de media de la UE-27. Esa estimación oficial atribuye además una parte sustancial del crecimiento adicional a la pertenencia a la Unión.

Más allá de las estimaciones nacionales sobre cuánto crecimiento puede atribuirse directamente a la UE, el hecho esencial no admite demasiada discusión: Polonia ha sido una de las economías que más rápidamente a convergido dentro de la Unión durante las últimas dos décadas.

De país periférico a potencia europea

El modelo polaco tiene además una característica que ayuda a explicar su resistencia: no depende exclusivamente de los servicios.

Polonia conserva una importante base industrial. La Comisión Europea señala que la industria manufacturera representa una proporción del empleo superior a la media europea. El país se ha convertido en una pieza relevante de las cadenas de producción europeas, especialmente en sectores industriales, automoción, maquinaria, electrodomésticos, alimentación y componentes.

También ha desempeñado un papel creciente como destino de inversión extranjera. El FMI cifraba en más de 310.000 millones de dólares la inversión extranjera acumulada atraída por Polonia entre 2004 y 2023, casi la mitad de la registrada conjuntamente por los ocho países que entraron en la UE en la ampliación de 2004.

La geografía ha jugado a su favor. Polonia se encuentra entre Alemania y los mercados del centro y norte de Europa, dispone de una población de más de 36 millones de habitantes y ha desarrollado una importante infraestructura industrial y logística. Su mercado interno también es lo suficientemente grande para sostener una parte relevante del crecimiento mediante la demanda doméstica.

La crisis financiera internacional de 2008, la pandemia y el shock energético posterior a la invasión rusa de Ucrania han puesto a prueba a la economía polaca. Sin embargo, su comportamiento agregado ha sido relativamente sólido.

En 2025, el PIB real polaco aumentó un 3,6%. El crecimiento se apoyó especialmente en el aumento de la demanda interna: el consumo y la inversión volvieron a ganar fuerza. La Comisión Europea considera a Polonia una de las economías de crecimiento más rápido de la UE.

La historia económica polaca de los últimos 35 años no es la de un milagro repentino. Es la acumulación de varias transformaciones sucesivas.

Primero llegó la ruptura con la economía planificada y una dolorosa transición hacia el mercado. Después, una década de fuerte expansión durante los años noventa. A continuación, la integración en la OTAN, la OCDE y, sobre todo, en la Unión Europea. Y después, dos décadas de inversión, industrialización, crecimiento de las exportaciones, fondos europeos y aumento de la productividad.

El resultado es difícil de ignorar: una economía que en 1990 tenía un PIB nominal de apenas 66.000 millones de dólares aparece ahora con más de un billón y se encuentra a un solo puesto de entrar entre las veinte mayores del planeta.

La historia no termina en el puesto 21. La verdadera cuestión es si Polonia podrá convertir su actual ventaja de crecimiento en una convergencia completa con las economías occidentales más ricas.