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Antonio Ledezma
AnálisisAntonio LedezmaEl Debate en América

Hispanoamérica como necesidad existencial de Estados Unidos

Ya no es el «patio trasero» de Washington. Es su profundidad estratégica. Y una profundidad estratégica abandonada se convierte, tarde o temprano, en una vulnerabilidad

Un buque de carga atraca en el puerto de La Guaira, Venezuela

Un buque de carga atraca en el puerto de La Guaira, VenezuelaAFP

Durante demasiado tiempo, Washington ha mirado hacia Hispanoamérica con una mezcla de condescendencia, intermitencia y cálculo coyuntural. La vieja expresión de «patio trasero» revela, más que una realidad geopolítica, una concepción equivocada del hemisferio. Hispanoamérica no es el patio trasero de Estados Unidos. Es su vecindario inmediato, su profundidad estratégica, una de sus principales reservas de energía y materias primas, un mercado gigantesco y, sobre todo, el espacio geográfico donde puede construirse una arquitectura hemisférica de resiliencia y autonomía necesaria.

La tesis que conviene colocar sobre la mesa es sencilla: la principal vulnerabilidad estratégica de Estados Unidos no se encuentra necesariamente en el estrecho de Taiwán ni en Europa del Este. También puede estar en sus propios moradores. En el siglo XXI, la reducción de riesgos de Estados Unidos no puede concebirse exclusivamente desde la proyección de poder militar hacia escenarios lejanos. También debe construirse mediante alianzas económicas, energéticas, tecnológicas, comerciales y democráticas con los países de Hispanoamérica.

No por caridad, paternalismo o filantropía, sino por estricto interés nacional. La cuestión, por tanto, no es si Washington debe limitarse a «ayudar» a Iberoamérica. La cuestión es si Estados Unidos necesita más de Iberoamérica de lo que durante mucho tiempo estuvo dispuesto a reconocer, mientras que los países hispanoamericanos también pueden beneficiarse de una relación más equilibrada y previsible con Washington.

Energía y minerales críticos: la seguridad material del hemisferio

La dimensión más inmediata de esa relación es la energética. Venezuela posee las mayores reservas probadas de crudo del mundo. Según la Administración de Información Energética de Estados Unidos, en 2023 contaba con aproximadamente 303.000 millones de barriles, cerca del 17 % de las reservas mundiales. Esa magnitud, sin embargo, no se traduce automáticamente en una capacidad productiva equivalente. Brasil, por su parte, se ha convertido en una potencia petrolera gracias a sus gigantescos yacimientos presalinos situados frente a sus costas. Argentina dispone en Vaca Muerta de uno de los grandes recursos de hidrocarburos no convencionales del planeta.

Es decir, el hemisferio occidental posee una extraordinaria capacidad para reducir vulnerabilidades energéticas frente a crisis provenientes de otras regiones del mundo. Pero la ecuación energética ya no termina en el petróleo y el gas. La transición energética y tecnológica está ampliando el concepto tradicional de seguridad nacional. El litio, el cobre, el níquel y otros minerales críticos son indispensables para baterías, redes eléctricas, vehículos eléctricos, semiconductores y tecnologías asociadas a las economías digital, eléctrica y tecnológica.

Aquí aparece el llamado «Triángulo del Litio», integrado por Argentina, Bolivia y Chile. Conviene, sin embargo, precisar el dato: según el Servicio Geológico de Estados Unidos, la edición de 2026 estima en 64 millones de toneladas los recursos identificados de litio de Argentina, Bolivia y Chile: 28 millones en Argentina, 23 millones en Bolivia y 13 millones en Chile. Frente a un total mundial aproximado de 150 millones de toneladas, esa cifra representa cerca del 43 %. No debe confundirse, sin embargo, con las reservas económicamente explotables ni con la producción efectiva.

Hispanoamérica cuenta con un potencial extraordinario para consolidarse como una plataforma global de energías renovables. La elevada radiación solar de regiones como el norte de México y el desierto de Atacama, junto con los excepcionales corredores eólicos de la Patagonia (Argentina y Chile), el noreste de Brasil y La Guajira venezolana y colombiana, ofrece condiciones privilegiadas para expandir la generación limpia. A esto se suma la capacidad de producir hidrógeno verde –a partir de fuentes renovables– e hidrógeno azul mediante gas natural con captura y almacenamiento de carbono (CCUS).

Esta combinación de recursos no solo fortalecerá la industria y el transporte local, sino que permitirá abastecer la demanda de exportación. De este modo, la región no solo mantendrá su rol como proveedor estratégico de hidrocarburos, sino que emergerá como una potencia energética integral capaz de suministrar electricidad y combustibles limpios a Estados Unidos y al mercado global, reduciendo la dependencia de zonas geopolíticamente vulnerables.

La conclusión trascendental permanece intacta: Iberoamérica es indispensable para la resiliencia de las cadenas de suministro que sostendrán la economía tecnológica del futuro. Si Estados Unidos deja esos espacios vacíos, otros los ocuparán. China ya ha entendido esa ecuación y ha desplegado capital, empresas, infraestructura y acuerdos comerciales para asegurar su acceso a minerales, energía, alimentos y rutas de transporte.

Por eso, la competencia no consiste únicamente en quién vende más o compra más. Consiste en quién tendrá capacidad de decisión sobre los recursos que determinarán la economía mundial durante las próximas décadas. Y esa capacidad de decisión no depende solamente de disponer de los recursos. Depende también de poder conectarlos de manera segura, eficiente y previsible con los grandes mercados. Ahí es donde la geografía latinoamericana adquiere una importancia estratégica todavía mayor.

Hay algo que ninguna potencia puede comprar en el mercado internacional: la geografía. Iberoamérica está al lado de Estados Unidos. Esa proximidad constituye una ventaja extraordinaria en un mundo en el que las pandemias, las guerras, los bloqueos comerciales y las tensiones entre grandes potencias han demostrado la fragilidad de las cadenas globales de suministro.

El nearshoring ofrece precisamente esa oportunidad: trasladar parte de la producción desde Asia hacia territorios próximos al mercado estadounidense. México es el ejemplo más evidente, pero la oportunidad se extiende a Centroamérica, el Caribe y Sudamérica. El Fondo Monetario Internacional ha señalado que México se encuentra bien posicionado para beneficiarse de la fragmentación geoeconómica y del nearshoring, gracias a su proximidad con Estados Unidos, sus redes logísticas, sus costos relativos y su pertenencia al Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC). No obstante, el alcance efectivo de esa tendencia depende de reformas en infraestructura, fortaleza jurídica, energía y disponibilidad de mano de obra.

La proximidad, sin embargo, no basta. La geografía también comprende los puertos, los corredores logísticos y los puntos de estrangulamiento marítimo. El Canal de Panamá continúa siendo una arteria vital para el comercio mundial, mientras que la expansión de infraestructura portuaria financiada por China está modificando el mapa de las conexiones entre Asia e Iberoamérica. El puerto de Chancay, en Perú, es una señal inequívoca. Construido con participación china y concebido como un gran centro de conexión entre Asia y Sudamérica, representa una de las inversiones de infraestructura más relevantes de Pekín en la región.

No se trata de demonizar cada inversión china. Se trata de comprender su dimensión estratégica. La propiedad, operación o financiación de infraestructura crítica puede generar influencia sobre los flujos comerciales y ampliar la capacidad de negociación de un actor externo. En determinados contextos, también puede plantear riesgos relacionados con la dependencia logística, la gobernanza de datos y la autonomía regulatoria. Esos riesgos deben evaluarse caso por caso, sin asumir que toda inversión extranjera produce automáticamente control político. La cuestión de fondo es más amplia: los recursos estratégicos necesitan rutas seguras para llegar a los mercados, y las rutas seguras necesitan socios estables.

Por eso, energía, minerales, infraestructura, puertos y producción industrial no son asuntos separados. Forman parte de una misma arquitectura de seguridad económica. Pero esa arquitectura tiene una tercera condición: necesita sociedades capaces de producir, trabajar, innovar y sostener instituciones estables. De ahí que el desarrollo iberoamericano, el capital humano y la inmigración no puedan seguir siendo tratados como asuntos marginales o desconectados de la seguridad hemisférica.

La seguridad futura tampoco se medirá únicamente en barriles de petróleo o toneladas de litio. Iberoamérica posee enormes reservas de agua dulce, grandes cuencas hidrográficas, tierras agrícolas de importancia mundial y una biodiversidad extraordinaria. La Amazonía y otras regiones tropicales contienen recursos genéticos cuyo valor para la medicina, la biotecnología y la alimentación, todavía no comprendemos plenamente. En un planeta sometido a presiones climáticas crecientes, el agua, los alimentos y la biodiversidad dejarán de ser asuntos exclusivamente ambientales para convertirse en componentes de la seguridad nacional.

Estados Unidos debería entender que la estabilidad de esos ecosistemas no es un problema distante. Una crisis alimentaria, climática o hídrica en Hispanoamérica puede traducirse en pobreza, desplazamientos humanos, conflictos y nuevas presiones migratorias sobre el territorio estadounidense. Por eso, el desarrollo no es una agenda altruista. Es una política preventiva de seguridad hemisférica.

A esa dimensión material se suma otra igualmente importante: el capital humano. Estados Unidos posee una ventaja relacional que China difícilmente puede replicar en el corto plazo: una profunda interconexión migratoria, familiar, lingüística y cultural con Hispanoamérica. Y existe un puente extraordinario: el idioma español. El Instituto Cervantes estima que en 2025 había unos 519 millones de hablantes con dominio nativo del español y alrededor de 636 millones de personas que integraban el conjunto total de hablantes, usuarios no nativos y estudiantes de la lengua. Estados Unidos forma parte de ese espacio cultural y demográfico debido a la magnitud de su población hispanohablante y a sus vínculos históricos con Hispanoamérica.

Ese patrimonio puede convertirse en una ventaja competitiva para sectores como los servicios, las industrias culturales, el turismo, los medios de comunicación, el comercio electrónico, el software y la economía digital. A ello se suma otra ventaja: el capital humano. Hispanoamérica cuenta con millones de jóvenes que pueden incorporarse a circuitos de valor de alta productividad, especialmente en áreas tecnológicas, científicas y de servicios. Muchos de esos profesionales trabajan en husos horarios compatibles con Estados Unidos, hablan español y, cada vez con mayor frecuencia, inglés. La verdadera competencia geopolítica no será únicamente por territorios. Será también por talento.

Hay otro componente que Washington suele tratar como un asunto separado de su política exterior: la inmigración. Es un error. La inmigración irregular no puede resolverse únicamente con muros, controles fronterizos o deportaciones. Mientras existan países incapaces de ofrecer oportunidades y expectativas de progreso, persistirán los incentivos para emigrar. Por eso, el turismo, la inversión, la creación de empleos y la integración comercial deben ser considerados instrumentos de seguridad nacional.

La ampliación de las oportunidades económicas puede reducir algunos incentivos para emigrar, aunque las decisiones migratorias también dependen de la seguridad, las redes familiares, las expectativas y las condiciones políticas. Una región que recibe inversión productiva, desarrolla infraestructura, genera empleos y se integra a cadenas comerciales legales es menos vulnerable al crimen organizado, a la corrupción y a los flujos migratorios desordenados.

La prosperidad hispanoamericana no es una amenaza para Estados Unidos; puede convertirse en uno de los pilares de la seguridad compartida del hemisferio. ¿Y qué ocurre con la inestabilidad política?. Aquí aparece el principal argumento de quienes cuestionan una alianza hemisférica más profunda: Iberoamérica es políticamente inestable. Es cierto. Existen democracias frágiles, instituciones debilitadas, corrupción, populismos, autoritarismos y organizaciones criminales que han penetrado ámbitos del Estado. Pero precisamente por eso el argumento debería conducir a una conclusión distinta. Si los críticos de una alianza hemisférica sostienen que es demasiado inestable, la respuesta debe ser: ¿y quién se beneficia de esa inestabilidad?

Los vacíos de poder nunca permanecen vacíos. Tal como lo apuntamos anteriormente, cuando Estados Unidos abandona un espacio prioritario, China intenta ocuparlo mediante el comercio, las inversiones, la infraestructura, las empresas estatales y el financiamiento. Rusia e Irán también han buscado ampliar su presencia en determinados países y sectores de la región. Las organizaciones criminales, mientras tanto, aprovechan las instituciones débiles para expandir sus redes. La respuesta de Washington no puede ser una nueva política de tutelaje. Debe ser mucho más inteligente: co-desarrollo, inversión privada, instituciones democráticas, Estado de derecho, integración comercial, cooperación tecnológica y seguridad compartida. La relación debe dejar de ser paternalista para convertirse en una alianza de mutuo beneficio. No se trata de que Estados Unidos venga a «salvar» a Hispanoamérica. Se trata de que ambas partes comprendan que comparten intereses vitales.

Una alianza hemisférica para el siglo XXI

Estados Unidos necesita redefinir su concepto de poder. El poder ya no consiste solamente en disponer del Ejército más poderoso del planeta. También significa disponer de redes de suministro confiables, energía segura, minerales críticos, socios comerciales estables, rutas marítimas protegidas, talento humano, innovación tecnológica y sociedades democráticas capaces de resistir la penetración de potencias rivales.

Todo eso existe, en buena medida, en su propio hemisferio. Por eso Hispanoamérica no debería ocupar un capítulo secundario en la política exterior estadounidense. Debería estar en el centro de una nueva estrategia de autonomía estratégica hemisférica. Esa estrategia debería incluir a Venezuela. Ya nuestro país no debería ser visto únicamente como un problema político. Es también un actor energético y geopolítico de enorme importancia para el hemisferio. La recuperación de Venezuela tendría consecuencias que trascenderían sus fronteras: permitiría reconstruir una industria energética fundamental, reducir presiones migratorias, reactivar mercados y vínculos comerciales, atraer inversión y fortalecer el equilibrio estratégico del Caribe y de Sudamérica.

La pregunta que Washington no puede seguir aplazando

Durante décadas, Estados Unidos actuó como si su liderazgo mundial pudiera sostenerse independientemente de lo que ocurriera al sur del Río Grande. Esa época terminó. La rivalidad entre Washington y Pekín, la invasión rusa de Ucrania, la reorganización de las cadenas productivas, la transición energética, la competencia por minerales críticos, las crisis migratorias y la disputa por las rutas comerciales han convertido al hemisferio occidental en un escenario decisivo de primer orden.

Hispanoamérica ya no es el «patio trasero» de Estados Unidos. Es su profundidad estratégica

Hispanoamérica ya no es el «patio trasero» de Estados Unidos. Es su profundidad estratégica. Y una profundidad estratégica abandonada se convierte, tarde o temprano, en una vulnerabilidad. Mantener el liderazgo global en el siglo XXI no se logrará únicamente proyectando poder militar al otro lado del mundo. También exigirá construir resiliencia en el propio vecindario.

Washington debe comprender que el desarrollo latinoamericano, la seguridad energética, la estabilidad democrática, la integración comercial, la protección de las rutas marítimas y la cooperación tecnológica forman parte de una misma ecuación. Descuidar Hispanoamérica puede traducirse en la pérdida de áreas relevantes del hemisferio occidental frente a sus rivales. Por eso la pregunta ya no es si a Washington le conviene mejorar sus relaciones con Hispanoamérica. La verdadera pregunta es si Estados Unidos puede permitirse el lujo de no hacerlo.

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