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El puño y la mano: la estrategia de Trump para controlar Groenlandia y alejar a China y Rusia

Washington lleva casi dos años presionando para frenar la expansión dispuesta por Xi Jinping y no pierde de vista las ambiciones de Vladimir Putin, un amigo peligroso para la OTAN y Europa

DonaldEFE

«Por las buenas o por las malas», la brabuconada del presidente de Estados Unidos resumía su deseo de quedarse con la isla más grande del mundo: Groenlandia. Donald Trump, ese personaje capaz de desconcertar –hasta a sí mismo–, sacudió el avispero de la OTAN y de la Unión Europea a principios de año con su insistencia y retórica pueril de querer quedarse con lo que no es suyo.

El republicano abrió una crisis imprevista que hizo temblar las estructuras de la Alianza Atlántica y poner en guardia a los Veintisiete, por una vez con mínimas dudas sobre cómo actuar frente a la amenaza del presidente más poderoso del mundo de arrebatar a Dinamarca un territorio sobre el que, en términos militares, Estados Unidos ya tenía, en cierto modo, el control. ¿Cómo? Con la base Pituffik que cumple funciones de alerta temprana de misiles, vigilancia espacial y seguimiento de satélites.

Como un sólo hombre –algunos con más músculo que otros– ocho países europeos desplazaron «unidades militares» a Groenlandia con sus respectivas banderas. Entre otros, Alemania envió 15 soldados de la Bundeswehr, Francia otros 15, Suecia tres, Noruega dos, Reino Unido un oficial y Finlandia dos. El mensaje era claro: en esta ocasión no vamos a ceder. Bastó ese gesto más simbólico que numérico (en total eran 38 uniformados), para que la Casa Blanca diera un paso atrás y las aguas heladas del Ártico se quedaran a la misma temperatura que solían estar.

El «problema» de Groenlandia pareció, con sobresaltos aislados y más retóricos que reales, haber pasado a un segundo plano, pero ya nada sería ni es igual. Una cosa era la avalancha de aranceles y otra la posibilidad de invadir la isla bajo soberanía de Dinamarca, pero con autogobierno propio.

El silencio se abrió en este tiempo mientras se organizaba una mesa de negociación donde, una vez más, Donald Trump se había sentado dando un golpe con el puño cerrado. Ese estilo o estrategia caracteriza una forma de negociar –reconocida en sus reflexiones en The art of the Deal– que suele darle resultado. Lo sorprendente es que a Trump no le hacía falta sacudir el tablero con esa virulencia.

¿Por qué? Entre otras razones, porque bases militares desperdigadas por Groenlandia, con la bandera de las barras y estrellas, como las de Sondrestrom Air Base (Kangerlussuaq), Narsarsuaq o Camp Century, se habían cerrado por decisión de Washington tras la guerra fría, pero los acuerdos bilaterales le permitían y de hecho le permiten, con algunos matices, al republicano hacer que vuelvan a ser operativas.

La pasada madrugada el presidente de Estados Unidos anunció en su red Truth Social y celebró como una novedad y gran victoria un acuerdo con Dinamarca y la isla que tiene una población de 56.000 personas, aún menor que la de Ceuta, que le permitirá asumir el control de la seguridad, en términos absolutos, de Groenlandia. La firma, según Trump, se materializará esta semana en el marco de la Asamblea General de la ONU en Nueva York. Entonces, es de esperar que se conozcan los detalles.

Post de Donald Trump sobre Groenlandia en su red socialTruth Social Donald Trump

Trump anunció algo que nunca ha sucedido: ningún país y en especial China y la Federación Rusa, podrán abrir bases en Groenlandia. Tampoco y ese aspecto resulta más que interesante, tendrán permiso para realizar inversiones en ámbitos sensibles, salvo que Washington se lo conceda. Dicho con sus palabras: «A partir de ahora, ningún adversario de Estados Unidos podrá tener jamás una base en Groenlandia, una presencia militar en Groenlandia o realizar inversiones sensibles en Groenlandia sin nuestra aprobación expresa por escrito».

Es difícil no alarmarse o llevarse las manos a la cabeza con las excentricidades y los modos de Trump, pero detrás de ese estilo y forma de entender su relación con los otros suele haber, como en este caso, una mirada estratégica de futuro para frenar a países claramente adversarios para Occidente: China y Rusia. El gigante asiático tiene sus objetivos claros en el programa de la Franja y la Ruta. Su expansión por Iberoamérica y en especial por los puertos, incluidos algunos de España no es un detalle que le haya pasado desapercibido a la Casa Blanca.

Washington lleva casi dos años, los de esta legislatura del republicano, presionando para frenar la expansión en el continente americano dispuesta por Xi Jinping y ese objetivo se hace extensivo a todos los ámbitos y territorios donde aprecia que puede haber una grieta por la que China pueda colarse y poner en riesgo su seguridad y sus intereses. ¿Dónde queda Groenlandia? Entre Norteamérica y Europa y en el mapa de las rutas estratégicas del Ártico. No hay más que añadir.