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Los jóvenes y la fatiga de la democracia mundial

La batalla democrática de nuestro tiempo no consiste solamente en enseñarles a los jóvenes que las dictaduras son malas. Consiste en demostrarles que la libertad sirve

Los manifestantes corren mientras los policías franceses usan gases lacrimógenos en París

Los manifestantes corren mientras los policías franceses usan gases lacrimógenos en ParísAFP

Hay un dato de la última encuesta del IRI (Instituto Internacional Republicano de EE.UU.) sobre Venezuela que hace de espejo a la realidad de lo jóvenes en España y buena parte del mundo. Es un tema que pesará con seguridad en las elecciones de España se Noviembre y en las elecciones venezolanas que tanto esperamos y empujamos. preocuparnos mucho más allá de las próximas elecciones.

El 74 % de los venezolanos sigue considerando que la democracia es la mejor forma de gobierno. Esto una buena noticia, si embargo, entre los jóvenes de 18 a 29 años ese respaldo baja al 62% y, escandalosamente, el 27 % afirma que existen otras formas de gobierno que pueden ser mejores.

Entre los mayores de 50 años ocurre prácticamente lo contrario pues el apoyo a la democracia alcanza el 85%.

La diferencia no parece casual.

Los venezolanos de mi generación conocimos, con todas sus fallas, un país democrático y sabemos que existieron elecciones competitivas, alternancia, partidos, universidades que crecían, movilidad social y una expectativa bastante natural de que los hijos vivirían mejor que sus padres. Los jóvenes venezolanos de hoy, en cambio, han crecido bajo el chavismo-Madurismo-Delcismo: para todos ellos, palabras como democracia, elecciones o instituciones pertenecen más al lenguaje ajeno que a su propia experiencia.

El 54% de los jóvenes cree que su generación no tiene un buen futuro en Venezuela

La misma encuesta ofrece una pista alarmante, ya que, el 54 % de los jóvenes cree que su generación no tiene un buen futuro en Venezuela. Adicionalmente, apenas el 29 % de los venezolanos entre 18 y 29 años tiene actualizada su inscripción electoral, mientras un 35 % ni siquiera está inscrito y dice no tener interés en hacerlo.

No creo que esto signifique que nuestros jóvenes se hayan vuelto autoritarios. Creo que están haciendo una pregunta peligrosa y frecuente en muchas partes del mundo: ¿para qué sirve la democracia si no me permite construir un futuro?

El fenómeno, además, no es exclusivamente venezolano.

En España, donde la democracia cuenta con instituciones consolidadas y casi medio siglo de experiencia desde la Transición, el CIS encontró en 2025 que el 79,2 % de la población la considera la forma de gobierno preferible. Sin embargo, el respaldo cae al 72,6 % entre quienes tienen entre 18 y 24 años y al 68,1% entre los de 25 a 34.

Europa muestra síntomas parecidos: el estudio Young Europe 2026, realizado por la Fundación TUI entre más de 8.000 jóvenes de siete países europeos, encontró que apenas la mitad considera claramente a la democracia como la mejor forma de gobierno. Solo uno de cada cuatro está satisfecho con la manera en que funciona en su país y más de la mitad piensa que su generación vivirá peor que la de sus padres.

Aquí aparece el problema verdadero.

Durante mucho tiempo explicamos la democracia como si fuera una máquina. Elecciones, Constitución, Parlamento, separación de poderes, tribunales independientes. Todo eso es indispensable y Venezuela demuestra precisamente qué ocurre cuando esas piezas son destruidas.

Pero una máquina puede funcionar correctamente y, aun así, no ofrecer una razón para levantarse cada mañana.

La democracia necesita instituciones, pero necesita también un alma. Una idea compartida sobre la dignidad de la persona, la responsabilidad, la verdad, la comunidad y el futuro.

Para un joven, la libertad no puede consistir únicamente en introducir una papeleta en una urna cada cuatro o cinco años. Tiene que significar también poder independizarse de sus padres, conseguir un empleo digno, encontrar una vivienda, formar una familia si lo desea, emprender, disentir sin miedo y comprobar que el esfuerzo tiene alguna relación con el progreso personal.

Cuando todo eso desaparece, la palabra democracia empieza a vaciarse.

Entonces aparecen quienes ofrecen atajos de orden sin libertad y líderes que prometen resolverlo todo sin instituciones. El autoritarismo casi nunca se presenta diciendo que viene a destruir la democracia, sino que viene diciendo solucionará YA aquello que la democracia no ha sabido resolver.

Por eso la batalla democrática de nuestro tiempo no consiste solamente en enseñarles a los jóvenes que las dictaduras son malas. Consiste en demostrarles que la libertad sirve.

Necesitamos democracias capaces de gobernar, crear prosperidad, reducir desigualdades, garantizar seguridad y devolver a los ciudadanos la sensación de que pueden darle trascendencia a su propio destino.

La democracia no puede prometer una vida perfecta y ningún sistema puede hacerlo. Pero sí debe ofrecer algo esencial: la posibilidad real de construir una libertad plena de sentido.

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