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A punto de cumplir 81 años Luiz Inacio Lula Da Silva ha logrado lo que parecía imposible. El viejo líder sindicalista, contra todo pronóstico, ha vuelto a ganar las elecciones con más del 51 % de los votos. Será su cuarto mandato y como el anterior, viene acompañado del escándalo.

El senador Flávio Bolsonaro, con el 48 % de apoyo, no reconoce la derrota, le acusa, como hizo su padre, hace cuatro años, de fraude. El hijo del expresidente denuncia que la connivencia del Tribunal Supremo, al prolongar por dos horas la apertura de los colegios electorales, ha sido definitiva para arrebatarle una victoria que anticipaban la totalidad de los sondeos, aunque la diferencia fuera por la mínima. La decisión de extender el horario de votación en Brasil la adoptó Cristiano Zanin, ministro del Tribunal Supremo Federal (STF) que ha sido abogado de... Lula.

Todo parece indicar que el bolsonarismo no se rinde y va a dar la batalla, pero también que la tiene perdida. En cualquier caso, Lula ha logrado una remontada formidable. El eterno dirigente del Partido de los Trabajadores (PT) perdió, para sorpresa de todos, la primera vuelta y se ha impuesta en la segunda rompiendo la tradición brasileña que confirma ganador en el balotaje al más votado en la ronda anterior.

En la última encuesta de Datafolha, publicada el 22 de octubre de 2026, antes de la segunda vuelta en Brasil, había un 2 % de indecisos, aproximadamente 3,17 millones de brasileños. Es lógico pensar que buena parte de estos se inclinó finalmente por Lula que terminó imponiéndose por unos 3,6 puntos porcentuales.

También es lógico, además de un hecho, señalar que el político que terminará gobernando, en total, 16 años el país más grande del continente (sin contar Estados Unidos) ha hecho esfuerzos considerables para revertir un resultado adverso y seducir al electorado.

Lula siguió el consejo de su entorno y de su tercera mujer, Janja da Silva, y dio vuelta como un calcetín a su estrategia de campaña. El octogenario se presentó con unos bríos renovados en las redes sociales, se hizo viral con selfies y vídeos juveniles como si el cáncer y los años no le pasaran factura. También fue capaz de movilizar a la izquierda que se había quedado en casa y convenció con el mensaje de que viene el lobo de la derecha.

La fórmula le funcionó en buena parte del territorio y en especial en el nordeste y en Minas Gerais, enclave definitivo que había perdido y que suele indicar el nombre del ganador de las elecciones. Además, Lula no cometió errores en los debates y supo reaccionar ante la grosería de Flavio Bolsonaro de burlarse de sus nueve dedos (perdió el meñique de la mano izquierda cuando era operario metalúrgico en un accidente laboral).

Los brasileños olvidaron este domingo los casos de corrupción de Lula que le llevaron a la cárcel año y medio y de la que salió sólo por defectos procesales y de competencias judiciales, pero no por ser inocente. Brasil decidió que las causas que tiene abiertas, por tráfico de influencias y que afectan también a su hijo Lulinha, merecen quedar en un segundo plano si la alternativa era el regreso del apellido Bolsonaro al palacio de Planalto.

Se vienen semanas turbulentas en Brasil y una indisimulable decepción entre los países vecinos. La noticia de su gesta romper el cambio de ciclo con el giro a la derecha que se estaba produciendo en la región y, salvo gesto inesperado, condena a Jair Bolsonaro a cumplir la sentencia de 27 años y tres meses en su casa con la tobillera electrónica.

Ahora, tan cierto es el triunfo de Lula como su derrota lo fue en el Parlamento. El Partido Liberal de la familia Bolsonaro tiene mayoría en Diputados y en el Senado. Eso significa que las palabras negociación y acuerdo tendrá que ser recurrente si Lula quiere gobernar, por última vez, sin sobresaltos.