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Trump y Xi Jinping: lecciones orientales y la importancia de la Historia

En su discurso, durante el brindis en la Casa Blanca, Xi Jinping introdujo el recurso a la Historia para consagrar una amistad que, lejos de lo que pudiéramos haber creído, tendría unas profundas raíces en el tiempo

Xi Jinping y el presidente de EE.UU. Donald Trump a su llegada a WashingtonBrendan Smialowski / AFP

Todos recordamos cómo durante semanas corrieron ríos de tinta acerca de la pasada cumbre Trump-Xi en Washington, paralela a la celebración de la Asamblea General de las Naciones Unidas, a la que lograron eclipsar con pasmosa facilidad, subrayando con su actitud la completa irrelevancia que ambos otorgan a la ONU en el nuevo orden mundial que pretenden alumbrar.

Pero, si echamos la mirada atrás, entre las cuestiones más comentadas sorprende cómo en Occidente apenas tuvo eco una cuestión que en China, Taiwán, Japón o Corea llegó a abrir portadas en los periódicos: el brindis entre Xi y Trump.

Más allá de la elección del vino (un Blanc de Noirs, el mismo que fue servido allá por 1972 en el famoso brindis por la paz entre Nixon y Zhou Enlai), el discurso de Xi fue todo un ejemplo de cómo emplear la Historia (o la tergiversación de la Historia) para crear marcos y narrativas adecuadas a los fines buscados en las relaciones diplomáticas que se pretenden construir entre naciones.

Mostrando su claro dominio de los mejores recursos de la oratoria, Xi inició su discurso entre agradecimientos y calurosas felicitaciones por los agasajos recibidos durante la cumbre, detalles y muestras de respeto para con el presidente chino que demostraban a las claras cómo ambos países se quieren presentar en pie de igualdad (lo que Trump viene bautizado desde 2025 como el G2).

Una vez creada una calurosa atmósfera de camaradería, Xi introdujo el recurso a la Historia para consagrar una amistad que, lejos de lo que pudiéramos haber creído, tendría unas profundas raíces en el tiempo.

Tras la imprescindible referencia a George Washington (aunque solo sea por haber abierto el comercio con porcelanas chinas), el invitado de honor de manera completamente sorpresiva sacó a colación la operación de la «Ruta de la Joroba» con el fin de ejemplificar cómo ambas naciones siempre han «luchado hombro con hombro contra el fascismo».

La operación efectivamente se desarrolló desde abril de 1942, y gracias a ella los estadounidenses lograron mantener el abastecimiento de las tropas de Chiang Kai-shek sobrevolando el extremo oriental del Himalaya, e impidiendo su capitulación frente a Japón. Es evidente que la elección del episodio por Xi no fue casual.

El presidente chino podía haber elegido entre muchas otras acciones conjuntas, como la construcción de la carretera de Ledo, la creación de los Flying Tigers, la operación Matterhorn o incluso la misión Dixie, en el que las fuerzas americanas colaboraron directamente con el cuartel general de los comunistas de Mao Zedong. Cierto es que, a diferencia de todas estas, la Ruta de la Joroba supuso un desafío extremo, tanto tecnológico como logístico, como nunca antes se había dado y sirvió de modelo para la famosa operación de abastecimiento de Berlín durante el bloqueo de la capital alemana en la Guerra Fría.

Pero, más que por la simple épica del episodio, al emplearla, Xi estaba construyendo un marco narrativo en el que la República Popular de China se había metamorfoseado en heredera directa y única de la China milenaria, haciendo desaparecer de un plumazo la China Nacional, hoy en día refugiada en Taiwán. El premier chino construía así una legitimidad histórica imprescindible con la que apuntalar la «One China Policy», teniendo a Occidente como testigo mudo (o ignorante) de este nuevo acto fundacional del nuevo (des)orden mundial.

Evidentemente, la mención de Xi no pasó desapercibida en Taiwán, donde se apresuraron a subrayar que en el momento del episodio referido por Xi la República Popular de China ni siquiera existía. No faltaron tampoco los medios que recordaron la famosa «estrategia 70-20-10», atribuida a Mao: dedicar el 70 % del esfuerzo a la expansión del comunismo, 20 % a la lucha contra la China nacionalista, y el 10 % contra los japoneses.

Aunque no haya prueba documental sobre esta cita de Mao, un análisis histórico de aquellos años parece confirmarla como expresión verídica de la estrategia seguida por las fuerzas comunistas. Pero no sólo en Taiwán se aprestaron a rechazar la afirmación del líder comunista. En Japón también generó airadas protestas, tomando las palabras pronunciadas por Xi durante el brindis como un nuevo intento de debilitar la alianza de seguridad entre Japón y los Estados Unidos, ya de por sí debilitada.

Trump ha dejado de ser considerado también en esta región como un socio fiable, del que se pueda esperar un respaldo sin fisuras frente al expansionismo chino. Así, las relaciones entre China y Japón, se han tensado mucho en los últimos tiempos con episodios continuados de guerra híbrida protagonizados por Pekín. Todo eso ha llevado al país nipón a romper con el artículo 9 de su Constitución, que consagraba su pacifismo, y aumentar hasta un 2 % del PIB su gasto en Defensa para reconstruir una fuerza militar solvente ante los nuevos retos.

Al tiempo, el gobierno de Sanae Takaichi ha abierto el debate político interno sobre la posibilidad de modificar sus «Tres Principios No Nucleares» (no poseer, no fabricar, no introducir armas nucleares en su territorio), y se ha adentrado en la búsqueda de nuevos aliados regionales fiables como Australia o Filipinas. Pero volvamos al brindis en Washington. Xi finalizó su clase de Historia recordando como el pasado les había enseñado que, cuando ambos «países cooperan, ambos ganan». Sin embargo, si echamos la vista atrás más bien debemos calificar la afirmación de Xi como «una invención de la tradición», según la expresión de Eric Hobsbawn, o como «una proyección retrotópica», empleando la expresión de Zygmunt Bauman. En todo caso, el festivo brindis entre Trump y Xi nos deja una importante enseñanza: lo importante que es conocer bien la Historia.